SUERTE TE DÉ DIOS. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

Sin dudar me retiré de la fila del banco y le llamé al Mike.

–¿Qué onda brother? Tengo un bistec para ti… Sí, en media hora paso a verte a tu cantona.

Ya ni echarme atrás. Tendré cuatro días para planear bien el hurto y lo que Dios diga. Decidí tomar prestados cinco mil dólares de los depósitos de hoy, o mañana amanecía cadáver en la primera página del periódico más vara.

El Mike era uno de los líderes –representante de los turcos prestamistas–que manejan el negocio de la bolita. Maneja mucha marmaja y te cambia lo que quieras sin hacer preguntas.

Ya son la una de la tarde. A esa hora cerraría Sofí, la encargada del bufete del licenciado Pastrana. Los comprobantes de banco quedé llevarlos el lunes. A tiempo para encontrarme con el Mike.

Para ser viernes, el periférico luce moderado; antes de llegar pasaré a comprarle su six, es la cuota.

En automático el automóvil se movía, pues mi pensamiento retornó raudo a los días donde comenzó este embrollo de vida o muerte.

Mi maldito vicio. El juego y las mujeres –porque la cerveza es sólo aperitivo–. Me gusta apostar en todo, la cantidad es lo de menos. Me produce sudoración y hace que mis manos sientan como si tuviera Alzheimer. La causa de todo son los juegos de azar. Él ha querido que viva de esa manera. Tenía todo. Un techo firme, ropa bien, un trabajo de oficina bien pagado –no ahora en El Sol– y ninguna deuda. Bueno, como todos.

Una tarde dubitativo caminaba por ahí, cuando comienza a caerse el cielo. El único techo que vi fue el bar “La Casita de Paja”, ninguna casa que crucé tenia chapitel, sólo la mencionada. Me senté en un rincón. Esperé al mesero. Estaba muy concurrido el lugar, seguro todos buscaron un techo, como yo. Recorrí el lugar con la mirada, cuando una voz celestial llamó mi atención. ¿Era un ángel? –con mandil blanco– de minifalda, muy sensual y piel de ébano.

–Hola ¿qué te sirvo?

–¿Qué me sirves? –vaya pregunta, viniendo de esa diosa del Olimpo en la tierra, terminé hablando conmigo mismo

–¡Ah, hola! –me vi muy estudiante de secundaria.

–Dame un misil, reina

Cuando se volvió para buscar mi cerveza, como los directores de cine le hice un recuadro con las manos. Esa cadera con movimiento salero se acopló en mi pantalón. Por deleitarme sólo con lo de abajo, no había descubierto lo de arriba: dos volcanes en plena erupción en el frente, unos ojos negros de un claror del cielo y una cabellera espumosa.

Dejó mi pedido en la mesa con unos platos de botana, pero a decir verdad me sentí ahíto con sólo verla. No le quite la vista ni un segundo. Observaba su caminar en las tres mesas que atendía, tan así que me posesioné como guarura que sigue a su amo. Era un deleite verla, tanto, que mi cerveza se evaporó.

–¿Tenías sed amigo?

–Claro. Estoy viendo un espejismo. Traes igual ¿quieres una? –aposté al azar que acepta.

–Te saldrá caro –entre dientes dijo– pero si traes marmaja ¿Por qué no?

–¿Marmaja? –apuesto dos a uno a que salimos juntos. Ya iba maquilando en el pensamiento cómo sería el desenlace. Con seis mil baros en la bolsa de seguro hasta desayunamos juntos.

Me costó un hígado esta lana. Seis pagares firmados al Mike, con vencimiento a cinco meses, son riesgosos, si de por sí los intereses son altos, le acabaré pagando más de diez mil pesos.

Con el Mike no se juega –repasé– no quisiera aparecer boca abajo en las lagunas del parque Hundido.

–¡Bah! ¡Al demonio!, quien no arriesga no gana, hoy me daré un lujo con esa sirena que si con sólo su habla me apendeja, qué sería lo demás.

–Apuesto tres a uno, a que sólo gasto dos mil luces.

No sé si el diluvio ya cubrió la tierra, desatendí el clima. En la mesa seis misiles y seis Caribe Coolers era lo que se rescató del chaparrón. Ya mero la convencía cuando una voz de barítono casi rompe mis tímpanos. Un bistec regordete con barba semi-tupida, camisa con sólo tres botones y sus chancletas de pico de gallo, se paró tras de mí y le dijo a mi sirena que pasara a liquidar sus mesas, estaban por cerrar. Mi mulata se puso de pie, sacó cuentas y me entregó la nota.

–¿Mil pesos el consumo?

Saqué mi cartera, que cerraba con trabajo por tanto billete de a quinientos pesos. Le di dos billetes de a quinientos pesos para que cobrara, y debajo de la cuenta otra nota que decía: Espérame en la esquina.

Tomamos el primer taxi que pasaba y por sugerencia de mi sirena nos dirigimos a un bar de la avenida Montejo. Lucía una blusa blanca de flores que le ajustaba al cuerpo, su minifalda que le dibuja un torneado par de piernas…y un perfume a esencia de coco. El lugar lucía semi-desierto –mejor para mí– y con poca luz.

Quise presumirle que conmigo no habría escasez. Pedimos una botella de Buchanan´s, varias canciones para raspar el piso, y hasta una pizza grande sólo para ella.

Salimos ya de madrugada, cuando cerraron el lugar. Esta morra me baja muy rápido y sin marmaja, como se dice, no habrá purrón. Así que le propuse buscar dónde escondernos de la puesta de sol o nos evaporamos como los vampiros. No la convencí tanto. Con dos mil pesos en la bolsa sacaba cuentas por los gastos últimos venideros. Le hice plática para que no se arrepintiera… o me quedo como el “perro de las dos tortas”, y la cosa no es así.

–¿Y a todo esto, no me has dicho tu nombre –le dije para no perder hilo.

–Bueno, creí que te gustaba como me llamas… “mi sirena”,  te tardaste en preguntar. Felicia.

Bueno no suena mal pero imaginé uno de más caché, mejor le sigo llamando mi sirena.

El cuarto no está mal. Tenía su clima, que hace más ruido que aire frío, y una cama… ¡de agua! Hoy no se duerme.

Ya mediodía. Un zangoloteo a mis tobillos me despertó. Era el recepcionista. No se mira con cara de buenos amigos. A gritos me exigía le pagara el cristal roto del baño y la cuenta del restaurant que “mi amiguita” consumió.

Por trescientos pesos hace tanto charro. Sarcástico le sonreí. Saqué mi cartera del pantalón. ¡Los ojos me saltaron! ¡Esta hija de la India María me bolseó! ¡Todito!

Sañudo se veía el gerente, listo para cobrarse cuando mostró su manopla de acero inoxidable. Pero en los juegos de azar quien no prevé no gana. Saqué el último billete de 500 pesos, que guardaba en el bolsillo interno del pantalón y pagué el desparpajo.

Todo crudo y con sueño me senté en una banca del zócalo a pensar en lo que sigue.

Con una sonrisa de oreja a oreja me recibió el Mike. Siempre muy parsimonioso. Me quedé en el automóvil, le saludé mostrándole su six de cerveza. Hice una apuesta en mi intelecto, de tres a uno, a que no salgo vivo de aquí. Tenía las de perder.

Para cuando escuche que no traigo su lana e intereses –me queda cerca el cementerio–no habrá prórroga.

En el trayecto reflexioné sobre el dinero que no deposité. Y decidí dejarlo guardado en mi casa, junto con una nota, explicando detalle a detalle la situación, y que se lo envíen al Lic. Pastrana. Cuando menos algo bueno debo dejar de recuerdo.

–¿Qué onda bistec? ¿Qué, no vas a pagar?

–Mira Mike –le dije impávido y no– ya vine y me iré muerto, pero no junté tu lana…

Interrogante mostró su mirada. Miró su reloj y se pitorreó frente a mí con un abrazo efusivo que me dejó lívido.

Algo raro va a pasar –aposté cinco a uno– no son reacciones del Mike, me lo digo después de seis años de conocerlo.

–Cálmate montes vividor –en otro tono me dijo– nadie te está cobrando. Hoy tienes suerte. Mejor apunta la bolita y con chance cambia tu perra vida.

Me contó que le ganó 60 mil varos al turco Badil, en varias manos de silo. Siempre era el pagano y aguantaba su mofa que lo deja sentir mal. Pero ayer, no fue la cantidad lo que lo hace sentir chingón. Más bien, el camafeo que siempre trae colgando el turco, y que hoy sólo el hilo queda.

Aposté en contra mía –y lo que son las cosas–, el azar una vez más fue mi perdición.

 

FIN

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