EL TATUAJE. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

No sé cuántas veces he recorrido las calles de siempre, brincado los mismos charcos y mirado atrás para sentirme seguro. En esta colonia los autobuses sólo llegan hasta la barda del penal, las luces se apagan en la última torre de vigilancia que da al sur. No temo por los asaltos que se dan, estoy acostumbrado a ello, no temo por los pleitos y las bandas que se juntan en las esquinas… soy parte de eso. Las historias nunca se olvidan, siempre recuerdan las cosas buenas o malas, ¿qué más?

En la bandas hay buenos y malos, algo irónico, ¿no? Entras con cualquier pretexto, te sientes medroso, pero después valiente. Te hundes o sales a flote con cualquier trozo de madera que encuentres. Suena a metáfora, y mejor cuando sabes su significado.

La manzana 215 se volvió famosa cuando los antimotines en convoy de 5 a 7 carros, cada segundo día, hace acto de presencia, Y cómo no, si la colonia se llenó de “paracaidistas” que ocuparon los lotes abandonados detrás de la barda del aeropuerto. Comenzaron con diez, hechos de tarimas chimuelas, con frazadas de lonas de campañas políticas que hacen pared, cartón, mucho cartón, y papel periódico descolorido por el sol.

nadie en la colonia le importa que se tomen esos lotes. Lo que importa fueron los asaltos, los amedrentes a los niños, que juegan en el único parque levantado por el Ayuntamiento.

La mayoría de los que habitan los lotes vienen del centro del país. No los juzgo, mis padres se exiliaron de Chetumal hace 20 años y, gracias a Dios, esta tierra maya nos abrió sus brazos.

Dice mi santa madre que las cosas suceden por algo. Cada vez que miro el tatuaje en mi brazo derecho, y el símbolo grabado (el número 13), me deja grato aprendizaje.

Recuerdo mi primera experiencia que dejó huella. Salía de la tiendita, a media cuadra de donde rentamos, cuando me crucé con dos chicos de mi misma edad (15 años), que al verme se pusieron en medio y me arrebataron el refresco de 2 litros. Reaccioné por inercia, pero me contuvo la navaja de uno de ellos en el pecho.

Llegué a casa, tenía la mirada llena de coraje, mis puños cerrados y dentro de mí, sin resuello, el corazón lleno de miedo… mucho miedo. Y aún hay más. Pero dicen por ahí que “el valiente vive, hasta que el cobarde quiere”.

Me armé de valor con lo único fuerte que cargaba a mis 15 años, mis puños… y mi coraje.

Salí temprano de la escuela una tarde, aborde el camión en el centro y me senté en la parte de en medio. Puse mis audífonos en el celular, saqué un libro de cuentos, el autor era lo de menos, había descubierto que leer me da paz, me ayuda a escorar mis ideas, a darme balance.

A punto de moverse la unidad, se sube uno de los taimados que me asaltaron. Se sienta a dos bancas delante de mí, en la misma fila, se ve diferente solo, más normal pienso. Con esa figura nadie creería que es una ficha. Me ayudó a camuflar el camión, que iba hasta el tope.

A media cuadra de llegar al penal, el final del camino. Con poca gente en la unidad, gracias a Dios no volteó atrás. Bajó en la parte delantera, y yo bajé antes que él, en la puerta trasera. La calle renegrida ayudó a seguir con mi disfraz de invisible.

Tomó la contra calle, la de brecha chapeada, no había más luz que la de la luna.

Pensé “hoy me la cobro”. En medio de la terracería le di alcance, lo tomé del cabello. Se sorprendió, pues sólo se cubrió la jeta.

–¡Ora sí cabrón! –lo primero salido–, nos vamos a poner de acuerdo.

Mi puño derecho ya se enfilaba hacia su nariz, y en mí interior, se rebobinó tanto odio, que me quede en el espacio. Sentí que la distancia de su cara y mi puño pasó mucho tiempo. Un sacudón de cabeza me volvió a la realidad. El bato, con la mirada de un cobarde, pedía perdón.

–¡Cálmate ese!

–¡Qué tranza! ¿Qué te he hecho?

–¿No me recuerdas wey? –le recriminé-. ¡Soy el que cuando andas en bola se te sube lo chingón y jodes y jodes! ¡Pero hoy me la cobro! ¡Vamos a darnos un tirito!

Bueno. No fue necesario lidiarme a golpes con el “Charal”, ahora sé su apodo.

Como dije, me di balance. Llegamos a un sabio acuerdo. Le pedí me presentara al más “chido” de la banda, había muchas cosas que tratar. Un sábado a la media noche me reuní con el “Charal”, como habíamos acordado, en las antiguas bodegas de la Conasupo, a espaldas de los paracaidistas.

Vi unos 20, entre chicos y chicas, alrededor de una fogata discreta, sentados, bebían chelas y fumaban mota.

Se pusieron de pie cuando me vieron llegar. Me rodearon. Unos me empujaban e insultaban, una chica hasta me carraspeo el rostro, pero el “Charal” los contuvo.

–¿Entonces, charal? –una voz ronca hizo presencia. ¿Este bato me busca?

Se puso frente a mí, tenía buena altura, una panza “caguamera” y un tatuaje del número 13, de aproximadamente tres centímetros en el brazo izquierdo. Moreno como la noche y una cabellera entre ondulada y alaciada.

Me ofreció una caguama, y un toque de mota, que rechace a pesar de su mirada de enojo. Acto seguido me regaló una sonrisa cínica, tronó los dedos sin dejar de mirarme y junto a él se pegó una chica rubia, rubia original y de grandes ojos azules. La señalo, y la empujó hacia mí…

–Me cuadran los chavos que tienen cojones. Los que van en busca de la chingada. ¿Sabes qué es eso?

–No, ¿por qué? –le pronuncié retador.

Soltó una risa burlona. Me enojó. Me le iba encima, cuando sentí la mano de la chica sostener mi brazo.

Un guiño discreto me controlo. Entendí no era el momento y el lugar, tenía todas las de perder.

Viajé en vano. Desaparecido el líder de la banda, pasaba ya más de las tres de la mañana. Los pocos que quedaban andaban todos grifos y pedos. A Dios gracias no pasó a más. Discretamente buscaba al “Charal” con la mirada. Ni sus luces. Me levanté y, caminando como los cangrejos, la vista cuidaba mis pasos.

Cuando avancé lo suficiente me di la vuelta, y sorpresa mía, la rubia enfrentito.

Me sonrió, me tomó de la mano y me guió hacia la parte trasera de las bodegas. Ahí, ¡uta madre!, un Jetta gris, no del año, pero brilloso, tan así que la luna de pena se tapó con las nubes.

Me cerró la boca con sus dedos, y en todo el trascurso si dijimos con la sonrisa algo, es mucho. Le indiqué mi rumbo. Para despedirnos, me miró suavemente y me dijo “te veré pronto, más pronto de lo que te imaginas”.

i alejarse el flamante vehículo, la cuadra andaba muy tranquila, ni los teporochos en la esquina se juntaron.

De vuelta a clases mi optimismo fue otro. Ya sin temor de encontrar a los gandayas, y enfrentarlos me revivió. Recién leía las primeras líneas de mi libro, cuando un brazo salido de mi nuca se avizora en mí.

–¿Con un número 13 resaltado?

Volteo, y cual mi sorpresa, la misma rubio de ojos azules en mi clase.

–¿Cómo?

Lanzó senda carcajada por la cara de confusión que hice.

Después de una larga charla en el descanso, sigo sin entender cómo una chica en su condición, de buena familia, hija de papi, y sin necesidad de andar de loca, se junte con esos malandros.

En mi caso, pues la necesidad puede, pero ni así, los valores en la familia se deben velar.

Jazmín es su nombre. La soledad la llevó a las calles. Siendo hija única y con unos papás fuera de casa, atendiendo sólo sus negocios, creyeron que dándole a la niña una tarjeta de crédito libre, un auto del año y cero reprimendas, cumplen su papel.

Vino de una escuela de mujercitas, donde presumir quien gasta más era la idea. Por múltiples razones la tuvieron que sacar de ahí, y para no seguir en malos pasos, cualquier escuela era lo mejor.

Tenía su tatuaje en el antebrazo derecho, muy discreto. Sí, el número 13.

Conoció al “Charal” en la playa. Había tocada. Le apantallaron los fajos de billetes que cargaba y lo gastador con sus amigos. ¡Se la ganó en su mismo idioma!

Las ausencias, la casa vacía de sus padres le quedaban al cien. Ahí probó la mota .Se volvió inseparable de la banda, día y noche chupando, drogada y asaltando. Nadie le conocía por esos rumbos, todo está perfecto, así pensaba.

Todo tiene un cambio. No había día en la escuela que no platicáramos. La convencí de que leyera algo, que sintiera la magia de los libros. Se lo digo yo, como testimonio.

Para evitar problemas con la banda, procuraba que no nos vieran juntos, inventaba cualquier pretexto y con una lana para el vicio mantenía alejado al “Charal” meses.

Hasta que los rumores en la colonia nos alegraron: ¡Apresaron al líder de la banda de los 13. ¡todititos!

Se volvió gran camarada, puso de su parte, mucho, y fue dejando las chelas y la mota. Se apartó de su nave y las tarjetas de crédito. Le presenté amigos en otros rollos, y quede  sorprendido por las cualidades que tiene para pintar y escribir poesía. Hasta ella se fascinó.

Cierta tarde la visite en su casa, estaba bella. Me tomó de la mano, nos dirigimos al jardín y se sinceró conmigo:

–Nos vamos de vacaciones a Europa –dijo sin fuerza. Mis padres han cambiado como yo, y es gracias a ti amigo. Quiero comenzar otra vida con ellos… pero…

–Calla por favor –le toqué los labios y sus ojos lagrimaron.

–¡Es una grandísima noticia!

Seguí emocionando con su alegría, no quería que perdiera su momento. Quedó en hablar siempre y enviar postales, y cuando regresara no dudaría en buscarme. Nos abrazamos, me despedía, tomó mi brazo, traía un marcador de color negro y con ello me dibujo el número 13. Juntó su brazo al mío, tomó una selfie con su celular y me deletreo pausadamente: TE AMO.

Hoy hace una semana que anda de nube en nube y cumple su promesa de hablar. Mientras cuidaré mi tatuaje vivo… para que no lo borre el recuerdo.

 

FIN

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