DON SATUR [POR: JOSÉ GARCÍA]

JOSÉ GARCIA

Arrastrando sus pies y su sabucán, a paso lento pero seguro, don Saturnino Montes de Oca llegó a su taller de bicicletas esa mañana. En el barrio todos lo conocen como “Don Satur el bicicletero”. Nadie sabe dónde vive, quiénes son su familia, cosas así, pero aseguran que varias veces lo han visto subir a un lujoso automóvil.

Lleva ya casi cinco años trabajando en su taller, puntual como un inglés. A las ocho en punto de la mañana, las puertas de su taller se muestran de par en par abiertas y el sonido de su radio de pilas y bulbos sintonizando el noticiero matutino.

La colonia lo arropó por su trato con los niños. Todas las tardes en punto de las cuatro, media docena de chiquillos se agrupan en su taller para escuchar cuentos.

Comenta el papá de uno de ellos que antes de comenzar los relatos les pregunta si terminaron su tarea del día, porque de lo contrario, no pueden quedarse. Es tanto el cariño que le tienen, que algunas vecinas le regalan un plato de comida a diario.

Pasaba todo su tiempo en el taller. Ya entrada la noche, después de colocar dos candados -de esos que parecen grilletes- a su puerta, y dejar encendido su foco de 60 watts en interior, caminaba hasta la esquina donde le esperaba el lujoso automóvil.

Con casi 80 primaveras, lentes de fondo de botella y cabello albino, siempre vestía de blanco y sport bajo su camisa de manta.

Sentado en su taller, no tan grande, pero sí ordenado, veía pasar las nubes y esconder su brillo el astro rey cada tarde.

Tenía frascos gigantes de mayonesa, esas que venden en los supermercados, que llenaba de tuercas, parches de llantas, cámaras, todos sobre repisas de maderas viejas. Bicicletas colgadas sin dueño, así, como cambas, ejes, ¡uff!

Su piso, ya atezado por el agua sucia, formaba montones como los parches de chapopote con que cubren los huecos de las calles. En la parte trasera, las bicicletas arrumbadas por reparar, y adelante, las que nunca recogieron, puestas en venta.

Todo aquel que durante el día pase por su taller escuchará su radio a todo volumen, con canciones del recuerdo. Y si corre con suerte lo verá hablándole a la pared, reclamándole un algo.

En la hora que disponía don Satur para contar sus cuentos. Se paraba en la entrada para recibir a los chicos. Así sabría quiénes se juntaron, conocía a cada familia, para entregarlos al final de la reunión.

Sus relatos eran variados. Todos con un toque de la ciudad. Siempre había uno que salía llorando, y a penas, veía a su papá o mamá que lo iba a buscar le relataba lo escuchado. Todos los cuentos de don Satur terminaban con un mensaje.

Cierta noche, Rogelio Pech pasaba por la Casa del Pueblo, allá por el centro, cunado vio descender a don Satur del lujoso automóvil. Lo vio dirigirse al interior del inmueble. Siguió sus pasos hasta verlo acomodarse en un rincón.

Sacó de su sabucán al parecer una tela amplia para cubrirse con ella. Se acompañó de varios menesterosos.

Al día siguiente. En la colonia los que lo conocían se hacían preguntas. Sabían que nunca lo habían visto acompañado de alguien y lo del automóvil misterioso que lo espera en la esquina todos los días. ¿Pero de que durmiera en el suelo y en ese lugar? ¡Esa sí era una incógnita!

Una Tarde esperaba en la puerta a los chiquillos para contarle sus relatos, pero estos no asistieron. En su lugar, los papás se apersonaron. Sorprendido pregunto:

–¿Qué pasa?

Sin responderle, lo tomaron del brazo y lo sentaron en su banquillo, pidiéndole que sólo los escuche.

–Don Satur, perdone este momento, pero por el cariño que le tenemos nos deja con pendiente un momento inesperado que vi ayer –resumió Rogelio Pech, uno de los asistentes.

–¿Y cuál sería ese momento bochornoso? –pregunto incrédulo.

–¿Por qué duerme en la Casa del Pueblo? Ayer pasaba por el lugar y….

–¡Ah! ¿Es eso ?… Yo agradezco el cariño que me dispensan. Y que me den su confianza sin averiguar de dónde vine y quién soy –sus palabras se entrecortaban–pero sí les contaré una historia.

Respiro lentamente y comenzó su relato:

–Como me miran, con estos trapos, con la mirada perdida y el habla pausada, y en ocasiones hablando solo como un loco, todo viene a que falté como persona… como padre de familia. Vengo de una familia bien acomodada. Nunca pensé si mañana no tendría para comer, si mis calcetines los tenía que remendar, si me importaba un abrazo de mi padre al dormir… nada en absoluto.

“Como algunos habrán visto. Me recoge en la esquina todas las noches un automóvil. En él va mi hijo. Podría acompañarlo a casa y reposar en una cama tibia más que el suelo frío. Pero juré no hacerlo hasta que me perdone a mí mismo. De ello, ya un buen tiempo.

“Todo comenzó cuando llegue una noche a casa. Había bebido demasiado, hacía tiempo no lo hacía, me dominó el alcohol. Mi esposa tejía unos zapatitos para el vástago que venía en camino. Mi otro hijo dormía en el sofá de la sala junto a ella. Cuando te domina el alcohol, el pensamiento y el razonar no se llevan.

¿Motivo de la discusión?… No recuerdo qué le reclamé a Sofía. Así se llamaba.

El caso fue que mis manos se volvieron dos manoplas de acero y la brutalidad de mi fuerza, por más que ella pedía me controlara, se descargó sobre su persona y no pare de golpearla hasta que le vi sangrar su rostro y las manos de mi hijo tensar mis cabellos.

“El pobre aún conserva la cicatriz en su labio del manotazo que le abrió. Por mi culpa mi hijo no nació. ¿Y mi esposa?… de tristeza le siguió. Mi hijo mayor se mudó con su tía Carmela, de buena posición económica.

“Mi ser se volvió caminante sin rumbo, sin techo, que pasó años cargando una cruz siendo ateo.

“Mi hijo José, supe se recibió de ingeniero. Hoy muy reconocido. No me perdonó en inviernos. Olvidó mi nombre y todo arroyo de dulzura que le lleva a mi raíz hasta aquel día que, caminando bajo la lluvia, me tropecé y me quebré la pierna.

“Sin identificación alguna, me trasladaron a la Cruz Roja, donde me quede dos días sin nadie que me reclame.

“Hasta que un aviso anónimo de personas de buena fe que siempre se encuentran en los hospitales fue la clave. Ahí volví a encontrarme con mi hijo. Ya una persona honorable. Un abrazo perdonó de su parte el desconsuelo que venía cargando, y de mí, sólo un ‘lo siento’, tan seco como mi mirada.

“Tomé la decisión de alejarme de mi hijo a pesar de la insistencia en sus ojos. El odio que me cargaba me refugio en mi taller que lo es todo. Pero su gran corazón, herencia de su santa madre, le insistió en pasar los últimos momentos de mi existencia, a mi lado, aún sea unas horas.

“Ustedes son el oxígeno para mis pulmones. La lluvia de mis ojos. Mi vida. Lo que queda”, manifestó a los presentes.

En un paréntesis de tiempo. Cierta mañana. El taller permaneció cerrado. Y así, los siguientes. Nadie sabía qué le paso a don Satur. Un día los dueños del cuarto que rentaba se llevaron todas sus pertenencias en un camión de mudanza. Cambiaron candados y colocaron un letrero que decía: Se Renta.

Hoy los niños, ya adolescentes, al pasar por el taller que muestra puertas colgantes ya por caerse, se detienen unos segundos y juran escuchar sus relatos… y algunos hasta su radio de pilas y bulbos con las noticias de la mañana a todo volumen.

FIN

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