LA CASA EMBRUJADA [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Todos en el pueblo evitaban pasar por la casa amarilla, una casa vieja y abandonada, a la que le llamaban la casa embrujada.

De ella había una vieja historia: un matrimonio con 2 hijos jóvenes habitaba la casa en todo su esplendor, grandes jardines donde se sentía el aroma de los jazmines y la limonaria; en el camino a la puerta principal había muchas macetas con galán de noche llenas de flores blancas, y el aroma era arrastrado por el viento.

A un lado de la ventana que daba a la gran sala se podía ver un lago, donde se encontraban varios cisnes, rodeado de lirios acuáticos de varios colores.

Todos los caminantes se paraban a admirar la belleza de la casa, a sentir el aroma de las flores y a deleitarse la vista con tan maravillosa construcción.

Cuentan quienes por ahí vivían y alguno de los sirvientes, que un día el hijo más chico enfermó, y cada vez era más fuerte la enfermedad, pero nadie decía qué le pasaba, hasta que un día enloqueció de tal forma que mató a su hermano, luego fue por los padres e incendió aquel lugar.

Al parecer todos murieron, hasta la servidumbre, quedando malherido el viejo mozo don Isidro, que apenas y pudo contar lo sucedido antes de fallecer en el hospital.

Pasaron muchos acontecimientos para que el pueblo le empezara a llamar “La casa embrujada”.

La gente dejó de pasar por ahí, evitaba caminar en esa acera; todos cruzaban para no pasar junto a la casa.

Aquella tarde llegaron varios camiones de mudanza que venían del norte del Estado, una familia se asentaría en la esquina, casi frente de “La casa embrujada”, al fin nuevos en el pueblo, pues no sabían las historias y no tenían miedo.

Magdalenita, la hija de los Silva, salía a caminar por los alrededores, a presentarse con los vecinos. Llevaba su acordeón tocando bellas melodías y platicaba con Alfredito, quien le regalaba flores blancas, como limonarias, jazmines y galanes de noche, que ella metía en agua y aromatizaban la sala y la estancia.

La nueva empleada doméstica le contó a los Silva la tragedia de la casa de enfrente y el miedo que había corrido por el pueblo.

Magdalenita llegó emocionada de su recorrido diciéndole a sus padres que había invitado a cenar a los vecinos de enfrente. Los padres, emocionados porque la jovencita tenía unos amigos, organizaron una maravillosa velada, todo dispuesto para las 6 de la tarde.

Tocan el timbre y era la familia completa de Alfredito, trayendo una torta de cielo para compartir en la merienda. Magdalenita ofrece a los invitados que pasen a sentarse y en lo que salen sus padres armonizará la velada con su acordeón. La reunión había comenzado, llegan los Silva, toman asiento y le preguntan a Magdalenita:

–¿Y los invitados?

–Son ellos, Alfredito, su hermano y sus padres, son los vecinos de la casa de enfrente.

Al Sr. Silva le da un infarto y la esposa enmudece, porque aquellos eran los fantasmas de la casa embrujada.

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