LA PIEDRA FILOSOFAL [POR: RAÚL R. DZUL PAREDES]

 

foto Raul

 

V, vive en el monte, allá por el oriente del Estado.

B, tiene su hogar en Motul, al noreste de la entidad.

Aparentemente la distancia los separa. Pero hay mucho más que esta nimiedad.

Corre el mes de mayo y la sequía aprieta por todos lados.

 

B, sale de Motul pasado el mediodía, montado en su clásica motocicleta, se dirige justamente al oriente del Estado. En un punto preconcebido, sale de la carretera y se interna al monte. Avanza un poco y esconde su vehículo entre arbustos y ramas. Luego, camina hasta un sitio donde los árboles de pochote son abundantes y su flor fresca y jugosa blanquea el área. Decide que es el lugar correcto.

 

V, espera impaciente a que llegue la medianoche para ir por tales flores de temporada y que ha paladeado en otras ocasiones hasta la glotonería. Pero si bien el deleite es un incentivo, otra idea le bulle en la cabeza, que quizá su madre le transmitió acerca de que en entre aquellas flores se suele encontrar una piedra, cuyo poder vuelve inmortal a quien la hace suya.

 

B, elige un árbol situado a más o menos un mecate de los pochotes y guinda entre dos ramas una hamaca pequeña, de hilo de henequén, que utiliza con cierta frecuencia en esos casos. Contra su deseo, se duerme profundamente, soslayando los peligros nocturnos del monte.

Un ruido grosero lo despierta y a fuerza de la costumbre despliega inmediatamente todos sus sentidos para evaluar la situación:

V, a corta distancia está triturando cuanta flor de pochote alcance, cual molino mecánico. Suma intermitentes resoplidos como signo de manifiesta satisfacción. Sus ojos están concentrados entre elegir las flores más jugosas y dar con aquella piedra. No mira, ni ventea, como acostumbra por precaución.

 

B, se mueve con sigilo, enfoca su objetivo con una lámpara de carburo, toma su escopeta; precisa a través de la mirilla del arma. Siente cómo la adrenalina le empuja el dedo para jalar del gatillo, contiene la respiración, pero la experiencia le dicta que va a hacer un mal tiro. Sabe que el punto vital está sobre la parte superior del brazo de su víctima. Impaciente espera que se mueva un poco.

 

V, sigue comiendo confiado y revisando cada flor. No desconfía de la luz que sigue sus movimientos. Percibe un ruido extraño, entre los miles del monte y busca su origen. Se escucha un relámpago y por reflejo sus poderosas patas traseras lo impulsan a dar un salto descomunal para iniciar la fuga, pero al caer sobre sus patas delanteras, un intenso dolor lo paraliza. Lo intenta de nuevo sólo para obtener el mismo resultado. Su terror apenas le alcanza para avanzar unos metros.

 

B, se acerca y con destreza le hunde una daga que termina por aquietarlo. El dolor empieza a ceder y a cambio comienza a sentir una somnolencia sedante.  Mira a su victimario y observa cuando éste saca de uno de sus bolsillos un objeto al que le da un beso. Se trata de la piedra que su madre le describiera: veteada con pequeñas franjas rojizas, de escasos dos centímetro de diámetro, algo ovalada y lisa, como recién pulida.

 

B, regresa a Motul, varios lo esperan, seguros de que retornará con alguna presa. En tanto, cazador infalible, corre la versión de que posee aquella piedra, que cada bala de plomo la convierte en carne de venado.

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