VIERNES 13 [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Ahora recuerdo que fue un viernes 13. En esta ciudad el calor llega hasta los 45°, el sudor recorre mi cuerpo, siento las gotas cómo salen de mi cabeza, van recorriendo mi cuello, bajan por mi espalda, cruzan mi cintura y se pierden en la parte baja, justo donde la espalda cambia de nombre.

El calor me excita, me hace recordar aquellos días entre sus brazos, cómo me quemaban sus besos; sus caricias me llevaban por el universo; y su voz, esa voz, cuando me decía: “te amo mi reina, te amaré hasta la muerte”.

Y me seguía besando, sus manos me acariciaban tan suave, como si las nubes pasaran por mi piel. Su lengua tan húmeda en mis labios. Esa mirada, sus ojos, esos ojos, tenían fuego, su mirada me quemaba y no puedo olvidar sus besos… han pasado ya 25 años.

Un viernes 13 entré a este infierno y mañana viernes 13 saldré. Bueno, yo saldré, pero mi vida se quedará aquí, con mis recuerdos.

Bajaba del tren de oriente, a él se le voló el sombrero, que me alcanzó pegándome en la cara. Al voltear y verlo me desmayé, pero no recuerdo si fue por el golpe del sombrero o por caer en sus brazos. Fue deseo a primera vista, y cuando me miró cerré los ojos, sentí su fuego en mi piel, supe que era el mismísimo diablo, porque me quemaba. Tengo hasta hoy esas cicatrices, pero nadie me creyó, a veces pienso que no fue real, pero… ¿y las cicatrices?

Con su sensual voz me dijo:

–Disculpe usted, elegante dama, que el viento haya volado mi sombrero y le haya pegado en su hermosa carita. Me siento en deuda, así que si me lo permite…

Y me plantó un beso arriba de la ceja izquierda, donde me pegó el sombrero, beso que hasta hoy siento. Aquí no hay espejos, pero me toco con la yema de los dedos de la mano izquierda y siento delineados sus labios y, es curioso, con la yema de los dedos de mi mano derecha no los siento. Ahí supe que esto sería misterioso, pero me gustó. El correr de la adrenalina siempre me ha gustado.

El hombre no era guapo, más bien era feo, pero de esos feos que andan por ahí robando corazones, feo con una sensual voz, ardiente mirada. Yo sabía que era el diablo, lo vi en sus manos, me quemaban, ardía cada vez que me tocaba, sus ojos brillaban al mirar, echaban lumbre, pero no podía dejar de verlo, de sonreírle y deseaba estar en sus brazos.

Después de una calurosa plática, accedí ir con él a su departamento. Fui por mi propia decisión, pero hipnotizada por él, como poseída, yo no tenía voluntad. Al entrar a su departamento me dijo:

–Te amo mi reina.

Y me amo, como si fuera un ser de otro mundo. Me perdí, y cuando volví en mí, sentí el peso de su cuerpo. Me habló en forma extraña, no le entendí, y cuando lo miré, sus ojos destellaban fuego.

Lo aparté de mí bruscamente. Ya en pie, me di cuenta que sus manos se convertían en garras, sus pies eran como patas de cabra, empezó a golpearme. Recordé que traía un revólver en la bolsa. Corrí por ella, él hacía ruidos extraños, se retorcía.

Saqué mi pistola y le metí de balazos. Caí al suelo desmayada. Recuerdo que había sangre…

Durante estos 25 años he dicho que aquel hombre era el mismísimo diablo, que cada viernes trece entra a mi celda y me posee. Al amanecer estoy rasguñada, con la piel quemada, pero nadie ve nada. Sí sienten el olor a azufre, hay reclusas que dicen ver el fuego salir de mi celda, pero no hay rastros de él.

La jueza dice que nunca existió tal caballero, que han revisado mi caso una y otra vez, que al salir yo me dedique a otra cosa, que no me quieren de vuelta por estos lares, que me vaya del pueblo y comience otra vida con lo que aprendí en estos años.

Hoy volví a la estación a la misma hora de aquella tarde. Me lo volví a encontrar. El mismo incidente, pero esta vez, venía preparada. Cuando se acercó me dijo:

–Hola mi reina, te he esperado.

Saqué el revólver y lo maté. Ahí delante de todos.

Subí al tren y me fui.

Al otro día leí en la prensa local que alguien había matado al Diablo.

Que le dispararon a un tipo bien parecido en la estación del tren y que se desvaneció. Para cuando llegó la Cruz Roja ya sólo estaba su traje y su sombrero, y debajo de toda esa ropa polvo con olor a azufre, según dicen quienes se acercaron. No se levantaron cargos.

Fue en viernes 13.

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