LOS TIEMPOS CAMBIAN. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

Me llamó la curiosidad el bullicio afuera, y al acechar por la ventana, los vecinos reunidos en medio de la calle hacían comentarios de lo que veían. Una humareda de brazas vivas a lo lejos, y gente en la calle que pasaba en grupos de tres o cinco personas corriendo donde sea. Los comentarios no se hicieron esperar.

–Se armó la trifulca en la mera plaza –asentó uno– cientos de estudiantes se enfrentan a los policías. Trajeron llantas de quién sabe dónde. Las rociaron con gasolina y les prendieron fuego. Se grita que asesinaron al “Charras”.

–¡Pepe Ven! –en el interior de la casa Luis gritó– ya comenzó el Chavo del Ocho.

¿El Charras? ¿Y quién es él?, si sabré. Si los vecinos suspendieron sus charritos con chile y chesco –pensé–, saben de él.

El aullar de las sirenas de las patrullas que se dirigía al centro se escuchó. El humazo se notó más cuando se apagaron las luces dejando a oscuras la plaza. Entusiasmado por tanto movimiento, entré a casa y le dije a Oscar y a Luis, ya tirados en el suelo gustando la tele, en blanco y negro:

–¡Vengan amigos a ver el alboroto!

Incrédulos se me quedaron mirando y Oscar con un ademan de mano me tiró a loco. Me puse en medio y amenazándolos les sentencié con el dedo en apagar la televisión veloz.

No muy a gusto se levantaron con cara de buenos cuates y nos dirigimos a la esquina. Había varios más que hacían bulto. Como cuando hay procesiones a la iglesia, todos caminando y en silencio. La calle 60, una de las arterias principales se iba llenando poco a poco de estudiantes que salían de todas partes con destino a la plaza. Quién sabe qué gritaban pero hacían bulla.

Caminamos entre ellos sólo dos cuadras. Nos asustaron las patrullas que bloqueaban el paso.

Tanta gente daba miedo, así que optamos por tomar la calle siguiente para redondear y regresar a casa (en la ciudad las calles están por números y se leen en pares e impares).

Tomamos el cruce de la 69 x 58, en la esquina la zapatearía “Cananea” mostraba sus aparadores rotos, zapatos en impar regados en las aceras, y policías con macanas evitando más saqueos. El primer cuadro de la ciudad se había convertido en un escenario digno de una película de gánster. Estaba a oscuras y los focos de los automóviles en curso con el denso humo que se esparció semejan enormes ojos.

–¡Píquenle  burros que vienen más por éste lado! –con voz temblorosa Carlos gritó, mientras Luis cruzaba a tomar el tenis que se la había caído a una señora con su bebé en brazos.

Llegamos al cruce de la 73, se iba aplacando la respiración y más zapatos incompletos sobre el pavimento. Mamá preocupada porque no le avisamos sólo suspiro cuando nos vio.

Luis seguía mudo. La gente se retiraba de la plaza. Don Chucho, el voceador de la cuadra, venía llegando del lugar y se juntó con los vecinos para platicarles lo que pasó.

–Eran como las ocho de la noche, me encontraba en una banca leyendo mi libro vaquero como todas las tardes. Vi movimiento de patrullas que se apilaron en las puertas de Palacio, un carro de antimotines con cerca de 20 policías que bajaron y luego, luego formaron una valla.

“Esto no es normal, me dije, -tomé mi bicicleta aparcada en los arbustos. Cuando veo por la esquina de los billares varias docenas de estudiantes dirigirse a Palacio y por la farmacia ‘El gallito’ un tanto más.

“En cuestión de minutos cientos de ellos frente a Palacio de Gobierno tratando de irrumpir al interior.

–¿Pero qué hacían? ¿Que gritaban? –preguntó don Isidro el panadero.

–¡Muerte al traidor!, ¿O al gobernador? No sé. No tenía puestos mis audífonos auditivos, pero algo así seguro era.

Poco a poco se retiraban los vecinos. Ya el ulular de los carros de bomberos y de la policía había callado.

Luis y Oscar se estaban marchando cuando los retuve y en baja voz acordamos ir a la plaza mañana a temprana hora.

Me quedé contemplando el plano camino al centro. Las luces habían sido encendidas, había más humo que cuando ardían las llantas por tanta agua vaciada para controlar el fuego. Me quedé pensando.

¿Tanto alboroto por una persona? ¿Pos qué hizo?

Eran veinte para las siete de la mañana. Sentados en la acera, mis cuates con cara de vampiros esperan. Los camiones repletos venían del barrio con gente que trabaja muy temprano (O sea no madrugamos). Llegamos a la plaza grande. Se ve que toda la noche los de limpieza urbana se encargaron de levantar todo el despapaye. El viento matutino no se llevó la sombra de lo quemado y el olor a hule viejo. Las flores de ornato pisoteadas mostraban huellas de zapatos; bancas chimuelas de madera, pedazos de cristal regados; y hojas, no de árboles, de libros, que quizás utilizaron como elemento de combustión.

Enfrente, el Palacio de Gobierno con unos diez policías custodiando la entrada y otros más en el interior pasando lista. Cinco patrullas dispersas en las esquinas, dos más dando vueltas a la plaza, y una docena de periodistas postrados a la entrada, en espera de cosechar las primeras impresiones del Gobernador y su gente.

Más allá, en el otro ángulo, la enorme Catedral con sus puertas laterales abiertas y feligreses que entran y salen para bendecir su día, no afectó la escena.

–¡Maa’re! Sí que estuvo gruesa la noche –expreso Oscar asombrado.

–¿Se puede saber quién es el tal “Charras” que juntó a cientos de estudiante en unas horas?

Una pausa larga hicimos los tres.

“El viento, como el tiempo, son caprichosos.

En 1974 la carrera de leyes era una de las más peleadas para estudiar y también una donde las “novatadas” para los estudiantes de primer año se volvieron famosas. A los nuevos los rapaban de arriba abajo, en medio de la plaza cívica de la escuela y ante sus compañeros de cuarto grado. Si bien otras escuelas querían igualar la tradición, no opacaron la original.

Los estudiantes de último grado hacían su práctica profesional en bufetes, juzgados, y ellos mismos, cuando se asociaban, se volvían independientes.

Por esas fechas los estudiantes de diferentes facultades se miraban oprimidos, limitados en su expresión por el sistema que gobernaba en todo el país. Los grandes oradores se mostraban al hablar con sentimiento y palabras secuestradas sin libertad. Pequeños grupos de seis a diez estudiantes, los lunes sin falta, a menos que la lluvia se revelará, se juntaban para escuchar las charlas de una persona con visión de líder, que hacía un año se graduó en sus muros de aprendizaje como flamante abogado.

Efraín Calderón Lara, mejor conocido en el medio como el “Charras”, era una de esas personas que siempre estaba ahí para proteger al indefenso trabajador que reclamaba sus derechos. Como abogado, conocedor de su gente y de los problemas que cargan los trabajadores, se dedicó a dar pláticas a los estudiantes de primer año de la carrera con el propósito de crear conciencia y se preparasen más en el estudio.

Cada vez se sumaban voces en las reuniones clandestinas.

Claro, no pasó desapercibido en el gobierno, que, sin investigar, y soló tomar nota de los intereses de los poderosos empresarios pegados al gobernador, inventaron diferentes excusas con tal que más estudiantes se sumasen. Pero no sucedió así. El propósito de la lucha que dirigía el “Charras” fue creciendo y reconocido, tan es así que, a sus 25 años, se ganó el respeto y se miraba como una pieza invaluable para los partidos políticos en decadencia.

Pero nunca se vendió ni se prestó para engañar a su gente y sus ideales. “Y así, un día en donde el tiempo muere… lo mandarían a matar”.

Miles de hojas con rostro y palabras escritas caían del cielo tapizando las nubes y las marchitas flores que se ahogan a diario, los rayos de sol que iluminan a mi lindo Yucatán nunca cedieron su poder. Un Mártir ha nacido.

A la semana siguiente en el salón de clases la maestra Lucía hizo una pausa:

–Oscar, Luis y Pepe, por favor vengan aquí.

Ora que hicimos mal –pensé mientras me dirigía a ella.

–Quiero felicitarlos por el gran ensayo que hicieron de tarea. Se ve, les impactó lo sucedido por el buen contenido redactado… ¿Pero díganme?, dónde buscaron tanta información.

–Miré usted. Esa madrugada el sueño tardaba en llegar. A nadie le parecía importar todo lo sucedido. Unos pensaban que son cosas de chamacos, otros por curiosidad recogían comentarios: pero a una persona en especial sí.

“Mi hermano Pedro. Él es estudiante de leyes del último año y fue uno de los primeros que siguieron las enseñanzas del ‘Charras’. Estuvo con él, horas antes de su muerte.

“Cuando mamá le vio llorando pensó lo peor, pero al enterarse que su llanto era por la muerte de su amigo, por tanta injusticia de gente mala que es capaz de cortar una vida y llenarse de dinero las bolsas de su saco, su coraje se convirtió en lágrimas de esperanza”.

–¡Bello! –los ojos de la maestra se cerraron de sentimiento.

 

FIN

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