COSAS DE LA FIEBRE [POR: JOSÉ SALATIEL TEC]

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PARTE FINAL

Pero de pronto, un recuerdo amoroso dormido en su memoria cobró vida y se contuvo. Depositó el tubo en su lugar refunfuñando. Pero lo que no pudo contener fue la serie de insultos e improperios que amontonó sobre su vástago.

Aquello había dolido mucho, como siempre, pero aquella frase “retrasado mental” se había hundido en su alma, como una bola de espinas.

–¡Son cosas de la fiebre! –volvió a pensar.

La noche adelantada por el nublado, se diluía ahora en sonante lluvia fría. La luz de los relámpagos iluminaba a intervalos las máquinas del corredor, que parecían como árboles de lata.

El hijo, solo y sin camisa, sacaba las manos por debajo del techo del sancocho, para sentir el agua helada que bajaba a chorros gruesos por los canales de las láminas. Solo Copo, que también se guarecía de la lluvia, junto a él, y hacía sus piruetas sobre el suelo, lo miraba con sus tiernos ojos amarillos, como tratando de entender los conflictos de su mente.

–¡Copo, tú puedes entender que no estoy loco! Sólo son cosas de la fiebre. Veo y entiendo las mismas cosas que los demás, cierto es que pasan lentamente, como si vinieran de lejos y no quisieran irse, pero nada más.

Y Copo lo mira como si entendiera lo que dice y ronronea de contento entre sus brazos.

–Lo que pasa es que están cansados de mí. Se avergüenzan de mi enfermedad. Soy algo peor que una mancha negra en la familia. Tal vez sería mejor…

Pero no alcanzó a terminar la frase, porque de sus ojos cerrados resbalaron suavemente como dos gotas de lluvia.

Al día siguiente, la lluvia de la noche anterior, junto con el agua que escurría de las bolsas de nixtamal, había dejado la cama de la camioneta resbalosa como una placa de hielo. El padre intentó subir para contar las medidas apiladas. Pero al poner el pie sobre la cama del vehículo, resbaló cayendo de espaldas, manchándose la ropa.

Pasaron como seis segundos. El joven pudo apreciar perfectamente el resultado final del accidente. El hombre, colmado de furia, con la faja ondulando en su mano derecha, avanzaba sobre él, que temblando de pies a cabeza lo esperaba junto a la báscula del sancocho.

El primer golpe fue duro, seco. doloroso. Algo así como un gajo que se quiebra. El grito del muchacho se perdió entre el sonar de los motores. Siguieron como tres más, pero a estos no siguieron grito alguno. Sólo se oía la respiración agitada del padre y el zumbido de la faja al cortar el aire.

Esa noche el joven no durmió por completo como siempre. Solo junto a Copo, acostado boca abajo, meditaba su venganza. Debería de dolerle tanto a su padre como le había dolido a él.

–¡El hombre tiene que sufrir tanto como yo! ¡Tiene que padecer en lo que más le duela!

¿Locura? Pero, quién no ha puesto algo de locura en ciertos actos de su vida sin llegar a la demencia.

Las discusiones del hombre con los encargados de sus tres tortillerías se hacían cada vez más intensas. Los faltantes de dinero habían comenzado a hacerse más notorios y más considerables. Sobre todo porque Perfecto Quiñones pensaba en ellos como los culpables.

Pero sus empleados, para evitar acusaciones infundadas, habían amenazado con abandonar sus empleos definitivamente. La misteriosa falta de dinero se prolongó por unos meses más. El padre, desesperado, entraba en alegatos con los encargados, que respondían con firmeza sobre su inocencia, mientras el hijo sonreía a corta distancia de ellos, como siempre, por culpa de la meningitis.

Un día, al cierre de las cuentas, el encargado de la tortillería más grande le hizo a su patrón una interesante observación:

–¡Patrón! Estuve pensando ayer en que posiblemente el dilema de todo esto esté en el peso de las medidas. Si tan solo le quitaran como cuatro kilos de nixtamal a cada bolsa, sería casi imperceptible el faltante y al maquilarlas no rendirían lo que se espera de cada medida. Eso explicaría la falta de dinero, todos los días.

–¡Tienes razón –respondió el hombre–. Cómo no había pensado en eso. Voy a hablar con mi hijo ahora mismo, es él el que se encarga de pesar las medidas de nixtamal. De seguro debe darme una buena explicación.

Ante tal comentario, el hijo emprendió el camino de regreso al sancocho antes que su padre. Su cabeza parecía la caldera donde a diario cocía las bolsas de maíz. Multitud de pensamientos se estrellaban en su mente como una catarata de piedras. Pero sobre todo, sentía un miedo irrefrenable que hacía palpitar sus sienes y alargar sus pasos.

Cuando llegó, tomó las bolsas de nixtamal que había escondido. Las arrojó al sumidero como lo había hecho desde hacía tres meses atrás. Esa era su venganza, y ahora su padre intuía que él era el culpable.

Por eso midió las consecuencias de lo que había hecho. Aclaró en su mente el resultado y visualizó el tormento que recibiría.

Perfecto Quiñones, de regreso al sancocho, en el camino, había despertado en él el sentimiento paternal adormecido por tanto rencor equivocado. Lo había conmovido el pensamiento de abandono en que había esclavizado a su hijo, y la profunda humildad con que había resistido tantos maltratos. Había comenzado a desvanecerse en él la idea negra de que su hijo había muerto en ese desdichado encuentro con la meningitis.

–¡Josué! ¡Josué!

La voz temida le llegó al hijo como una flecha.

–¡A la caldera Copo! ¡Rápido! –habló con las piernas temblorosas por el miedo. Subió las escaleras con Copo entre sus brazos, quien ya no ronroneaba, como entendiendo el final que les esperaba.

Llegaron hasta la orilla de la caldera, contempló las oleadas del agua que se bamboleaban en el tanque…

El padre, que había llegado, traspasó la puerta del sancocho, y creyó oír un ruido como de un bulto precipitándose, luego el sonido de las aguas que se abren, para luego cerrarse de inmediato con un ruido sordo. El hombre tuvo un ligero sobresalto.

–¡Josué! ¡Josué! ¿Dónde estás? –la voz habló de nuevo.

Pero ahora junto con la voz iba una dulce entonación, como cuando un padre encuentra al hijo que creía perdido para siempre.

Pero las palabras del padre resonaron en vano. Nadie lo había escuchado.

Porque su hijo, liberado ya de todos sus dolores, junto con su amado gato, descansaba en el fondo de la caldera, bajo tres metros cúbicos de agua que comenzaban a alcanzar los cien grados de temperatura.

FIN

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