VIEJOS PESOS. POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA.

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Se escuchaba a lo lejos el venir del tren de las 3 de la tarde. Los vendedores se preparaban para ofrecer a los pasajeros la venta del día. Había de todo para comer, tamalitos de espelón, coladitos, vaporcitos de picadillo, gorditas rellenas de carne o pollo, panuchos, salbutes, caldo de pavo calientito, Sidra Pino, Orange Crush, Soldado de Chocolate bien frío.

Algunos niños vendedores de golosinas ya listos antes de la raya amarilla fosforescente; gente bajando y gente subiendo. Era una tarde muy fresca, se sentía el olor a lluvia, el cielo empezaba a oscurecer, truenos y relámpagos acompañaban al tren.

Después de veinte minutos y mucho movimiento, se escucha el “¡vamonooooooos!”. El tren arranca de nuevo, el silbatazo y su movimiento hace que todos se vayan alejando del andén, pues comienza otra vez su marcha, y de pronto gritos y movimientos. La gente gritando “¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Hay un hombre muerto en las vías!”.

El maquinista frena, los rechinidos en las vías, los gritos, la lluvia, los truenos, el viento, la multitud, se vuelve un caos. Se detiene el ferrocarril y nadie podrá ni bajar ni subir, hasta que se aclare lo sucedido.

A lo lejos se oye la ambulancia, un par de paramédicos recoge el cadáver con mucha rapidez, pues el tren tiene que seguir su marcha.

Todo queda en silencio y tristemente se oye el partir de la locomotora hacia Campeche.

Durante los días siguientes se comentó la muerte de don Evelio, maestro retirado que viajaría a Campeche para encontrarse con su familia, pero la muerte lo alcanzó aquella tarde del 3 de agosto de 1918.

En días pasados me di tiempo en visitar diferentes sitios de nuestra bella Mérida, ya que me llegarían visitas y sería su guía de turistas. Recorrí haciendas, parques, fuentes, teatros y mercados, y el primer cuadro de la ciudad.

Caminando me acerqué a “la plancha”, donde ya sólo queda el edificio remodelado de lo que fuera la estación de ferrocarriles, pude entrar y ver la belleza de la construcción, y me fui adentrando al fondo, donde todavía quedan rieles y viejos trenes que hoy forman el Museo del Ferrocarril.

Estando ahí me sucedió algo realmente increíble: sentí vibrar los rieles, escuché el silbato del ferrocarril que venía, y pude ver a un hombre con su maleta esperando en el andén por el tren que silbaba, pero cuando fui acercándome al señor para hablar con él, y decirle que ya no llegan trenes a esta estación, el ruido ensordecedor del llegar de un tren, me hizo gritarle al hombre, quien justo en ese momento se subía a un vagón imaginario, cayendo a las rieles, dejando su maleta sobre el andén. Y vi perfectamente cómo venía el tren, oí claramente el ruido, pude ver la escena, escuché cómo cayó el cuerpo sobre los rieles y el pasar de la locomotora…

El grito de un vigilante me hizo regresar al momento real, viernes 3 de agosto de 2018, pero la maleta estaba ahí. El vigilante llamó a su central por este incidente y cuando llegaron los de vigilancia y abrieron la maleta, estaba llena de viejos pesos, un millón de viejos pesos.

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