HERMANAS [POR: ALEXA MONTES]

 

 

En la hacienda El Jacal, el capataz Eleazar, al morir su esposa y dejarlo al cuidado de sus hijas, empezó a beber a tal grado de perder sus tierras y quedarse sólo con una casa y dos hijas que vendían en el tianguis naranjas para ayudar a su padre.

Pero él no veía esos esfuerzos, sólo se dedicaba a gastar el dinero y por más molestas que estuvieran, él no corregía el rumbo de su vida y es así como se enredó con el tipo más despreciable del pueblo, el cacique don Fermín, ese mismo que le gustaba sentirse dueño del pueblo y de su gente.

Ahora Eleazar le debía tanto dinero que ni con su humilde casa podría pagar y peor aún, sin empleo, pues Don Fermín lo corrió y cada día que pasaba, caía en absoluta depresión. Sus hijas ya no tenían más que vender, pues los pocos árboles de su casa, ya no tenían frutos que ofrecer.

Entonces, decididas, se encaminaron a casa para hablarle de que tenían que irse a la capital a trabajar y realizar el sueño de estudiar. Pedirían entonces su bendición para cambiar su futuro.

Al llegar a casa, su padre estaba terminando de negociar su deuda con don Fermín, mismo que lo agobiaba todos los días con la enorme cuenta y cada vez que lo visitaba le llevaba una botella para fomentar su alcoholismo y tener el control sobre de él.

El padre les cuenta a sus hijas que ya había arreglado lo de la deuda y que además le había dado un poco de dinero para que iniciara un negocio, a cambio se tenían que ir con don Fermín.

Ellas, felices e ingenuas a sus escasos 14 y 15 años, pensaron; “qué bien, iremos a trabajar a la hacienda El Jacal, pagaremos la deuda de papá y nos vamos a la capital.

Pero la realidad era otra, el padre ordenó a sus hijas que tomaran sus pertenencias y se fueran con él, a lo que don Fermín contestó:

–No se llevaran ningún harapo, no quiero porquerías en mi hacienda.

Las hermanas seguían sin entender, hasta que su padre describió el trato.

–Se van con don Fermín, no como sirvientas, se van como sus mujeres, ambas harán todo lo que les pida y serán buenas con él para que no les pegue, pues ya tiene mi permiso y bendición para llevárselas. A cambio de este gran gesto de generosidad, tendrán mejor vida y tal vez alguna de ustedes llegue a ser la señora de la hacienda.

Sin dejarlas decir ni una sola palabra, mucho menos despedirse, a empujones las sacó de la casa y ordenó se suban a la camioneta. Claro, a la parte de atrás, como animales. Lloraron todo el camino sin entender ni hablar entre ellas, solo abrazadas con la esperanza de que todo fuera un sueño.

Llegaron a la hacienda, donde en el enorme portón esperaba una señora grande de edad pero con la fuerza suficiente de llevar las riendas del servicio de la hacienda.

–La señora Olga les va a proporcionar ropas nuevas. Les dirá donde bañarse para que estén limpias y presentables a la cena y ahí les voy a decir cuáles serán sus obligaciones a partir de hoy. ¿Está claro?

Sin oponerse, caminan a su suerte y una vez bañadas y arregladas como unas señoritas de ciudad, entran al comedor donde don Fermín, quien las observa con esa mirada lasciva. Él sabe que valió la pena esperar a que las formas de sus cuerpos aparecieran. Eran las niñas más lindas, pero claro que a él no le importó su menuda edad y como no sabía cuál de las dos le gustaba más, decidió arruinar al padre y quedarse con las dos, sólo para él.

Al terminar la cena, don Fermín, empezó a hablar.

–Ustedes me pertenecen y voy a premiar a una de ustedes casándome. ¿Con cuál? Con la que me dé un hijo; y la otra, ya veré qué hacer. Mientras, tienen que ser buenas conmigo en la cama, dormirán juntas en su recamara, pero cada mañana, quiero a una de ustedes en mi cuarto, ya que en las mañanas amanezco como semental.

“Ustedes decidan quién empieza y ahora lárguense a dormir, que mañana quiero ver que valió la pena todo lo que pagué por tenerlas”.

Ellas no dijeron una sola palabra, no durmieron, sólo querían que no llegara el amanecer.

Mili (así le decía su madre pues su abuela se impuso para que la nombraran Milagros, pero su mamá prefería Mili y a la pequeña Lourdes le decía Lula) se levantó de la cama y caminando con sólo su bata de dormir, sin zapatos abrió la puerta.

Antes de salir volteó a ver a su hermanita y en ese momento, ambas derramaron una lágrima. Eso fue más que si hubieran hablado toda la noche.

Por su parte Lula decidió no salir ni a desayunar hasta que Mili regresará. Y al paso de dos horas regresó con la cara llena de vergüenza, la bata rasgada y algunas manchas de sangre como diluida en agua, y al acercarse a Lula la abrazó y soltó el llanto más amargo y con voz firme le dijo:

–Mañana que tú vayas a verle, no te resistas porque duele más y cuando pases por el pasillo, arranca unas hojas de yerbabuena, porque cuando él te bese te dará tanto asco que querrás vomitar y en ese momento masticas las hojas para no sentir su asqueroso aliento. Quítate tu ropa para que él no te la arranque. Cierra tus ojos para que no puedas ver su arrugado y horrible cuerpo, piensa que estás en otro lugar, eso te ayudará a no querer estar muerta.

Ambas lloraron, pero Lula grabó en su mente cada detalle que le aconsejó su hermana.

Pasaron algunos meses y no había día que no fuera una desagradable experiencia de violación para ambas. Hasta que una mañana Lula regresó a la recamara y le dijo a Mili:

–Él me dijo que soy su favorita, que quiere que yo le dé un hijo. Yo le pregunté por ti y me dijo que te vendería con un ganadero del pueblo vecino, porque quiere recuperar su dinero que pagó por ti y yo no quiero que nos separe. Ni quiero un hijo con esa bestia. ¿Qué vamos a hacer?

–Eso mismo me ha dicho a mí. Creo que él miente para presionarnos a que alguna de nosotras le dé un hijo, pero no lo sabremos.

Es en ese momento que hicieron un pacto, si alguna de ellas salía embarazada, nunca dirían cuál de ellas era la madre y de esa forma continuarían juntas.

Así seguían las visitas matutinas. Daban gracias a Dios que a don Fermín sólo se le “paraba” en las mañanas y no todas. Al pasar el tiempo, si podía tener relaciones una vez por semana era mucho.

Una noche, durante la cena les dijo que tenía que salir por unos meses por cuestiones de trabajo. Ellas estaban felices pues no tenían que soportar su presencia y así podía poner en marcha su plan. Ese plan que tenían en mente pero no habían podido hacer, querían aprender a leer y saber manejar la hacienda, pero lo más importante, querían visitar a su padre, pues a pesar de todo, ellas lo querían. El tiempo y la nostalgia habían logrado el perdón.

Así lo hicieron, descansaron de las violaciones matutinas y felices aprendían rápido, pero descubrieron el embarazo de una de ellas, decidieron al fin visitar a su padre y contarle a él quién era la embarazada, prepararon unas viandas y ropa para llevarle a su padre, felices llegaron hasta la que había sido su casa, esa que estaba totalmente en ruinas con apenas un mísero techo agujerado, grietas y basura, un vecino se acerca y al verlas les  gritó:

–Niñas, llegaron tarde, su padre se mató días después de que se fueron ustedes. Se puso a beber día y noche hasta que se gastó todo su dinero, gritaba a cada rato, que había vendido a sus hijas, que no merecía vivir y fue entonces cuando se ahorcó.

Y no pudimos hacer nada porque lo encontramos un día después, le avisamos a don Fermín, quien vino y ordenó que quemaran su cuerpo para no pagar al camposanto. Saqueó la casa y se llevó a vender las pocas cosas de valor que quedaron en la casa.

Niñas, huyan mientras puedan, ese hombre es un monstruo.

Cerró la puerta dejándolas con ese gran dolor, pues no podían creer tanta maldad, y Lula le dice a su hermana mayor que ahora más que nunca estarían unidas y jamás le dirían quien de ellas es la embarazada. Aprovecharían vender algunas reses y fugarse antes de que él regresara.

Pero al regresar a la hacienda, encontraron un mensajero que les entregó un telegrama dando la breve noticia: “Sr. Fermín Velásquez, ha muerto. Sírvase venir identificar cuerpo. De lo contrario. será depositado en fosa común”.

En ese momento de felicidad se imaginaron libres y claro, no pensaban ir a reclamar el cuerpo, era lo que él se merecía, una muerte solo y enterrado en fosa común, y ahora ellas dueñas de la hacienda y de todos sus bienes.

Pero ¿y el bebé que una de ellas había engendrado en una violación? No lo querían, así que surgió un nuevo pacto entre ellas. Entregarían al bebé al convento, las monjas lo podían entregar a una familia que en verdad le brindara amor.

Esperaron al nacimiento mientras vendían poco a poco los bienes. Más que nunca estaban dispuestas a ir tras su sueño. Y llegó el día, nació un niño fuerte, con gran parecido a don Fermín, cara redonda, nariz ancha, barbilla partida, pero de piel blanca como ellas.

Al cuarto día de nacido, llevaron al niño al convento y sin ningún remordimiento lo dejaron ahí. Ahora sí llego el tiempo de cumplir sus sueños.

Llegaron a la capital, con dinero, libertad y escasos 16 y 17 años. Se presentaron como huérfanas y platicaban que sus padres les habían dejado una gran herencia fruto de su trabajo.

Pasaron los años, encontraron el amor y se casaron, pero jamás hablaron de ese oscuro pasado.

Mili tuvo dos hijas y Lula un hijo. Felices con su vida, hasta que un día después de haber pasado 18 años del nacimiento de aquel bebé, recibieron una carta de un tal Ambrosio y se decía ser hijo de una de ellas.

En esa carta pedía una cita para conocer y saber cuál de las dos era su madre biológica.

Aterradas nuevamente de ese pasado, decidieron ir a conocer a ese hijo, hablar con él y cerrar ese capítulo en su vida.

Se encontraron con Ambrosio, quien les recordó a don Fermín por ese gran parecido, fue una extraña reacción, pues no sintieron eso que dice la gente; “la sangre llama”, y más cuando él les habló con dureza y odio, pues Ambrosio se quedó en ese pueblo donde circulaba la versión del abandono de su propia madre por irse a la capital a gastar la fortuna que le robaron a su padre.

–Aquí están las que me abandonaron, me robaron no sólo mi herencia, sino también la oportunidad de vivir una vida de amor. Ahora digan ¿quién fue la perra que me parió? ¿Quién de ustedes fue la que me engendró y luego sin darme una oportunidad, me abandonó? ¿Alguna vez pensaron en mí?

“¡Hablen de una buena vez, ¿quién de ustedes es?!

Gritaba Ambrosio con voz casi quebrada por el llanto y la furia. Estaban aterradas y dispuestas a callar, pero fue Mili la que rompió el silencio.

–Las dos te tuvimos, las dos te abandonamos, las dos… te pedimos perdón y te daremos lo que tu pidas.

–Sólo pido lo mismo para sus hijos, crecer sin una madre que los pueda amar.

Ambrosio sacó de su chamarra una pistola y disparó tres veces gritándoles:

–¡No quieren hablar! ¡Bien! ¡Las dos lo pagarán! ¡Ambas son culpables!

Ese día murieron Mili y Lula, así como su gran secreto. En las noticias se dijo que dos distinguidas damas de sociedad murieron a manos de un desalmado asaltante. Ese periódico amarillista salvó la honra de ambas.

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