LAS GEMELAS. POR: SONIA MAYLLEND

sona 2

 

¡Ring! ¡Ring!

−Hola, ¿quién habla?

−Hola manita, soy Sara.

−Dime, ¿qué se te ofrece? –contesté.

−Figúrate que quise registrar a mi niña en el IMSS y me dicen que no puedo porque ya están registrados otros 2 niños y yo les expliqué que esos son tus hijos, que yo apenas voy a registrar, por primera vez a mi hija, y me dicen que tienes que ir tú con el carnet, tuyo y de tus niños y que lleves tu hojita rosa de inscripción al IMSS mañana mismo, así que nos vemos a las 8 de la mañana para arreglar este asunto, ¿verdad que sí me acompañarás?, es que necesito que me den la leche para Sarita porque no quiere pecho.

–De acuerdo, nos vemos mañana –No me dio tiempo de preguntar nada, ella expuso su necesidad y urgencia y yo sólo dije sí. Así era ella, impositiva, acelerada y muy echada pa’ delante.

Al otro día llegó a mi casa con Sarita, de 3 meses de edad y yo tomé en los brazos a mi niño Ismael de 2 meses. De repente nos vimos y soltamos una carcajada. ¡Nuestros bebés estaban vestidos iguales! así que los primitos parecían gemelos, ya que su niña fue sietemesina y se veían del mismo tamaño. Se veían hermosos los bebés.

Mi mamá acostumbraba tejer ternos para sus nietos, que constaban de chambrita, gorrito, calzoncito y zapatitos, todo en diminutivo, porque son prendas pequeñas (ji, ji), pero como en esa época el sexo del nonato se desconocía hasta que la mamá daba a luz, o sea, hasta que el bebé nacía, pues para no errarle ella tejía en azul, porque decía que una nena de azul se veía bonita y un niño de rosa ¡NO!, los colores amarillo y verde no eran mucho de su agrado, así que todo era azul.

Teníamos que darnos prisa. Tomamos las pañaleras, los bolsos de mano, a los bebés y yo traía de la mano a Oscarito, mi otro hijo, de 2 años y medio, aunque estaba chiquito pues tuvo que aprender a caminar de mi mano.

Rumbo al metro íbamos tan absortas en el asunto del papeleo que teníamos que arreglar, que no notamos que llamaba la atención el cuadro representado por dos madrecitas (jovencitas) de 1.50 m, menuditas y con tres bebés, dos en brazos y uno que apenas nos podía igualar el paso, por lo que no faltó la señora curiosa que preguntó:

–¿Son gemelitos?

Mi hermana pa’ pronto dijo que sí.

–¿Y quién es la mamá?

–¡Ella! –respondí de inmediato señalando a mi hermana.

–¡Felicidades! –dijo la preguntona y se fue dedicándonos una sonrisa.

–¿Y por qué le dijiste que eran míos los niños? –reclamando me preguntó mi hermana-

–Porque si le digo que son míos va a decir que si no tengo tele. “Tan chiquilla y ya con tres niños”, como si la estuviera oyendo. Además tú tienes la culpa, si no hubieras dicho que eran cuatitos y no me hubieras sacado de mi casa, pues nadie hubiera preguntado nada, ¿verdad?

Je, je, sonreí para mis adentros y conmigo misma. Je, je, de nuevo.

Total que ya en la segunda estación del metro ella ya se sentía la mamá de los pollitos, porque todo el mundo la felicitaba por tener 2 bellos angelitos.

Condenada, si las gracias debería de darme, y como dice mi mamá “si la envidia fuera tiña, cuántos pelones habría”.

Llegamos a las oficinas generales del IMSS, nos registramos, tomamos la ficha número 6 y a esperar. No habían pasado 5 minutos cuando se nos acerca una trabajadora social para ver a los niños precisamente cuando nos disponíamos a darles de comer; a la niña su biberón de leche y a Ismael el pecho. Entonces la empleada acarició con la mirada a ambos niños, y con las manos pellizcando sus sonrosadas mejillitas, preguntó.

–¿Son gemelitos?

–¡No! –respondí antes que mi hermana abriera la boca, pero me di cuenta que le había molestado que no le permitiera volver a decir que eran gemelitos y que ella era la madre.

–¿Y qué vienen a hacer?

–Venimos a registrar a mi sobrinita… hasta ese momento captó mi hermana y entrecerró los ojos como diciendo, por poco y la riego. ¡Uff!

Acto seguido nos hizo una seña para que la siguiéramos hasta su oficina, donde le obsequio un caramelo a Oscarito, mi otro hijo y embelesada con los otros 2 niños vestidos de azul nos señaló las sillas que tenía frente a su escritorio para que tomáramos asiento.

–¿A quién van a registrar? –preguntó.

–A la niña.

–¿Y cuál es la niña?

–La que tiene broquelitos.

–¿Y por qué los vistieron igual?

–¡Chin!, otra vez a contar la historia de mi mamá tejiendo ternos azules para los nietos.

Tomó asiento, se calzó sus gafas y con tono brusco dice:

–Papeles –empieza la transformación y/o metamorfosis, de mujer dulce y mirada tierna… ¡a burócrata amargada de movimientos robotizados!

–Acta de nacimiento de la mamá y de la bebé; copia rosita del alta ante el IMSS de la mamá y carnet de consulta de la mamá, comprobante de nacimiento de la maternidad donde se dio a luz al infante que queremos registrar.

Hasta el aire se le acabó, todo lo recitó de corridito y sin tropiezo, pero como mi hermana era algo sarcástica, preguntó…

–¿Mande?

Me tapé la cara con la manta del bebé para no soltar la risotada al ver la cara de la trabajadora social. ¡Hasta sus lentes se empañaron! Ji, ji, ji.

Total que se entregaron los papeles y la explicación del porqué de mi presencia con todo y bebés, por lo que extendí hacia ella los mismos documentos que le solicitara a mi hermana y, para que se le quitara el gesto adusto, le obsequié la mejor de mis sonrisas, que, dicho sea de paso, no surtió efecto.

La susodicha empleada (no les gusta que se les diga empleadas, ellas se sienten de una raza superior a los pobres enfermitos leprosos que van a consultar al IMSS), decía, ese personaje, se puso a observar, analizar y a cotejar cada una de las hojas y, como si hubieran chasqueado los dedos para despertarla de su hipnotismo, espetó, perdón, digo, preguntó:

–¿Quiénes son las gemelas Rosa Susana y Rosa Sara?

–¡Nosotras! –contestamos al unísono y sin ponernos de acuerdo.

–¿Y por qué se llaman Rosa Sofía y Rosa Sara?

Mi hermana y yo nos miramos y sonriendo alzamos los hombros y de nuevo respondimos juntas, como si esto ya estuviera estudiado.

–Porque así nos bautizaron mis papás.

La mujer se ofendió y abandonó su oficina en forma estrepitosa y arrojó la puerta que no se cerró, sino rebotó 2 veces y los 3 niños se asustaron y comenzaron a llorar. Mi hermana abrazó a su Sarita, yo le di el pecho a mi Ismael y como pude, abracé a mi Oscarito para calmarlo.

A los 15 minutos llegó otra persona, masculino, para recoger la documentación diciendo que la interesada debía regresar 2 días después para que se le entregara “el alta de la infante”.

Ya para retirarse, nos hizo la misma pregunta, claro que ya en tono curioso, no acusador como la otra señora.

–¿Por qué Rosa Sofía y Rosa Sara? Entonces le platicamos.

–La historia es que, el ser gemelas, pasó a ser una novedad en la familia y como mi papá quería que llevásemos el nombre de su mamá, no podía ser que sólo una se llamara Rosa, así que mi mami optó por que las dos ostentáramos el mismo nombre, pero seguido de otro para diferenciarnos.

El hombre movió ligeramente la cabeza de un lado a otro y entornando los ojos, con una media sonrisa nos explicó que el problema no era en sí el hecho de llamarnos casi igual, sino que el R.F.C. era el mismo y eso duplicaba el trabajo. Nos deseó buena suerte y se retiró.

No supimos cómo tomar lo sucedido. ¿Fuimos víctimas o victimarias de un ataque de histeria de una altísima funcionaria del Seguro o de una huidiza y vociferante empleada?

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