EL HAMAQUERO [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Sería la media tarde, muy molesto le lancé unos golpes a Rosita. Con frecuencia la maltrataba por cualquier cosa; mi mal carácter, la falta de dinero, mi ignorancia y mi poca educación me segaban. Reconozco que fui grosero con ella, que me ha dedicado su juventud, yo le robé la inocencia. Soy un bruto. Aporreé la puerta y me salí.

Comenzaba un viento que venía del sureste, el olor a tierra mojada me indicaba que llovería. Alcé la vista al cielo y pude ver cómo las nubes cambiaban de color, cada vez más grises, los truenos no se hicieron espera, me detuve en la tienda de la esquina, tomé unos periódicos viejos que estaban sobre un bote para cubrirme la cabeza y arranqué a correr.

La lluvia pasaba a ser tormenta, las gotas me caían como balas, me lastimaban la espalda, poca gente en la calle, el agua ya hasta las rodillas, me pegué a la entrada de una casa que tenía un pequeño volado, y sin querer empecé a ver por la ventana una discusión, cada vez más fuerte, el hombre le reclamaba a la mujer no sé qué cosas, y la golpeaba brutalmente, le salía sangre por la boca.

¡Por Dios!, dije para mis adentros.

Como si me viera en el espejo, lo mismo hacía con mi Rosita.

La mujer golpeada lloraba y le gritaba al hombre: “¡Ya Juan déjame!, ¡ya no me pegues más!”.

Yo enmudecí, bajé la cabeza y me sentí tan vil, primero porque hacía lo mismo y, segundo, porque en esta escena no hice nada para defender a la mujer.

Reaccioné y corrí de regreso a casa. Le pediría perdón nuevamente a mi Rosita. Le juraré que voy a cambiar, que ya no habrá golpes ni malos tratos, mil veces lo he prometido, pero no puedo controlar mi mal carácter.

Qué exigente he sido con ella que es todavía una chiquilla, siempre me ha querido y ha sido muy amorosa con mis hijos. Cuando nos conocimos no tenía yo nada, mis hijos siempre sucios, enfermos, y Rosita, con su cariño y con su trabajo en la casa, nos ha sacado adelante, siempre sonriente, fresca, tan sencilla.

Me sequé un poco con los periódicos y seguí mi camino. Todo el trayecto a casa me quedé pensando:

¿Seré el mejor marido para Rosita? ¿Tendría ella la oportunidad de ser amada por un hombre bueno?

Entré a la panadería por chocolate recién entablillado y francés para la cena. Ahí estaban los cuates en el pasillo jugando, me insistieron a que me quede con ellos, pero yo me sobrepuse y seguí camino a casa.

Apreté el paso para llegar y abrazar a Rosita, había comprendido lo importante que es ella para mí y para mis hijos.

¡Señor Dios! ¡Ayúdame a cambiar, hazme bueno!

Llegué a casa y los niños llorando, asustados.

Entré bruscamente al cuarto; era demasiado tarde, Rosita ya no tenía ninguna ilusión de vivir, le había quitado todo, hasta la misma dignidad.

Cansada de mis malos tratos decidió partir colgándose del hamaquero.

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