LAS VUELTAS DE LA VIDA [POR: JOSÉ SALATIEL TEC]

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“Cuando llegues a Tres Veredas comenzarás a saborear el dulce olor de las anonas maduras, su aroma cubrirá tu cuerpo como un bálsamo. Sentirás que te sigue alguien. Voltearás el rostro, pero no verás a nadie por ningún lado. Pero aún así alguien te sigue, aunque no puedas verlo. Al menos no en ese momento.

“Dejarás la calle principal, después de haber andado por seis calles sin doblar por ningún lado. Darás vuelta y caminarás tres calles más. Cuando llegues al final encontrarás el lugar: la casa de paja de paredes amarillas. Te darás cuenta de que enfrente está la tienda “La Trinchera”, tienes que entrar ahí lo más rápido que puedas, mientras menos te vean, será mejor. Ahí te espera alguien. No te conoce personalmente, pero le hemos hablado de ti y ya sabe a lo que vas.

“Acuérdate, tienes que silenciarlo porque se ha puesto a nuestra altura. Ha puesto en nuestra contra a todos aquellos a quienes dirige, y no podemos permitir que sus acciones socaven todo lo que hemos construido durante tantos años. Además acabó con uno de los nuestros. Así que debes de acabarlo de a tiro.

“Como lo hagas, no importa, sólo hazlo sin dejar huella. Aunque debemos advertirte que no toleramos las fallas, y puede irte muy mal.

“El hombre que te espera te indicará quién es. Te dará la señal en cuanto llegues y hables con él. Sólo recuerda ¡Sin fallas!”.

El hombre se bajó del autobús urbano y empezó a andar sobre la calle principal. De inmediato el suave olor de las anonas maduras le llegó como en un sueño, caminó sin desviarse seis calles adelante, desde el punto en que se había bajado, dobló hacia la derecha y caminó tres calles más. Se detuvo frente a la casa de paja de paredes amarillas tal como le habían dicho. La miró por un momento. Tuvo la impresión de que había estado ahí años atrás. El cundeamor bajaba de la albarrada y se juntaba con la hierba del camino, formando racimos amarillos que los pasos no deshacen nunca. Todo estaba igual, aunque de día. De nuevo la impresión de haber estado ahí, aunque de noche, le golpeó la mente como si lo hubiera sacudido un vendaval ¡Entonces lo recordó…!

El hombre se bajó del autobús urbano con sus dos pequeños hijos cayéndose de sueño. Había dejado a su mujer con su hijo mayor en el hospital con una afección en los pulmones, y como no tenían dónde pasar la noche, recordó que una tía suya vivía por estos lugares, pero hacía años que no la veía y no sabía con exactitud la ubicación de su vivienda. Entonces decidió pegar el oído lo más cerca posible de las puertas de las casas para escuchar la voz de su familiar. Así lo hizo por un largo rato estéril.

La noche amontonaba ya el cansancio en los ojos de sus hijos y en los suyos.

La luna parecía un aro luminoso cortado a pedazos por las nubes oscuras y alargadas. A veces se asomaba y otras más se ocultaban, haciendo una luz intermitente que arrojaba las sombras cansadas de sus pasos. Hasta que de pronto se detuvo frente a la casa de paja de paredes amarillas, donde creyó escuchar la voz de su tía, que salía de las rendijas de la puerta de madera.

Con el puño derecho golpeó con ansias, esperando no equivocarse, porque sentía ya el cansancio encajándose en sus piernas.

Cuando el hombre del interior abrió la puerta, de un solo golpe, la imagen de la morada le llegó como un relámpago, pudo ver la escasa luz amarillenta que salía de un solo foco, en el piso, y muy cerca de una de las dos hamacas que colgaban, una fila de botellas de aguardiente, una pequeña mesa sucia con dos sillas a los lados, una hilera de vestimentas que colgaban de una soga, como hojas secas. Eso era  todo. Ni un solo rastro de su tía.

El hombre que lo atendió, enjuto de carnes y con el greñero largo, a leguas se veía que comía poco y bebía mucho. Aunque había en el algo que inspiraba confianza, también había algo que inquietaba, sobre todo por la profunda soledad en que vivía.

–¡Buenas noches! –dijo el hombre del exterior, con sus niños muriéndose de sueño.

–¡Buenas! –dijo el hombre del interior con una voz pegajosa como un caracol–. En qué puedo servirle.

–¡Disculpe! Me pareció escuchar la voz de mi tía Guadalupe Rodríguez. ¿Vive acaso aquí?

–¿Y como para qué la busca?

–Tengo a mi hijo mayor en el hospital con mi esposa, y como no tenemos donde pasar la noche, recordé que una vez me dijo que vivía por este lugar.

–¡No!, pues no vive aquí. Ni tampoco conozco a ninguna Guadalupe Rodríguez que viva por estos lugares. Pero sí puedo ofrecerle mi humilde morada para que puedan pasar la noche.

–¡No quiero causarle molestias!

–De ningún modo. Hoy por ti, mañana por mí. Solamente que en cuanto amanezca, voy a suplicarle que se retire, porque tengo que salir para atender unos asuntos personales. Pero pase, ya es muy noche y necesitan descansar.

Cuando el hombre del exterior traspuso la puerta de la vivienda, el acre olor del aguardiente lo bañó por completo… Se acomodó como pudo, en una de las hamacas, pequeña y sin color alguno, en cuanto lo hizo, sus pequeños se durmieron por completo, envueltos con el calor de su cuerpo, porque hacía frío.

Pero él, no podía dormir. El sueño había huido de sus ojos. Primero por estar en un lugar desconocido, y segundo por algo que llamó poderosamente su atención, en el piso, junto a la hamaca del hombre que bebía a intervalos había algo que lo hizo zozobrar de miedo…

 

CONTINUARÁ

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