LA DIVINA. POR: SONIA MAYLLEND.

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Matutino sol brillante que lanza sus rayos prodigiosamente a todo lo externo. Alumbra los espíritus, hasta los más sombríos. Llena de calor al frío pavimento. Invita a las aves a cantarle a Dios por la gloria del nuevo día, y los perros corean solemnemente con aullidos de arpegio.

De una puerta vecinal emerge la figura perfecta de “La Divina”… Su nombre original es Anabelle, quien tiene una tienda de flores con ese nombre, mas su porte francés de figura esbelta que vestía con atuendos sobrios y elegantes, le habían ganado ese sobrenombre y son los vendedores ambulantes primeros en saludarla con reverencias a lo que ella responde con un saludo sin voz pero acompañado con su sonrisa, y para ellos es un buenos días celestial.

Anabelle llega en un auto de alquiler a la “Floristería La Divina” y sin dilación se introduce para tomar su lugar tras un limpio y ordenado mostrador, en el que se exhiben desde pequeños y económicos ramilletes hasta sofisticadas orquídeas en estuche elegante. Ella pasea la mirada para realizar unos cuantos ajustes moviendo y cambiando de lugar los artilugios que utiliza a modo de escenografía teatral con la intención de resaltar sus bellas flores. Asimismo, acomoda los catálogos y deja uno abierto en el que aparece la flor endémica de su país, La orquídea negra, tan hermosa como exótica.

Con movimientos lentos y pausados, también un tanto cuanto estudiados, posaba frente a un espejo y prendía una flor al borde de su blusa, una flor de Alhelí, esa era su preferida, por pequeña y con tonalidades que se asemejan a la luz solar para resaltar su tez blanca. Acto seguido, con una inclinación leve, aspira el aroma y cierra los ojos, esos ojos aceitunados que ostentaban unas largas, bien pintadas y enchinadas pestañas. Frunciendo los labios dedica un beso a la hermosa flor para sentir en sus labios la frágil y aterciopelada piel de sus pétalos.

Tan absorta en el impasse se encontraba, que no advirtió al cliente que embelesado la miraba. Recompuesta por la sorpresa de inmediato le atiende ofreciendo, con su habitual profesionalismo, una breve explicación del tipo de mercancía con que contaba, extendiendo una tarjeta del negocio. El cliente atrapó su mano cortésmente y con suma delicadeza se la besó, tomó la tarjeta mirándola a los ojos y lanzando un hondo suspiro… se retiró. La confusión duró unos segundos, suficientes para comprender que, por su distracción, ella había sido la causante de los últimos acontecimientos. A partir de ese momento el día transcurrió normalmente y así concluyó la jornada.

Rumbo a su vivienda hizo una parada en la tienda departamental para adquirir los artículos de belleza que necesitaba, donde la deferencia de que la hacían objeto, desde el personal de vigilancia, hasta los ejecutivos del centro comercial, la hacían sentirse muy bien, por lo que prodigaba frases amables a las chicas que le atendían y una que otra caída de ojos a los caballeros, quienes percibían su perfume antes de verla y por ello volteaban para buscarla y solazarse con esa grácil imagen, la de la belleza.

Anabelle era consciente de la admiración que despertaba. Con una leve y cortés sonrisa anunciaba su retiro con un, apenas audible, ¡hasta pronto!, y gracias a otro acto de amabilidad de uno de los empleados, a la puerta de la tienda se encuentra un taxi esperándola para trasladarla a su domicilio.

Ante la puerta de su departamento y con movimientos diestros, no importando los dos paquetes y su cartera, introduce la llave para abrirla. De inmediato deposita su carga en una pequeña mesa lateral y se descalza para sentir la suavidad de la alfombra que da masaje a sus pies cansados.

Quince minutos en su sillón bastaron para tomar una taza de té de azahares, ya que sería lo único que tomaría antes de ir a su dormitorio.  Aspirando aire se puso de pie para tomar la ruta que la llevaría al país de los sueños.

Cambió su ropa por un delicado camisón brillante de satén lila. Al acostarse deja prendida una lamparita de noche y cubre sus ojos con un antifaz para dormir.

Sonríe al sentir lo relajante de esa tela, así como su suavidad y piensa que es la adecuada para absorber las lágrimas, sus lágrimas de soledad…

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