DE VUELTA AL BARRIO. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

Parte Final

 

Atravesé toda la casa en una rápida mirada. Tantos recuerdos -suspire-, pero había que buscar monte, como dicen por aquí. La abuela no se recuperó del todo, después que le quitaran el yeso decayó en su persona, ya no era la de antes, y eso me preocupaba.

No quería que los niños le dieran lata, o que ella pretendiera hacer más cosas ya en su condición. No.

Se la llevó a la capital su hermana Adela. Quería que siguiéramos habitando la casa, pero las condiciones del señor Cosgaya no podría cubrirlas. Si bien la renta de quinientos pesos la tenía congelada era por el cariño a la abuela, no por nosotros.

El lugar era espacioso, una alta construcción de mampostería con un techo altísimo, enormes puertas, dos jarrones con flores de ornato, todas dejadas a la entrada. Un ventilador de techo -con una mano de pintura cambia- descolgado; dos cuartos y lo mejor, ¡un baño con regadera! ¿Qué más podía pedir?

Lo bueno fue que gracias a la abuela, que pude ahorrar algo, y a doña Pilar, que habló con su sobrino, el dueño, éste nos la rentó barata y desde hoy es nuestro nuevo y sacrosanto hogar.

–¡Pido baño primero! –se apresuró a gritar Miguel aventando su bulto donde cayera y cerrando la puerta como saeta.

Todo estaba saliendo de maravillas. A diez cuadras de la plaza grande y de ahí tres más al trabajo -me dije- podría ahorrar un camión. A dos cuadras la escuela secundaria y en la esquina la fonda económica para situaciones extremas, nada más, mientras me adapto a mis tiempos.

El cambio de trabajo me benefició por la paga. Si bien son más horas y hasta los domingos, bien vale la pena, hasta que mis chamacos como hoy sigan aprovechando la escuela.

En los albores de Navidad, no sé si es la época, pero nos volvemos súper optimistas, la puesta del árbol lleno de luces, con cajas forradas de papel navideño debajo, esferas de plástico a colores. Las posadas con los vecinos… todas esas cosas hacen que el presente y futuro sean parte de nuestras vidas. El ayer se ha enterrado.

–Doña Elenita, no se olvide que mañana es la última noche de las posadas en casa de doña Cuquita –asentó doña Mercedes, la dueña de la cocina económica.

–¿Cómo cree vecina?, si son los pocos momentos que tengo de distracción.

–Le tocó llevar dos refrescos y una botanita. –¡Ah!, lleve zapatos bajos porque ya rentaron la música y vamos a gastar tacón. ¡Ja ja ja! –replicó con una fuerte risa.

Los buenos vecinos los hay en todos lados. Doña Mercedes, la dueña de la fonda, a sus 85 años, es un roble. Es una bendición conocerla. Desde que nos cambiamos hace tres años, nos tendió la mano, siempre al pendiente de mis chamacos cuando estoy trabajando. Las fiadas de comidas cuando se alarga la quincena y se junta la renta, la luz, en fin, tantas cosas que las gracias no saldan su bondad.

Dicen que vino de Veracruz cuando su única hija, de 20 años, falleciera en un accidente de moto. Viuda después, su prima la convenció y de eso ya 8 años que vive en el segundo piso de la casa. No tenía muchas cosas: una cama sin cabecera, una silla de madera y petatillo, un viejo tocador con el espejo manchado, medio baño, una mesa redonda pequeña con dos sillas de madera y un ventilador de piso de aspas grandes. Una escalera de blocks y una puerta de madera hecha de retazos de huacales le dan su privacidad.

Su pequeña fonda queda en la esquina de la cuadra, de una pieza techada con láminas trasparentes, de paredes de bloque duro, una hornilla con dos anafes y media docena de hoyas de peltre. En la entrada dos mesas de metal semi-oxidadas con tres sillas de plástico apilables cada una y un cartel de papel cartulina donde anuncia sus dos guisos diarios.

Junto a la fonda un taller mecánico que siempre está lleno de carros por reparar y sus clientes fijos son tres mecánicos, que si no es por ellos su fonda habría cerrado.

Doña Meche, como le llamo de cariño, me había insinuado que le ayudara, le cansa la lumbre, y sus pies se le hinchan seguido por tanto tiempo parada. Siempre me ha gustado cocinar, pero mi sazón sólo mis hijos la critican. Cierto día al dirigirme a la tiendita, note que no había abierto.

–¡Doña Meche! –le llamé mientras golpeaba a su puerta. Me acerque al taller mecánico para preguntar y uno de los empleados (por cierto muy galán) se me acercó.

–Dígame ¿Que necesita vecina? –con voz gruesa preguntó mientras mostraba sus blancos dientes.

–Soy amiga de… –no terminé la pregunta.

–¡De Mechita! ¡Claro! Fue al molino, no tarda. Es más, ahí está.

Casi deslizando las piernas en la banqueta y cubiertas con medias color carne, doña Meche parecía desmayar. Le ayude a cargar su bolsa de tejido. Abrí su negocio, se sentó en una de las sillas mientras le servía agua en un vaso. La vi con la mirada cansada, me supongo por la desvelada de las fiestas recién.

Al parecer no había puesto sus guisos en la lumbre y había platos sin lavar en el fregadero de ayer.

–¿Pos qué le pasó vecina? No tiene buena cara.

Con su lenguaje coloquial me respondió:

–Desde hace días que me he sentido agotadísima. Y más cuando paso horas y horas en el fuego. Creo que ya estoy en las últimas y no puedo atender el negocio. Muchacha, tienes que ayudar a esta vieja rupestre.

Nos quedamos platicando varios minutos. Tenía miedo de decirle que sí, y que después las cosas no se dieran. Mis hijos ya por terminar su preparatoria, sus gastos son muchos. No es que sea una mala idea ya que me ayudaría a estar más con ellos, más pendiente, menos cansada y los fines de semana podría hacer otras cosas. No había competencia por el rumbo, sólo la tienda de don Elías, la tortillería de don Pastor, la panadería de los Tec, y la fonda en buen lugar y conocida.

Habría que ponerle una manita de gato de pintura, otros guisos y llegar a un acuerdo para pagar la renta con la vecina.

–Mire. Permítame consultarlo con mis hijos y si deciden a cooperar lo planeamos. Tengo unos ahorritos –le dije entusiasmada– y podemos hacer algo mejor.

–Dios te bendiga –me tomó de la nuca y con un beso hicimos el trato.

No les pareció algo sobrenatural a los chamacos la idea. Javier hizo dibujos para la fachada, Moncho se comprometió a hacer las compras y Miguelito llevar las cuentas. ¡Pues manos a la obra! Y así, con tanta ayuda, ¿quién no se esfuerza en doblegar energías para prosperar?

“A veces creemos que cuando se cierra una puerta todo está perdido, que a nosotros los indefensos las fuerzas no dan para más. Pero en cada lugar, por lejano que se vea, siempre habrá un camino para buscar la luz y ser feliz”.

Pensé que de vuelta al barrio los verdaderos amigos se habían ido. Pero no. Están ahí siempre. Así que le llamaré a nuestro próspero negocio “LA ESPERANZA”.

 

FIN

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