EL PRIMOGÉNITO [POR: RAÚL R. DZUL PAREDES]

foto Raul

 

imagen del primogenitoA Sami no le gustaban las noches. Dormido o despierto era presa de sus pesadillas. Sin embargo, los viernes los pasaba diferente. Ese día, acostumbraba dormir en casa de sus tíos Miguel y Flora. Cenar pan dulce con chocolate, acostarse cerca del altar de la casa y una hamaca para él sólo, acaso haría la diferencia para que el niño soñara tranquilo.

En esos viernes, después de la cena, habitualmente escuchaban por la radio el programa de la Lotería Nacional para conocer los números premiados. También era costumbre mirar a la tía, ante el altar del santo recipiendario de su fe, rezar en voz alta el Padre Nuestro. Terminada la oración, buscaba bajo la imagen el billete, previamente allí depositado. Tras examinar las cifras impresas, con voz estoica declaraba: “¡Mala suerte!”.

Sami nunca supo que alguna vez su tía anunciara: “¡Buena suerte!”; sin embargo, jamás notó mermada su fe, pues nunca dejó de hacerle su novenario al santo de sus preferencias.

Cada cuarto sábado, su padre tenía la costumbre de llevarlo con don Juan, un peluquero viejito que los recibía con una frase rutinaria: “¡Don Clemente con su primogénito!”; para enseguida cuestionar a su progenitor, obligándolo a dar una respuesta que sabía de antemano: “¿Pero éste si va a estudiar Clemente?” A lo que su padre respondía siempre: “¡Él sí!”

Muchas veces, mientras le recortaban el pelo, don Juan le contaba al chiquillo que su padre había estudiado la secundaria y que de haber querido continuar, hubiera llegado a ser ingeniero o doctor.

No sabía si el viejito era reiterativo a propósito, pero presentada la oportunidad, el niño le preguntó qué era aquello del primogénito; el barbero le explicó que era una forma de reconocer al primer hijo de una familia y que le gustaba porque provenía de un pasaje bíblico que narra el drama de cuando Esaú vendió a Jacob su primogenitura, por un plato de lentejas. Con la consecuente pérdida de su herencia.

Si bien fue complejo para Sami asimilar este relato, analizó que, al menos lo último, no le concernía porque su familia no poseía bienes e incluso la casa donde vivían les era prestada.

Cuando Sami terminó sus estudios primarios, muchos de sus amigos y compañeros de escuela “abandonaron” su preparación.

Algo semejante ocurriría tres años más tarde, en el camino hacia los estudios de nivel superior.

Sami estaba entusiasmado porque las escuelas de nivel superior se localizaban en la capital del Estado. Eso lo llenaba de curiosidad e incluso lo motivaba. Por eso le pareció ilógico que muy pocos intentaran pasar el examen de admisión. Siempre lo imaginó como la gran barrera; pero declinar antes de probar, contravenía sus ideas. Lo cierto es que sus compañeros de trayecto se redujeron a unos pocos.

Luego de un tiempo, la acumulación de ayunos prolongados, desde el transporte hasta la jornada escolar, golpeaban cotidianamente la voluntad de Sami. La carga física y anímica comenzó a fisurarle el carácter.

De hecho siempre le pesó ser el primogénito: Por ser el más grande tenía que cuidar a sus hermanos. Defenderlos de las agresiones callejeras. Asumir sus travesuras como propias. Solidarizarse con sus carencias en ropa o zapatos. Definitivamente la primogenitura le era una losa pesada de cargar y llego a la conclusión que Esaú no la cambió sólo por el plato de lentejas.

Sami no identificaba a un Jacob en su línea familiar; aunque no había qué vender, sí resentía la carga de las tácitas esperanzas y responsabilidades en él depositadas. Eran días de tardes grises, matizadas de pesimismo. Y el pesimismo en casos vitales, pesa más que el acero. El joven quería rajarse.

Era un viernes por la noche. Después de cenar, Sami se acuesta. De pronto evoca aquellos días con sus tíos, ya muertos; auténticas treguas de sus pesadillas infantiles. Como antaño, ahora precisa de ese bálsamo. Extraña a la tía Flora, trata de imaginarla pronunciando “buena suerte”. No alcanza a explicarse esa mezcla de fe en la Providencia, confiando que se manifestara mediante el azar. Tampoco ese lance de suerte que es el orden al momento de nacer. Por la madrugada se duerme. Soñaría hasta siete veces que la tía Florencia le secreteaba primero unos números: un seis, un tres, otro tres y otro tres, (6 3 3 3). Y al último una frase como de aliento: ¡Buena suerte!

Despierta con el sol. Lo primero que recuerda es el número que la tía Flora le reveló. Se propone invertir unos pesos que andaba ahorrando para comprarse unos zapatos. Quizá la suerte lo eligiera. Algo debía significar que él fuera un primogénito y sus heredades quizá por allá le estuvieran aguardando.

Han cocinado huevos fritos para desayunar, su madre le sirve una generosa porción. De un tiempo atrás, sus hermanos habían cesado de protestar sus obvios privilegios. Luego se dirige a la tienda para apuntar la cifra recibida de su tía.

El domingo por la noche, en lugar de salir al parque del pueblo permanece en la casa para escuchar los resultados de la lotería. Los niños gritones van cantando los números afortunados: seis…, tres…, tres…, Sami está a punto de gritar ¡Buena suerte!, entonces escucha el último número: cinco…, 6335…

¡Seis mil trecientos treinta y cinco!, ¡seis mil trecientos treinta y cinco!, ¡premio mayor!, ¡premio mayor!

Será cuestión de tiempo para que Sami descubra que su suerte transitaba por los seis años de primaria, los tres de secundaria, los tres de preparatoria y los cinco de Ingeniería: ¡6335!

Le restaban dos años para concluir su carrera, por lo pronto, sin querer, repitió las palabras de su tía: ¡Mala suerte!

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