UNA LIMPIA DE PIRUL [POR: YOXI]

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Era una soleada mañana de sábado. Mario disfrutaba de un paseo matutino con su hermano mayor en el viejo auto de la familia, cuando al pasar frente a casa de unos vecinos amigos, la madre de estos, que los vio venir, sale al paso y les hace señas con los brazos para que se detengan.

La señora les dice que necesita ir urgentemente al centro y que les paga la gasolina si la llevan. Los hermanos se miran y no queriendo ser descorteses acceden a la petición. La señora da un silbido y de la casa sale un puñado de familia que esperaba el raid y de inmediato abarrotan el viejo Chevrolet 52.

Una animada tertulia se arma mientras se dirigen hacia su destino: El mercado de la Merced en pleno centro de Ciudad de México, sin imaginar la experiencia sobrenatural que les esperaba.

Llegan al sitio abarrotado de gente que vende y compra en medio de un total caos vial, provocado por transeúntes, taxistas, microbuses y cargadores que, con enormes cargas montadas en sus “diablitos” se abren paso entre la gente al grito de 2¡ahí va el golpe!”.

De milagro encuentran lugar para estacionar el auto cerca de la vecindad a la que se dirigen. Les recibe la hermana de la señora, cuya vivienda da a la populosa calle de San Pablo. Ingresan y se sientan en la sala a esperar a Doña Pachita… Mario se pregunta quién será esa tal Pachita, qué está haciendo él ahí y por qué la urgencia de la señora, cuando al parecer esto sólo parece una visita familiar sin mayor trascendencia. Sin decir nada, pacientemente esperan.

Después de un rato tocan a la puerta, salta la tía de su asiento, corre a la puerta y abre. Todos curiosos observan la escena, se oyen unas presentaciones y lentamente ingresa una viejecita tenochca de huaraches y rebozo raído, pequeña, encorvada y que necesita ayuda por los dos flancos para caminar. Todos se miran incrédulos por la facha de la señora y las atenciones solemnes y respetuosas que le brindan.

Se dirigen al comedor con la recién llegada al fondo de la vivienda, donde hay una puerta abierta que da hacia una zotehuela, y en la mesa yacen apilados un montón de manojos de hierbas, unas botellas con líquido amarillo, huevos y vasos con agua.

Frente a la puerta hay un anafre con carbón que se apuran a encender. Una vez encendido y humeante, arriman una silla al anafre para que la viejecita se siente y empiece su ritual…

La viejecita, que al parecer es una experimentada chamana, pone copal en el anafre, que en minutos llena el ambiente con su místico aroma. Se friega con los líquidos de las botellas las manos, los brazos y la nuca, toma las hierbas, y como espantando moscas en el aire hace sus invocaciones en náhuatl y español entremezclados, dando ramazos eventuales en el anafre donde se aviva y truena a ratos el fuego.

La madre de los amigos que le asiste, pide que pasen uno a uno todos los jóvenes para que les hagan “una limpia”. Como no parecía peligroso, Mario se deja llevar primero. Pasa al frente de la viejecita y para su sorpresa, la viejecita -que se encuentra ahora en trance y con los ojos cerrados- se ha transformado en un hombre alto, gordo y fornido, que dice ser el espíritu de un monje dominico que vivió durante la colonia, y que ayuda a la gente entrando en el cuerpo de la mujer-médium, para de esta manera sanar a la gente y expulsar demonios con su sabiduría y poder.

Toma un poco del líquido de la botella -que resultó ser loción de siete machos- y se la friega en la cabeza a Mario, le pasa el manojo de hierbas con ramas de pirul por todo el cuerpo mientras reza algo ininteligible. Da unos ramazos en el anafre, el pirul truena por el fuego. Luego toma un huevo de la mesa y se lo pasa por todo el cuerpo.

Entonces solemnemente toma un vaso de agua, parte el huevo y lo deja caer en el vaso con agua, donde se forman teñidas de negro y gris, figuras extrañas, como de demonios, colgando en la clara del huevo dentro del agua.

–¡Este muchacho está bien cargado! –comenta el monje con una voz grave que no corresponde a la de la viejita- Entonces le pide a Mario que salte sobre el fuego del anafre dos veces, ida y vuelta; se escucha avivarse el fuego al paso de Mario por los aires.

–¡Se le está cayendo la sal! –dice ahora el monje con su profunda y masculina voz, que evidentemente posee y transforma el cuerpo de la viejecita.

Luego que termina su “ritual” Mario es llevado a un cuarto a la entrada, al otro extremo de la vivienda, donde se encuentran ahora recluidos su hermano y todos sus amigos. Se trata de una especie de capilla con un enorme Cristo crucificado y ensangrentado al centro, compartiendo imágenes de santos y vírgenes diseminadas por todas partes. Hay también una repisa con veladoras que arden. Llega con su vaso, con su huevo y le piden que lo ponga en una mesita y que espere a que pasen todos.

Así lo hace y finalmente todos sus amigos ya han pasado el proceso y se encuentran dentro en la capilla con él, con sus vasos y sus huevos esperando no saben qué.

Les anuncian que ahora es el turno de las señoras y que por ningún motivo salgan de ahí hasta que se les indique.

Sumisamente se quedan ahí, platican hasta que se aburren. Oyen a lo lejos la voz del “monje” que continúa con sus grimorios, cuando de pronto, se hace un raro silencio e inexplicablemente se crispa todo el ambiente. Escuchan un gruñido grave, profundo, algo sobrenatural fuera de este mundo.

Todos se miran incrédulos, uno de ellos pregunta ¿que fue eso?, el otro le pide que calle para poder escuchar:

–¡Groooaaarrr, aaauuugh! –se escucha nuevamente.

–¡Quién eres! –grita una mujer.

Se escucha que los muebles son arrastrados como en un forcejeo.

–¡Groooaaarrr! –continúan los gruñidos.

–¡Déjala! ¡¿Quién eres?! ¡Vete de aquí! –gritan las mujeres.

En eso se escuchan unos golpes fuertes en la puerta de la capilla donde se encuentran encerrados, que casi los infarta y una voz asustada les grita: ¡No vayan a salir por ningún motivo!

–¡Ay cabrón! ¡¿Que está pasando?! –se preguntan asustados– ¡Mejor vámonos de aquí!

–¡Cállate, cállate! ¿Que no entiendes que no debemos salir?

Tranquilos, vamos a esperar a hasta que nos digan.

Temerosos permanecen ahí en silencio… afuera sigue el jaleo

–¡Que te vayas de donde viniste! ¡Yo te conjuro en nombre de María Santísima a que te regreses al abismo donde perteneces!

Se escuchan ayes acallados, sollozos y el arrastrar de muebles no cesa.

–¡Déjala ya! ¡Vete!

Luego se escucha un ruido sordo, como si alguien cayera o fuera arrojado al suelo con violencia. Se oyen rezos mezclados con sollozos que se van apagando poco a poco, luego el silencio…

Después de un rato de tensión en su forzado encierro, la puerta se abre súbitamente y casi les da otro infarto.

–¡Ya pueden salir! –les dice la doña– ¡No hablen ni pregunten nada!

Salen del cuartito temblorosos, como perros apaleados. La viejecita ya tiene su forma original y la están frotando y sobando en todo el cuerpo las dos mujeres mayores con la loción apestosa que se usó para el ritual.

–¿Qué pasó aquí? –inquirió uno de los chicos.

–¡Shhh!, que no preguntes wey.

–Ese golpe fue la viejita en el suelo… antes no se mató.

–¿Sí?, pues yo ya me quiero ir a mi casa.

–Calmados, ahorita nos vamos todos.

Finalmente se despiden y retiran del lugar…

–A ver cuándo nos invitan a otra limpia, ¿no? –ironizó el hermano a Mario al caminar ya en la calle.

–¿Y la gasolina? –preguntó Mario.

–Cállate ya y vámonos de aquí…

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