NATURALEZA. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

Probablemente sean ya las cinco de la mañana. No lo dudo, mi cuerpo no se equivoca. He pasado parte de mis 58 años deambulando en el trabajo y el cuerpo nunca se equivocó, sabe cuándo abrir los ojos y cuándo cerrarlos por completo. Lo pensé mucho antes de dar este paso, sabía que no era fácil programarte para otra vida, porque eso es, otra vida.

¿Pero quién no sueña llegar a ello?, después de una larga jornada de trabajo, que te satisface, te llena de placer y más al ver a los hijos salir adelante, graduarse, llegar sin pendiente, amanecer con un rico café de olla y pan dulce fresco.

No me siento cansado, las piernas me dejan raudo aun, ¿no como hace 15 años, pero subo las escaleras y alcanzo el carro de la basura cuando se hace pato.

Todo principio tiene un final, nunca cambié mi sofisma. Y un día amanecí a las siete de la mañana, tarde para mí, que me hizo preguntar ¿dónde estoy?

Me sentí raro, raro pero bien, pero no supe contestar cuando mi esposa me abrazó y me dibujo una sonrisa.

–¿Amor?, bendito Dios que amaneciste en casa.

Así fue mi primer día de pensionado.

No lo niego, me gustó desayunar con Marina, mi esposa. Ayudarle a lavar los platos, sentarnos a leer el periódico y recostarnos, esperando al mediodía al señor de las tortillas, y mientras comemos ver las noticias de la tarde, sentarnos en la terraza, esperar la digestión y de nuevo recostarnos a descansar. Un despertar de tres horas, con el día muriendo y pensando qué hacer para esperar la cena.

¿Pero qué hacer? La terraza anda limpia, la casa también (hoy le tocó a la muchacha limpiarla), la cama bien tendida… mejor fui a sentarme en el jardín a esperar.

No lo niego, comí como nunca. Mi esposa es delicatesen, de un admirable toque culinario que siempre me deja lleno. Llega la noche, mi primera noche sin trabajar. Me recuesto en la cama, me hace pensar que debo estar en movimiento o me llega el síndrome del desempleado, que comienza con síntomas del enfermo, inventado mil cosas hasta volverme una persona histérica.

La metamorfosis comenzó a las seis de la mañana a partir de hoy. Me senté en la cama sin hacer mucho movimiento, me calcé hice una pequeña estirada de huesos. Con el cambio de horario, las seis de la mañana parecían las ocho y el sol en todo fulgor. No había visto el esplendor del jardín, lleno de plantas y flores, unas raras, ¿sí?, raras para mí, que de plantas y flora soy neófito.

Se mira bien.

Yo que criticaba a Marina, esas tardes cuando llegaba happy, y ella entregada, regándolas con fineza, dulzura, amor. ¿Qué más podía hacer ella, si la dejaba solitaria siempre?

–¡Buenas, reinas! –les hablé. Sí, a ellas, a las flores de los rosales, girasoles, helechos. Bueno, las que estuvieran. Nunca lo había hecho y desconocía sus géneros, no sabía diferenciar las naturales de las de ornato… con algo habría que motivarme.

Pero fue hasta el tercer día que les tocaba su baño, que lo mirífico de la naturaleza me abrió los ojos. Vi cómo sus tallos se mueven, parecen disfrutar el agua que les baña. Cómo sus ramas absorben y abrazan el vital líquido. Dan gracias por sentirse vivas inclinando sus gajos, levantando el talle y por volver a reverdecer raíces.

Y a partir de ese día lo constate cada mañana, cada madrugaba en pie y dispuesto a atender el jardín, que con mucho amor y paciencia mi amada esposa cultivó.

Volví a caminar, tomé como pretexto salir a comprar flores nuevas, de colores vivos, buscando huertos y zarzales, que hicieran de mi pequeño edén un pedazo de cielo en mi hogar sin ella.

La lluvia bendita que cubre en época de sequías, de calor abundante, que atraganta el respirar, como viento que desflora del cielo una pizca de vital líquido, enarbola su poblado gajo, para levantarse victoriosas.

Me contagió tanto la naturaleza que lo asociaba a mi vida. Símil fue la enseñanza, que en el espejo el tiempo se hacía presente, me mostraba mi naturaleza física y el paso de un ciclo en mí.

Las flores me enseñaron que la vida es itinerante, que se rejuvenece el alma pero nunca la raíz, que el invierno nos deja sin fuerzas, pero la primavera nos revive. Que la tierra es el camino para mantenernos firmes, y también para dejarnos ir. Y así me lo demostró cuando la misma tierra cobijó el cuerpo de mi amada esposa, llenándola con aromas de rosales y mañanitas.

Me cobijo en los recuerdos. Sin embargo la vida sigue su cauce. Cambió por etapas, como cambia el ser humano y en cada una nos reinventamos para alargar el invierno, ser natural como las plantas, hasta el fin. Me identifico con ellas, me convierto en un tronco longevo pero fuerte aún, ya sin ramas, ya sin frutos, porque han madurado y sólo esperan el vendaval visible que los sustrae.

Sigo levantándome ya no tan temprano, mi tronco echó raíz nueva en un bastón y sin ganarle paso a la vida, mis pasos siguen sus propias huellas como en antaño. El viento juguetea las pocas hojas que me cubren el tallo, me lagriman los ojos, me hace enojar… pero un beso en la frente me dibuja una sonrisa y me hace sentir indispensable aún, mis vástagos renacieron mi alegría.

Veo mis plantas verdes, de raíces poderosas en sus maceteros. Veo la silueta de mi entrañable esposa en cada una de ellas -me arrebata lágrimas- pero me pongo de pie.

No me doblegó el tiempo. El ser humano se habitúa a la era. Pero el tiempo evoluciona y caen las hojas sin viento, cae el hombre sin sustento y al final, la tierra sepulta en ella los recuerdos.

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