LA CELDA. POR: LUIS ANDRÉS CALDERÓN.

 

 

Yo solía juzgar y ahora me condenan. Me traen a rastras desde la casa editorial en Mérida hasta aquí, San Juan de Ulúa. Dejé de gritar hace mucho, cuando ya nadie hacía caso a mis columnas, pero apenas me callé al salir de la carreta seguido por más bayonetas de las que pude imaginar. Exageran, no creo ser tan peligroso. Es increíble cómo el mar es bello a pesar de las contusiones en la cabeza.

Todo empezó el lunes y no el domingo como dicen los registros. Me encontraba redactando mi próxima colaboración cuando derribaron la puerta, eran los soldados de Don Porfirio. Ya se habían tardado. Cada uno presto a su bayoneta. ¿Qué más podía hacer? Me agarraron y trajeron para acá. Siempre supe mi responsabilidad por atentar letradamente contra el dictador. ¿Qué más podía hacer?

Abren las puertas y me siento un preso medieval entrando en la sala de torturas. Todo es penumbra y silencio. Ahora me ponen de rodillas con las muñecas amarradas y una mano me sujeta del cabello. El gordo vestido de negro ordena a los oficiales darme trato especial. ¡Éste no se nos escapa! No quiero que nadie escuche su voz, saben qué hacer con él, la celda…

A duras penas consigo levantarme cuando alguien ya empuja mi cuerpo cansado hasta un arco oscuro; mis pies descalzos sienten las frías piedras de río que forman el piso; por mis yagas entran sus palabras, cuentan historias de torturas, torturas llenas de humedad (¿será acaso por la cercanía del mar o por las lágrimas y el miedo?).

Sólo hay dos soldados tras de mí, éste sería el momento perfecto para escapar… pero no soporto ni respirar, no lograré correr sin caer a los dos metros de distancia. Mejor que ellos guíen mi camino hacia el silencio. Ya no escucho sus pisadas. Vamos a un ritmo más lento, pero siguen apretándome los brazos. ¿En dónde fui a caer?

Escucho un leve crujido y el abrir una puerta, antes de mirar hacia arriba ya estoy en el suelo. Hay un haz de luz que se cuela desde el techo, se cuela la brisa del hermoso mar de Veracruz, se cuela la sombra lejana de una golondrina. Todo está mojado. Ni una triste rata viene a hacerme compañía. Gritaría, pero ¿para qué? Nadie me escucha. Como cualquier reo, estoy fantaseando con mi posible escape. Sin embargo las paredes de este lugar me obligan a renunciar a mi fantasía, y más, a mi voz…

Sé que se ha ido el día cuando no veo la columna de luz, bueno, así creía. Siento que desde hace mucho no se aparece. ¿Acaso he perdido el tiempo? ¿Habré quedado ciego? En la penumbra es duro saber cuándo se pierde la vista. En el hedor es duro saber cuándo se pierde el olfato. En el silencio es duro saber cuándo se pierde el oído.

¿Cómo callar al hambre? ¿Cómo callar la voz que durante mucho tiempo habló y habló? ¿Cómo callar a la fantasía? Fácil, la respuesta está en el silencio.

No sé si dormía, estaba desmayado o si resucité, pero me sentí vivo de nuevo. Oí unas botas alejarse rápidamente. Un crujido. Gritos. El agujero está más cerca. ¡Indios! El piso. ¡Disparen! Las paredes. ¡Cañones! Un crujido. Golpes. El techo. ¡Soldados! Ahora estoy de rodillas. ¡Preparen! Ya no quepo más que a gachas. ¡Apunten! ¡La celda del silencio está por implotar!…

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