LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA. POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA.

R-3

PROMESA DE AMOR

María y Santiago se juraron amor para toda la vida en una mañana de otoño. Aunque el comienzo de matrimonio fue difícil por sus embarazos delicados, María siempre encontraba fortaleza en su esposo, quien la cuidaba en todo momento. Aún en la aguda pobreza en la que vivían, nunca faltó al menos un plato de frijoles y tortillas calientitas para sus cuatro hijos, quienes se llevaban menos de un año en diferencia de edades.

Santiago diariamente salía al campo a labrar la milpa… literalmente se ganaba el jornal con el sudor de su frente y regresaba fatigado a casa, pero el rostro se le iluminaba cuando veía a María, quien aún con el difícil trabajo de la crianza de los pequeños, siempre lo consentía con guisos sencillos pero deliciosos, por ejemplo huevo con chaya, frijol kabax y tortillas hechas a mano recién salidas del comal. Pero sobre todo, lo que más le gustaba a Santiago era encontrarse con la mirada enamorada de su hermosa mujer, de largas trenzas y sonrisa reluciente. Para ellos, cada día era una renovación a su promesa de amor.

Pasaron los años y con mucho esfuerzo el matrimonio logró que sus hijos estudiaran la formación básica. No en vano habían sido las dolorosas jornadas laborales en aquella fábrica de cemento en donde Santiago había conseguido trabajo luego que el gobierno le quitara su milpa.

María, por su parte, ya tenía la vista y pulmones cansados por trabajar hasta en la madrugada cosiendo y remendando ropa para ayudar en los gastos de la casa.

Los esfuerzos de María y Santiago dieron fruto y sus hijos lograron una carrera profesional. La pareja no cabía de felicidad, la cual se veía empañada por cada hijo que se iba a comenzar su propia vida… No tardó en que Santiago y María quedaron solos, como empezaron.

Las visitas de los hijos y nietos al hogar paterno fueron espaciándose. El matrimonio, ahora un par de viejecitos, esperaba en vano recibir la llegada de alguno de ellos, porque si bien no aspiraban ayuda monetaria, el hecho de verlos les alegraba más la vida.

Santiago había dejado de trabajar en la fábrica de cemento; con la precaria pensión de su jubilación, procuraba darle a María lo indispensable para no sufrir carencias, aunque para ella lo material no importaba si tenía a su esposo junto a ella; sin embargo sollozaba a escondidas porque no veía a sus hijos con la frecuencia que deseaba.

Frágil, por la vejez y arduo trabajo, María enfermó y quedó postrada en su hamaca. Santiago, con el cansancio que dan los años, caminaba lentamente apoyándose de un bastón, pero eso no impedía atender a su esposa. Le preparaba chocolate y remojaba galletas para alimentar en la boca a María, quien agradecía con una mirada de amor los cuidados de su esposo.

Los meses pasaron y la salud de María se vio mermada de manera considerable. Ningún hijo fue a verla; eso le dolía más que las escaras en la espalda. Santiago trataba de minimizar esto con su siempre buen humor, haciéndole bromas y logrando arrancarle una que otra sonrisa.

Una noche, cuando el invierno castigaba con madrugadas congeladas, María yacía agonizante. Su débil respiración estaba acompañada por los besos de Santiago, quien no se separaba de ella en ningún momento. Le decía, acariciándola con la voz: “Amor, te prometí ante el altar estar contigo en la salud y en la enfermedad”. María sonrío débilmente y murió en los brazos amorosos de su esposo.

Con inmensa ternura Santiago vistió a su mujer. Le puso aquel terno con el que le juró amor eterno y portó nuevamente el elegante traje de mestizo. Prendió una vela, porque tenía la creencia en que las almas necesitaban la luz para encontrar el camino hacia Dios. Abrazó a su esposa y quedó dormido sobre su pecho. Pasaron las horas y la luz de la vela se extinguió, no sin antes cumplir la encomienda de guiar a aquellas dos almas enamoradas, que ni la muerte pudo separar.

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