UNA CHICA DE ÉXITO. POR: YOXI.

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Todos admiraron a Cintia esa noche, joven modelo esbelta y elegante, quien robó el corazón de Carlo -exitoso empresario que ya rondaba en sus cuarenta- en un desfile de modas, al cerrar luciendo un minivestido negro de coctel con atrevidos escotes.

Luego que fueron presentados, Carlo la invitó a cenar y ahí comenzó el romance, que aparecería en varias revistas de chismes especializadas en gente famosa y que culminaría en matrimonio unos meses después.

Sin embargo, la vida matrimonial de la pareja no fue muy satisfactoria debido a las actividades de Carlo, que le demandaban casi todo su tiempo y atención, por lo que dejaba sola a Cintia, colmándola, eso sí, con actividades para que se entretuviera, como ir de compras -una de sus favoritas- y asistir al club, donde hacía gimnasia, tomaba natación, zumba y tenis, entre otras.

Su tiempo con él se limitaba a dormir juntos y acompañarle a veces a convenciones de trabajo en hoteles de lujo, donde él la lucía orgulloso, como el merecido trofeo de un hombre de éxito.

Alan -su instructor de tenis- se había convertido para ella en una especie de confidente, la atracción fue mutua desde el primer momento. Él poseía atributos varoniles, como su físico y su juventud, aunque sin fortuna.

Un día que Cintia tuvo una fuerte discusión con Carlo debido a su manera de gastar dinero, sintiéndose ofendida lo llamó tacaño y le reclamó por la poca atención que tenía con ella.

Él, muy molesto, le dijo que se callara, le echó en cara que no podía estar mejor y que encima se quejaba como una tonta.

Coincidió el disgusto con un viaje de negocios de Carlo que le tomaría una semana, al cual no quiso llevarla; así que partió muy temprano sin reconciliarse con ella.

Cintia, desolada, ese día decidió aceptar los flirteos de Alan, así que fue al Club y en el momento oportuno le coqueteó. Él, aprovechando la oportunidad para pasarla bien con ella, la invitó a pasar la noche solos en una cabaña apartada en el bosque, advirtiéndole que si venía con él, jugarían un juego de dominio, donde él haría lo que quisiera con ella vestido de verdugo medieval teniéndola encadenada, y que ella le debería rogar hasta que él considerara suficiente el castigo, para al final poseerla por la fuerza.

Ella no esperaba eso, pero pensándolo un poco le pareció divertido y accedió. Jamás había tenido una experiencia así de loca, así que fantaseando lo aceptó. Se miraron y rieron. Al día siguiente, en secreto y bien equipados, los dos partieron a las montañas en un auto prestado para no despertar sospechas.

Llegaron a su destino unas horas después, era una apartada cabaña en el bosque que no contaba ni con electricidad, así que al llegar la noche, se alumbraron con velas para hacerlo aún más romántico.

Cenaron y se tomaron unas copas de whisky -en preparación al juego-. Alan tomó un afrodisíaco, ella no quiso tomar algo que le ofrecía. Se puso entonces el “traje de verdugo”, que tenía una capucha, botas, cincho, muñequeras y una tanga de cuero, todo negro con estoperoles, y un fuete que tenía en la punta una piel suave para hacer cosquillas. Preparó la cama con las esposas, que fijó a los lados de la cabecera y al pie de la cama, mientras ella erotizada lo veía.

Cuando terminó la preparación, volteó solemnemente hacia ella y tronando el fuete entre sus manos le ordenó con voz de mando y en tono imperativo:

–¡Quítate la ropa inmediatamente bruja!

Ella, divertida, siguiéndole la corriente lentamente obedeció, y ya desnuda inclinó la cabeza en sumisión.

–¡De rodillas hereje que vas a ser castigada!

El simuló un castigo a fuetazos y entonces, levantándola de un jalón y dándole un empellón la arrojó a la cama; ella simulaba sufrir con unos quejidos fingidos, aunque a veces a Alan se le pasó un poco la mano con el fuete y fueron reales. Luego la sujetó de las muñecas y los tobillos a la cama. Teniéndola así inmóvil, sacó un tarro de miel y se lo derramó encima lentamente, se la untó por todo el cuerpo hasta cubrirla con el dulce, ella murmuraba sensualmente que no…

Se apartó un momento, tomó otro trago de whisky que fue doble esta vez, mientras ella fingía sufrir, retorciéndose y pidiendo piedad.

Regresó entonces frente a ella y amenazó:

–¡Tú lo quisiste, bruja!

Se despojó de la tanga y se colocó a horcajadas sobre ella, arrojó el fuete, y fue entonces cuando quedó paralizado, se quejó y se agarró el pecho. Ella pensó que era parte del juego. Entonces, él cayó sobre ella. Intentó levantarse pero no pudo, el fuerte dolor que sentía en el pecho no le permitía respirar, perdió las fuerzas y rodó al piso.

¡Pum! se oyó el golpe en la duela.

–¿Qué pasa Alan? –preguntó ella extrañada.

–Me duele… –balbuceó.

–¡Nooo Alan! ¡Basta, suéltame ya por favor!

Alan perdió entonces el conocimiento. Ella trataba de verlo abajo, le habló, gritó… pero él ya no respondió.

Se revolvió furiosamente tirando con todas sus fuerzas, tratando sin éxito de liberarse, hasta que sus muñecas y tobillos le dolieron. Así que cansada y entre sollozos, se fue quedando dormida.

–Horas después –no supo cuántas– despertó, pero su situación era la misma, soñó que era una pesadilla y que terminaría al despertar, pero no, ella seguía ahí atada y Alan yacía sin vida junto a la cama.

Con horror vio que las velas casi se consumían totalmente, fue entonces que empezó a sentir un cosquilleo por todo el cuerpo, trató de ver en la semi-penumbra que era, y descubrió con horror que se trataba de insectos de diferentes tamaños, que se le subían atraídos por la miel.

Entró en pánico, forcejeó, gritó una y otra vez por ayuda pero nadie la podía escuchar. Alan había escogido el sitio perfecto.

Sentía los insectos recorrerle degustando la miel, algunos continuando con el festín seguían ahora con su piel. En eso se percató que las velas comenzaban a apagarse una a una.

Entonces le pareció ver algo negro moverse en la penumbra. Muerta de miedo y de frío empezó a temblar, sintió la sombra acercarse y vio brillar unos ojos demoniacos, gritó como loca.

Era un enorme gato negro que merodeaba en la penumbra de la cabaña, caminaba cauteloso entre los muebles, pero cuando ella gritó se espantó y huyendo brincó, tirando una vela, que cayó sobre una alfombra persa iniciando el incendio, el fuego del purgatorio que esa noche purificó sus almas.

 

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