EL MAZO [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Maricela pasaba por mi casa cada mañana alrededor de las 6:15 para ir a la Escuela Normal de Educadoras, éste sería su último curso escolar. Venía con su blusa blanca y una falda de mezclilla, siempre alegre, sonriente, saludando al vecindario. Se detenía en mi tiendita y compraba un yogurt bebible y unas galletas.

–Buen día Maricela

–Buen día don Samuel.

Le entregaba su pedido y comentábamos algo de la noticia. Ella platicaba con mi perro “Papadzul”, quien le respondía moviendo la cola.

Aquella fría mañana del 26 de enero, corriendo pasó la niña. Teníamos mucho frío y algo de llovizna. Le entregué su pedido y me había encargado unos pliegos de cartulinas, tendría trabajos de exposición. Le ofrecí que podía hacer sus trípticos en mi tiendita, pues tengo una amplia mesa y contamos con wifi. Quedó que al regreso de las 15:00 horas tomaría mi ofrecimiento.

Cruzó para tomar el camión, y en esa esquina de la 29 A estaba don Damián, hombre grande, solitario, quien aparentemente pintaba un banco en color chocolate.

Al pasar la niña por ahí este malvado la jaló con la mano derecha y le empezó a dar con un mazo en la cabeza que traía en la mano izquierda. La niña, como pudo empezó a defenderse. Aquel malandro le daba más duro cada vez, la niña en su deseo de ser salvada tomó un último aire y gritó:

–¡Papadzul!

Para entonces “Papadzul” salió volando, como si tuviera alas y sus ladridos empezaron a ser tan fuertes y desesperantes que casi escuchabas un auxilio. Yo, limitado porque ando en silla de ruedas, saqué una coa, con la que cortaba la hierba.

Chalo, el vecino de enfrente y su mamá doña gloria salieron al rescate. Al llegar a casa de don Damián, éste ya había cerrado la puerta. Sólo se escuchaban los gritos y el forcejeo, el ladrar de “Papadzul”, el aporreo de la puerta que Chalo provocaba con una cadena donde amarra su moto y las amenazas y gritos de la señora Gloria.

La niña, queriendo vivir en algún momento de su penar, respira fuerte y se levanta y le jala el mazo y termina golpeándolo de tal forma que lo tira, ella corre y abre la puerta, sale y se desvanece, con la falda casi rota, la blusita escolar ensangrentada, sin un zapato, con las manitas muy lastimadas y los pies descalzos.

“Papadzul” se enfrenta a don Damián, le muerde las manos y parte de la cara, lo revuelca y evita que se levante a seguir a la niña. Chalo lo amarra con su cadena y doña Gloria llama a la patrulla y al 911.

Aquella escena era algo que verdaderamente no podía asimilar. Yo me quité mi camisola como pude y tapé a la niña, quien, ya casi desmayada gemía de dolor, tenía la cabeza cortada y con sangre.

Aquel malandro no tuvo tiempo de abusar de ella, pero sí la dejó muy golpeada, no se podía levantar.

Para ese momento ya teníamos a más vecinos ayudando y atendiendo a Maricelita, una dulce y tierna niña que lo único que quería era llegar a ser una buena maestra de preescolar. Yo le hablaba contándole cosas alegres, evitando que se durmiera, pero nadie sabía la magnitud de aquellos golpes con el mazo.

Llegó la policía, la Cruz Roja y todo aquello llegó a su fin.

Pasaron varios días sin saber o tener noticias, tan sólo las de los diarios locales

El lunes muy temprano nos visitó la mamá de Maricelita, yo junté a los vecinos, quienes realmente estamos muy preocupados porque nuestra colonia es familiar, nunca se había suscitado nada como esto.

La madre cuenta el problema en el que se encuentra su hija: 18 puntadas en la cabeza, fractura en un brazo y dedo.

Reposo absoluto por cuando menos tres meses.

–Muy delicada está mi hija vecinos. Les agradezco su ayuda.

Todos nosotros nos pusimos a sus órdenes para lo que se requiera para la detención de don Damián, quien ese mañana fría de enero enloqueció con un mazo.

Pasaron los meses, hoy es 29 de junio, Maricela, ya con mejor semblante, hará su juramento como maestra de preescolar. Fuimos invitados a la ceremonia oficial y en mi tiendita daremos un pequeño refrigerio para celebrar, más que la graduación, el que siga con vida.

Don Damián se ahorcó en el penal.

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