¿HABRÁ JUSTICIA? POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

En el reloj de pared habían pasado ocho horas. Arturo llevaba siete cigarros en breve tiempo y su cabello, despeinado por la angustia de las noticias que no llegan. Le avisaron en el trabajo que su esposa había tenido un accidente, pero nadie le dijo de qué tipo, y todo el trayecto al hospital, con su corazón desbocado, imaginando qué tan grave estuviera, mantenía su mirada fija en un solo punto del camino.

El rostro del médico no era alentador. Mencionó su nombre y lo apartó de los demás familiares. Arturo se mostró pasivo.

–El parte no es alentador amigo. Llegó con pérdida de mucha sangre, está grave.

–¿Pero qué le pasó doctor? –preguntó esperando una explicación, ya que nadie tiene conocimiento.

–Vendrán los inspectores de la policía y ellos le dirán todo.

Recién casados. Arturo y Josefina vivían de su trabajo. Pasaban largas horas en sus puestos ejecutivos, eran personas normales. Para ellos, las salidas con sus clientes, cenas, comidas, y toda actividad en tiempos diferentes era algo común.

Los inspectores policiales le llenaron de preguntas. Pero nadie le decía qué sucedió hasta que los interpeló:

–¡Exijo me expliquen qué le pasó a mi esposa! –en tono de pocos amigos espetó, mirando fijamente a los policías.

–Soy el comandante Barrios. Investigamos el atentado a su esposa. Si fue un asalto, alguna revancha… ¿Usted sabe?

–¿Usted sabe? –repitió colérico.

–¡Cuál revancha carajo! Ella dedica tiempo a su trabajo. ¡La maldita inseguridad en las calles y ustedes que no hacen nada!

El comandante Barrios y su pareja inclinaron la cabeza, sabían que decía la verdad, y no podían contradecirlo por la falte de seguridad que se vive día a día en la ciudad. Se sentaron en las bancas de espera donde lo pusieron al tanto.

El parte policial decía que: “se encontraba haciendo su alto en los cruces de Reforma y la Buenos Aires, tenía los cristales al suponer cerrados –lo indujeron por los pedazos de cristal encontrados. Los testigos visuales afirman que se oyó un golpazo, y vieron correr a tres chamacos en varias direcciones”.

–Cuando llegamos, su esposa tenía su cuerpo ladeado en el asiento y bañada en sangre .El atisbo es con que arma le resquebrajaron la cabeza. Estaremos en contacto con usted, con su permiso.

La cirugía se prolongó. Por lo delicado del atentado la lucha por salvarle la vida iba disminuyendo.

Entre dolor y rabia Arturo fue informado que su esposa falleció. Su rostro se mostró hosco, sin palabras, y un gran silencio le robó su vida.

Los siguientes días, como un asceta se refugió en su casa. Renunció a su trabajo, se dejó crecer la barba, se llenó la sangre de alcohol; y por las noches, alumbrado por una vela, se mantenía sentado en un mueble hasta que el cansancio o lo borracho lo sepultaran sin tiempo de retorno.

Varios puñetazos a la puerta lo despertaron. Arrecido aún, como un anciano con bastón fue abrir. Era el comandante Barrios con noticias.

–¡Caray amigo qué cara trae!

–¿Viene a enamorarme o qué?

–No. Le traigo noticias de los asaltantes. Los testigos de ese día afirman que son los que tenemos. Nos gustaría que vaya para denunciarlos y seguir el proceso legal para encerrarlos de por vida.

Estentóreas le entraron las últimas palabras en su corazón.

–¡¿Y qué chingaos gano con eso?! –el resplandor que de sus ojos salía no era de un hombre normal– ¡Si seguirán vivos! Los asesinos tras las rejas. Caso cerrado ¿Y ahora qué?

Pensó en mudarse de ciudad, nada lo detenía y sería una solución para alejarse del vicio y de los recuerdos. Pero desde hacía días, quizás por tanto alcohol, ya se sentía carcomido, embrutecido, su mente no pensaba, no dormía, sólo repetía en su interior: venganza… venganza… venganza…

Contrató a un investigador. Quería saber todo de los familiares de los asesinos. Su venganza debía ser muy dolorosa, tanto o más que la suya.

Así que cierta noche. En torrencial aguacero vigilaba la casa de uno de ellos. Repasó su plan. Sabía la hora del retorno de la esposa del trabajo, cómo anda, etc. No esperó mucho.

La vio doblar la esquina. Lo denso de la lluvia escenificó un solitario ambiente. Se enfiló en sentido contrario de su paso. Cuando la tuvo cerca sacó una daga de su sobretodo y sin pensarlo penetró su filosa punta varias veces, hasta que su desnivelado cuerpo se encimó al suyo.

La miró tendida por segundos que asemejan una eternidad. Su rostro perdido le describió una sonrisa de locura. Levantó la cara, miró al frente, cuando se dio vuelta lo helado de la lluvia se mezcló con lo ardiente de su sangre y tocó el otro puñal derruido en su piel.

El rostro que contempló era del cuñado de la mujer. Pasó por alto los detalles del investigador privado, cuando le punteó con comillas en su reporte “nunca anda sola, tiene su sombra, son los celos enfermizos del hermano”.

La venganza le cegó el parte informativo. El deseo de revancha costó su vida. Y en media banqueta se desangraba…  sin dejar charca de vital líquido. La lluvia hizo su trabajo.

Cuando se apersonó el comandante Barrios, de su vestimenta –su camisa sport blanca y su bóxer era lo único vivo que quedaba, lo demás voló a otra mano.

–Caray pareja, mira quién fue –asentó el policía mientras se secaba el rostro mojado con la manga de su chamarra y miraba el cuerpo.

–Si se enteraba que los asesinos de su esposa salieron en libertad porque dudaron los testigos ante el juez, ¿qué hubiera pasado?

–Se volvería a morir jefe. ¡Qué más! –secamente respondió el subalterno.

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