LAS VUELTAS DE LA VIDA II (Hoy por ti, mañana por mí) [POR: JOSÉ SALATIEL TEC]

sala-foto-oficial

 

–¿Se le ha ido el sueño? A veces eso nos pasa cuando tenemos muchas preocupaciones, yo tengo muchas, por eso bebo para olvidarme de ellas. Sobre todo cuando llega el pesado sueño del alcohol. ¿Le ha pasado alguna vez?

–Muy pocas. La verdad prefiero buscarle solución a mis problemas utilizando siempre la razón.

–¡Qué bien! Me recuerda a mí mismo, cuando era más joven y tenía grandes responsabilidades. Sobre todo con las personas que estaban a mi cuidado. Pero ya ve usted, una infamia y luego viene la caída, y al final, los que decían ser amigos te abandonan por completo.

–Si no es mucha indiscreción, ¿qué infamia recibió usted?

–¡La historia es muy larga, sólo puedo decirle que me inventaron el infundio de robarme una buena cantidad de dinero y acabé redondito en la prisión. Entonces lo perdí todo, me quitaron todo, menos el deseo de recuperarme… ¡Y en esas ando!

“Como le decía, al principio me dieron ocho años de cárcel, pero luego me asignaron quince más. De hecho salí hace poco”.

–¿Y por qué le dieron quince años más?

–Porque estando allí acabé con un compañero de prisión…

Y al decir esto, se incorporó de su hamaca y dirigió su mano izquierda debajo de ella, en el piso, levantando algo que le enseñó a su huésped.

–¡Lo acabé con esta punta de metal! Pero no crea que lo hice por gusto. No soy de esa clase de personas. Lo hice para defenderme, para preservar mi vida. Era él o yo. Alguien le dio la encomienda de desaparecerme, y pues ya ve, fui más diestro que él.

Así siguió la conversación, hasta que a lo lejos se escucharon las campanas que anunciaban los albores del nuevo día, entonces se dio cuenta de que no había dormido, y cerró los ojos sin sueño para descansar un poco.

De pronto se oyó el claxon insistente de un vehículo que se estacionó frente a la casa. El hombre que conversaba con él, dejó la botella casi vacía y se dirigió hasta la puerta, la abrió con mucho cuidado. La tenue claridad le llegó junto con la voz que salía del automóvil:

–¡Víctor, vámonos! ¡Se hace tarde!

–Espera un momento, tengo visitas.

–¡Cómo que tienes visitas! ¡Te dije claramente que no recibieras a nadie! Como están las cosas puede resultar peligroso. ¿Quiénes son?

–¡No los conozco! Pero tenían la necesidad de pasar la noche, ya que el señor tiene un hijo enfermo en el hospital.

–Pues despiértalos y has que se marchen, te regreso a buscar en veinte minutos.

Cuando el hombre cerró la puerta, el vehículo arrancó repartiendo un ruido como de un animal salvaje. El hombre con sus hijos tenía los ojos cerrados, como si durmiera.

–¡Camarada, despierta!, tienen que irse ahora, como te dije, voy a salir por unos pendientes.

El hombre y sus hijos abandonaron la vivienda de paredes amarillas, bajo la suave luz azul del amanecer. Por un momento tuvo la sensación de que esta noche había sido la más larga de su vida, y que tal vez la recordaría siempre, como si hubiera pasado un día eterno en un reclusorio. Llenó su respiración con el dulce olor de las anonas maduras. Se sintió liberado, como el cundeamor que bajaba de la albarrada, trasponiendo con sus redes amarillas los límites de la vivienda.

Ahora estaba allí de nuevo. Todo seguía igual, como si las cosas pasaran en cámara lenta después de algunos años, seis para ser exactos. Volteó hacia el otro lado de la calle. La tienda “La Trinchera” con sus paredes deslavadas y sus puertas abiertas se erguía tal y como le habían dicho.

Cruzó la calle de prisa. Se introdujo en el lugar sigilosamente. El hombre regordete detrás del mostrador le dijo sin titubear:

–¡Me han hablado de ti. Te he seguido desde que llegaste, y sé muy bien a lo que vienes. Escóndete detrás de la puerta, el hombre a quien tú buscas no ha salido de la casa de paredes amarillas, cuando lo haga, voy a gritarle que venga por un refresco.

“Cuando entre, ya sabes qué hacer. Como te dijeron, no vayas a fallar. Te dieron mucho dinero para pagar el hospital donde internaste a tu hijo. Es hora de corresponder por aquel favor. Y si te tiembla la mano, ya no hay vuelta atrás. Acuérdate de tu hijo, de la salud que tiene ahora, cuando ya lo dabas por perdido por aquella enfermedad.

“¡Acuérdate de eso! ¡Ya sale! ¡Escóndete pronto!

El hombre de la tienda, le gritó al hombre que salía de la casa de paja de paredes amarillas, con el breñero largo y enjuto de carnes.

–¡Víctor, amigo!, pasa por acá, te invito a un refresco especial. ¡Hace mucho calor!

Víctor Tamayo, un líder popular minado por el vicio, lo había perdido todo, excepto aquella casa de paja que había sido su refugio desde que salió de la cárcel. Vivía solo, su familia lo abandonó desde que lo perdió todo al ingresar al reclusorio. Lo frecuentaban amistades misteriosas que le prometían recuperar la posición acomodada que tenía antes. Cruzó la calle con ansiedad, saboreando de antemano el refresco especial que le caería muy bien, para comenzar el día.

“Cuando lo tengas enfrente, será tan rápida tu mirada hacia él, que sabrás por qué te hemos elegido para este encargo. Sólo hazlo, sin dejar huella”, recordó Abel Rodríguez, oculto detrás de la puerta para cumplir con la encomienda, y así pagar la deuda que tenía con aquellos que lo habían enviado y no volver a verlos nunca más.

Víctor Tamayo se introdujo a “La Trinchera”. Cuando Abel Rodríguez percibió el bulto que trasponía la puerta, salió repentinamente de su escondite, y cuando lo tuvo enfrente lo reconoció de inmediato: el hombre que lo había hospedado aquella noche fría de necesidad seis años atrás, y que le había dicho clementemente “hoy por ti, mañana por mí”.

Pero no tuvo tiempo para pensar más, como un relámpago recordó a su enfermo aquella noche, sano ahora por aquel favor.

–¡Ni modo, las vueltas que da la vida!”, dijo, y accionó el gatillo…

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