EL PERDÓN [POR: JOSÉ GARCÍA]

JOSÉ GARCIA

La noche no era distinta a otras, la chamarra afelpada, unos guantes negros, una boina que le cubre las orejas y más no lograron disiparle el aire gélido nocturno. Un quinto cigarro que aplacó en el piso, la mirada a su celular por décima vez buscando algún mensaje que anunciara la hora y el pendiente en espera, lo dejaba dubitativo.

La calle estaba desierta, pocos vehículos fluían a esa hora. Un timbre de mensaje lo puso atento, estudió las esquinas del crucero, hora propicia. Sacó un revólver compacto Smith & Wesson .60 ocultando en su sobaco y de camuflaje el poste de luz en la esquina.

Un Chevy modelo 2005 de dos puertas se detuvo junto a él, pronto bajó una mujer con pasamontaña negro puesto cobijándose con la poca luz de la esquina contraria. Tras de sí, el automóvil no se movió, dejó pasar la luz de siga, hasta obstruir el camino del vehículo subsecuente, un Jeta blanco de modelo reciente que rayó el pavimento para no chocar. Antes de que reaccionara el conductor, ya los dos encubiertos en las esquinas lo aplacaron de miedo. El tirador le cañoneó la frente, mientras el parabrisas se hacía añicos. La histeria en la escena hizo que un golpe acallará a la víctima.

–¡Listo el paquete! –dio aviso en su celular.

Voces en eco esparcidas, ladridos de perros en brama y sonidos de disparos al aire completaron el momento. No se movía ni para desentumir las piernas, su respiración hacía polvo en el piso de tierra, grababa su sudor, tendía a asfixiarla. Un dolor en las costillas y en la cara le cubren del miedo.

Una escolanía de voces la dejo inmóvil.

–¿Nadie les vio?

–¡Negativo jefe! –asintió con la cabeza el pistolero mientras mostraba su arma.

–Bien, ya saben qué sigue.

El barrio era uno de los más peligrosos en la ciudad. Lo habitaban “paracaidistas”, narcomenudistas y otras lacras. Para llegar había que atravesar toda la ciudad hasta donde comienza el drenaje y el basurero general con grandes montañas de bazofia. Le llamaban la “ciudad perdida”, por algo sería.

 

Las puertas eléctricas se abrieron simétricamente, dando paso a un Lincoln Navigator 2018 gris. Bajo de él un hombre maduro de 60 años cargando un portafolio metálico, que le entregó a su guarura de casi dos metros, hinchado de puro músculo. En interior avizoró una escena de llantos, caras largas y angustia.

–¡Federico, la nena no ha llegado! –anticipó la mujer sin dejar de llorar.

–¡Cálmate mujer!, apenas son las once, seguramente tuvo compromisos, es viernes. ¿Ya le marcaste?

–¡Estaba hablando con ella, oí un golpazo y se cortó la señal! –con rostro de pánico relató.

Las llamadas a los amigos más cercanos no cedían, el tiempo se consumía alcanzando la madrugada de un nuevo día. Las hipótesis se descartaban, lo que menos querían aceptar era algo trágico, cómo ¿un accidente? o ¿un rapto?, no había más que escoger.

Motivos hay muchos, el apellido está ligado al gobierno. Las notas en los periódicos no se movían sin una foto de su papá: El Señor Director del Banco Unión. Ella nunca anduvo con seguridad, con auto blindado o desconfianza. Estudiaba en escuela privada –siempre lo fue– y no había pasado por cosas de este tipo.

 

Era la última casa detrás de basurero general, la más sórdida, protegida por cerca de 50 lotes de paracaidistas, trazados con láminas de cartón y maderas, retazos de tarimas, huacales que utilizan los centros de abasto y una medio barda anterior a la vivienda con el dibujo del “Che Guevara” en grafiti gastado. Las ventanas de la vivienda recubiertas con madera en exterior, cochera a un lado, e inconcluso bardal de piedras. De noche ni quién imagine su existencia. La parte de atrás sobre un altillo, se muestra un panorama dominador, se mira como luciérnagas, el otro México más anormal que el de arriba.

–¿Cómo sigue el paquete? –por la radio de banda pregunta uno de los raptores, era el único sonido que flota en la casa.

–Durmiendo como una mosca –el receptor en intermitente comunicación indica–. No deja de lloriquear, ¡ya me tiene hasta la madre!

–Recuerda, a las doce del día lanzas la primera palabra… ¡cambio!

El chirriar de la puerta la puso atenta. Con el cuerpo aún entumido y las muñecas hinchadas de estar atada la sentaron frente a un reflector que le cegó la vista al quitarle el capuchón. El cuadro que veía era nuboso, apenas distinguió la silueta de la persona que le tomó una foto instantánea, pero pudo grabar su voz, no más.

Buscó disimuladamente en la escena algo propio que considerar si lo necesitara en adelante, mientras medio masticaba un plato de frijoles de lata.

 

La campanilla del teléfono alertó la habitación. Pasado el mediodía, según lo previsto:

–¡Bueno! ¡Hable! –la voz de Don Federico del Real quería devorar el auricular.

–Escuche atento amigo, sin interrumpir –vincularon en la otra línea–. Al colgar, vaya a su buzón de entrada y encontrará un sobre con indicaciones, sígalas al pie de la letra o su hija las vera negra, más que ahora… ¿Quedó claro?

–¡Bueno! ¡Bueno! ¡Conteste, chingaos! –insistió sin respuesta alguna.

En el sobre manila venía la fotografía instantánea de su hija como señal que todo va en serio, un croquis de un mapa al parecer fuera de la ciudad, la cantidad del rescate, y un número de teléfono de cabina, para marcar al mediodía. Todo indicado en forma de recortes y la “advertencia” de no involucrar a la policía.

Don Rafael del Real era un hombre que jamás escatimaba gastar en lo que sea. Así lo había llevado a cumplir todos los caprichos de su única hija, Karla, de 20 años, que sin ser una estudiante de notas excelentes, el pacto con su papá, de “tú me das, yo te doy”, hasta hoy era vigente y, en absoluto negado por su parte, que le daba a manos llenas todo el dinero que pretendía.

 

Los gemidos de la mujer lo sacaron de su sueño. La capucha se veía húmeda y sus muñecas con un pigmento morado. Pensó en su circulación o ¿se mordía? Todo confundido, la descubrió al sentarla en la silla y corto sus amarres, no se juzgaba bien a primera vista. Agarró un vaso con agua del botellón y se lo dio a beber. Un sacudón la hizo reaccionar, mientras con un trozo de papel sanitario deshumedecía su lengua de las mordidas que se produjo en desesperación.

Sintió pesadumbre por ella, tanta que un impulso lo llevo a palpar su cabello negro lacio, largo, que le llega a los hombros.

Aturdida aún, sintió su traspiración muy cerca de su oído, y pensó levantar los brazos, asentarle un buen golpe que lo dejara en mal estado, así podría escapar, salir corriendo a donde fuera con tal de sentirse libre… pero sus garras fueron cortadas.

Unos instantes de tener cerrados los ojos le parecieron un siglo, la luz del reflector se cambió por un foco de 60 watts, esos de color amarillentos, entonces enfocó a su raptor de frente sentado en una cubeta, con un pasamontaña negro, tenía un arma en la mano y en su antebrazo un tatuaje de color verde.

–¿Por qué a mí? –con sosegada voz le imploró, tratando de levantar el rostro y poder distinguir claramente a su enemigo, porque ya lo era.

–Mira, todo va bien, nada te pasará si tu papito coopera. Al pinche ruco ni cosquillas le dará. No creo que su hijita adorada no le importe, su Karlita.

¿Cómo supo mi nombre?, pensó, pues le intrigaron las palabras de su raptor. Tenía que sonsacarle cosas para ir resolviendo la duda.

 

La carretera se veía desierta. Faltaba una hora para reunirse con los raptores. En la cajuela guardó el maletín con los cien mil pesos del rescate, no quería llamar atención alguna. No se le hizo difícil ubicar la dirección en el mapa, conocía el paraje señalado, ya que alguna vez paso por ahí con alguna aventura. Era una ranchería llamada “La Joya”, en la carretera federal que va a Querétaro, a media hora de la ciudad por el lado poniente de su casa.

Había pocos pobladores en ella, una gasolinera, una taberna que alquila cuartos para los viajeros y mucho bosque.

 

Sintió alivio de no tener amarradas las manos y cubierto el rostro, le agradecía a su enemigo. Quien, sin cambio en su apariencia, se le quedaba mirando. Se acercó, le volvió a secar los labios de las yagas que se hizo al morderse. Muy cerca, tras el pasamontañas se revelaron unos ojos bellos, verdemar, que le estremecieron toda.

¿Era algo mezquino pensar en algo bello sabiendo quién era? Pero tenía que denotarle confianza si pretendía escapar. Le formuló conversación, le hizo saber que no le importaba si pagaban el rescate, que la relación con su padre no era del todo buena y planeaba un día fugarse. Su raptor se mostró interesado en la plática, le confesó que él no era esa persona que veía, pero lo obligaron hacerlo o su familia la pasaría mal. Le reveló que la conocía bien, muy bien… y ella a él.

Las últimas palabras la dejaron helada. ¿Cómo es eso? En su mente asociaba escenas de su vida, buscando a esa persona, pero no tenía la condición su cabeza para pensar. Así que la charla siguió, ya su raptor se sinceraba más y, replegado en un rincón del cuarto renegrido, se despojó de su máscara. Miro su reloj y suspiro. Algo pasó.

Su taimado la llevó a la cochera, donde tenía guardado su Jeta del año. Le preguntó si podía manejar, a lo que asintió con la cabeza.

–¿Pe…pe…pero –confundida tartamudeo– ¿Por qué lo haces? Le ira mal a tu familia como dices.

–Sólo sigue derecho el camino blanco sin parar y llegas a casa –le acoto sin más.

 

Se detuvo en la gasolinera de la ranchería. El vendedor se le acercó dándole una nota, miró a todos lados, ni un alma. Siguió la indicación, cargó con el dinero y se detuvo a los “cinco metros en medio del bosque”, como decía la nota. A su espalda una voz aguardentosa le ordenó asentara el dinero en el suelo sin voltear. Le tirara las llaves de su camioneta y contara hasta cincuenta, sin girar, o no viviría para contarlo.

–¡Espera! ¿Dónde tienen a mi hija? –preguntó desesperado a su enemigo. ¡Yo cumplí!

–¡Cálmate Imbécil! Ella va camino a su libertad.

–Cuando termines de contar, pregúntale al despachador de gas por el auto prestado, él sabe.

Tan pronto se liberó se encaminó a su casa. Llamó sin explicarle detalles a su esposa, sólo averiguaba. De su hija no se sabía nada. Optaron por avisar a la policía.

Las horas pasaban, la angustia aumentaba, don Federico del Real por vez primera admitió que el dinero puede comprar cualquier cosa… menos la vida.

 

Caía la tarde y el aire gélido de nuevo va cubriendo el espacio. El tiempo pactado por Frank y Julieta, sus cómplices, venció, por lo tanto se sintió librado de su deuda, ya podría recoger a su mamá y sus dos hermanos, llevarlos lejos de esta ciudad maldita y renacer con otro rostro, muy lejos.

Pasaría a recoger su parte en un apartado de la terminal de ferrocarriles y fin. Así de distraído caminaba cuando una voz le hizo alto: Era Karla…

–Hola Joe, ¿vas lejos? –sin dudar le dijo–¿Creíste que no te reconocería? Cómo olvidar esos ojos “verdemar” de quien cargó la bicicleta rota aquella mañana de 8 años hasta la puerta de la casa y curó mi rodilla raspada con esas mismas manos que hoy me liberaron. ¿Doce años fueron demasiados para cumplir nuestro pacto de amor? –con una sonrisa coqueta le dijo, mientras bajaba del coche para quitarle su morral y aventarlo dentro la cajuela.

No fue necesario pedir perdón, la carretera era muy larga y habría tiempo para decirlo. Circunstancias del destino los alejó y el mismo destino los unió. Se propusieron alejarse de la mancha urbana de la capital, iniciar un negocio, otra vida.

–Total tengo el automóvil nuevo. Seguro den buena lana por ello.

–¿Eh?

–Con tu parte y la mía podemos ser socios… ¿no crees Joe?

–¿?

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