EL PRINCIPIO DEL FIN DE MIRREYES Y VIRREYES

 

foto Raul

El fin de los neo-virreinatos en que se habían convertido los gobiernos de los estados, vigentes 18 años desde la primera salida de priísmo del gobierno federal, está próximo a concluir. Nada más lógico después de un sexenio trágico, en el que vimos desfilar sin mayor distinción de emblemas a íconos del nuevo priísmo y panismo, acusados de corrupción, por el desvío de enormes cantidades de dinero público, que colmó de rabia a la sociedad, que un día sí y otro también era testigo de tanto cinismo.

El uso y abuso con sentido patrimonialista, como suyo, de los recursos públicos, al parecer nunca pudieron ser fiscalizados, ni siquiera por el genio de Mead, en su calidad de Secretario de Hacienda en tiempos del PAN y ni qué decir del PRI.

Fueron algunos medios de comunicación, destacadamente el equipo de Carmen Aristegui, los que suplieron la tarea de quienes, se supone, debiendo cuidar los intereses de la sociedad se mostraron más como cómplices.

La anécdota atribuida al ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte, ilustra cuan normal se consideraba tal práctica, pues cuando un colega suyo fue pillado en actos corrupción y uso ilegal de recursos públicos, comentó con todo desparpajo: “Es un tonto, no supo hacerlo, a mí nunca me pasaría eso”.

Ciertamente, la estrategia está causando escozor y no falta quienes argumentan el afloro “autoritario” de AMLO, un atropello a la autonomía de los estados y un golpe al federalismo. Vaya, hasta alguien mencionó que afecta las “costumbres”.

Y sí tiene razón, afecta la costumbre de que las delegaciones federales se consideren cotos de poder, feudos grupales, usualmente representados en su momento por diputados, senadores o algún líder encumbrado en el centro. Quienes casi a placer podían hacer “negocios” o colocar a sus allegados en los mejores puestos.

Nos falta ver en qué términos vendrá esta interesante reforma a la administración pública que, como se sabe, tiene una vertiente central, en la que están incluidas las delegaciones, y otra de índole paraestatal.

Sus objetivos (de la reforma) parecen altamente aceptables, pues van desde abonar a la austeridad hasta la necesaria, diría indispensable, fiscalización de los recursos públicos.

Los “mirreyes” que actualmente ocupan las delegaciones son una especie de virreyes, por tanto no se le puede calificar de esa manera a la nueva figura propuesta de “Coordinador del Plan de Desarrollo Nacional”. La autonomía de los estados está a salvo, pues, hasta donde sabemos, sus presupuestos y facultades de proporcionarse su propio gobierno, esenciales para dar sentido a la idea de autonomía, permanecerán intactas.

Que el nuevo Coordinador manejará un gran presupuesto y por lo tanto irremediablemente se convertirá en el próximo gobernador, sabemos de cierto que no. Si no, pregúntenle a Sahuí o a Rolando, con su ejército de 120 mil. O a Mead, que manejó en dos sexenios la Hacienda del país. Argumentar que posee un objetivo político es ocioso pues toda acción de gobierno la posee de manera inherente.

Esperamos que Huacho no caiga en el error de que su nombramiento constituya un premio a su trabajo electoral de la campaña pasada. Es una responsabilidad y tendrá encima los ojos de todo el Estado.

Los que apostaron a que la corrupción jamás se podría acabar (y debemos entender por esto reducirla a niveles inocuos) los ha tomado por sorpresa, auto convencidos que era una “ocurrencia”  o recurso de campaña del ahora Presidente electo. Ya empezaron a ver que no. El principio del fin de los “Mirreyes” y “Virreyes”.

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