AMOR DE PADRE. POR: YOXI.

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Lauro bebía tequila en la cantina del pueblo entre risotadas y palabrotas con sus esbirros, pero no caía. Era un león para beber y lo sabía. Se sentía soñado sin darse cuenta que sus frecuentes parrandas ya le ganaban la fama de borracho. Como era temido y andaba siempre armado, nadie se atrevía a decirle nada.

Era jefe de la policía en el pequeño pueblo, posición que se había ganado a pulso en un duelo a tiros con unos presuntos narcos a los que se enfrentaron un día. En la acción abatió a tiros al líder de la banda. En realidad, éste ya se había rendido tirando su arma, pero Lauro le disparó a mansalva y nadie quiso declarar en su contra por temor a represalias, así que apareció como héroe.

El éxito lo había cambiado, se volvió, además de agresivo, arrogante, al grado que su misma familia y esposa lo sufrían y le tenían miedo. Tenía una pequeña hija de cuatro años a la que veía muy poco.

Un día al llegar a su casa, abrió la puerta y su pequeña, que por alguna razón no estaba con su madre como debía, corrió a recibirlo, le abrazó de una pierna y no le soltaba; Él, que venía con media estocada de la cantina y de no muy buen humor, permaneció inmóvil un momento, luego, inclinándose molesto, intentó apartarla con el brazo, pero ella lo agarró más fuerte y empezó a llorar.

Se calmó un poco e inclinó de nuevo para ver qué le pasaba a la niña, pero cuando vio su mirada y sus ojitos mojados se conmovió.

Ella entonces, con una vocecita triste le preguntó:

–¿Verdad papá que tú no eres un borracho?

La ira le subió entonces a la cabeza, pensó zarandearla para que le dijera dónde oyó eso, pero su mirada inocente que buscaba la suya con avidez, le desarmó al instante.

Tragó saliva, la levantó con cuidado y la abrazó. Las lágrimas se le salían pero se contuvo y le habló lo más suave que pudo.

–No mija, claro que no, quítese esa idea.

–¿Me quieres papi?

–Sí mija, la quiero un resto.

–¿Por qué nunca me lo dices?

–Ah pos… porque no sabía, que le gustaba –se le hizo un nudo en la garganta– pero sí… sí la quiero…

–¡Gracias papi!

La niña saltó de sus brazos y corrió con la mamá que llegaba en ese momento apenada al ver que la hija importunaba a Lauro. Cogió a la niña, y en silencio lo invitó a pasar a la mesa para cenar.

Al día siguiente, a la hora de la comida, Lauro salió y se fue a la cantina como siempre. Llegó un poco más tarde, pero cuando entró se dirigió amenazante al grupo de gorrones que ya le esperaban en la misma mesa de siempre.

–¡Quiero decirles algo que va para todos!

–Sí jefe, como diga, le escuchamos –contestaron extrañados.

–¡Esta es la última vez que me ven en una cantina! ¡¿Oyeron?!

–No se moleste mi jefe, sí, como usted diga pero…

–¡Silencio! Y si alguien sale de aquí con rumorcitos, pues se las va a ver conmigo. ¡¿Entendido?!

–¡Sí mi jefe, a sus órdenes!

Lauro recorrió amenazante a todos con la mirada, dio media vuelta y salió de la cantina aventando las puertas. Desde entonces jamás se le ha vuelto a ver por ahí.

Dicen que su vida cambió; que renunció a su empleo en la policía, se dedicó a su familia y que se le veía contento asistir todos los domingos a la iglesia del pueblo.

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