UN COSTAL DE HUESOS [POR: YOXI]

 

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

Doña Silvana estaba muy contenta, el grupo musical de su hijo Amir, era la estrella del show de un famoso hotel en Acapulco, razón por la que ella decidió ir a pasar unas vacaciones con él a su casa. Lo único que no le hacía digestión era su casi nuera, una morena costeña de rostro dulce y curvas peligrosas, que había robado el corazón de su hijo y a la que ella tampoco le hacía mucha gracia.

Las indirectas iban y venían cada vez que coincidían en algún lugar. Amir las oía con resignación tirarse pedradas, ya que en ninguna cabía la prudencia.

A pesar del inconveniente, doña Silvana extendió indefinidamente su estancia en la casa del hijo, cosa que a Ena -la morena- le cayó más de peso. Cuando estaban solos madre e hijo, ella le persuadía de que Ena no le gustaba para él, que no era de su categoría y que sus nietos jamás serían prietos. Amir la escuchaba con paciencia y le insistía que la muchacha era buena.

–¡Pues será tu perdición hijo! –le decía doña Silvana- ¡Y mira que una madre siempre tiene la razón!

Una tarde que doña Silvana se encontraba en casa tomando café y platicando con su amiga Marta -conocida de México que radicaba en Acapulco- se empezó a sentir mal, muy mareada y con ganas de vomitar. Luego sintió que se le iban las fuerzas y quedó ahí desguanzada a la mesa, a tal punto que la amiga Marta la tuvo que llevar a recostarse al sillón de la sala.

Al otro día la llevaron al médico que diagnosticó que la señora no tenía nada, que probablemente su padecimiento fuera por estrés, así que le recomendó reposo y complejo B para que se sintiera mejor y le dio otra cita de seguimiento.

Marta su amiga -preocupada por su salud- la visitaba dos veces por semana, pues además la pasaban muy bien platicando y tomando café.

Doña Silvana le comentó a Marta que a ciertas horas, especialmente en las tardes, se volvía a sentir  mal y que ya no sabía qué hacer.

En eso estaban cuando notó como un bulto debajo del trinchador del comedor, sobresalían unos pelos de sisal debajo del mueble.

–¿Qué es eso Marta? ¿Ya lo viste?

Intrigadas se acercaron y con un palo de escoba empezaron a escarbar y jalar lo que parecía una bolsa, que finalmente se reveló en toda su fealdad. Era un costal viejo, amarillento, sucio y maloliente:

¡Guácala! ¿Qué es esto amiga? No recuerdo haberlo visto aquí antes…

Doña Silvana estaba a punto de jalarlo con la mano, pero la amiga reaccionó y la detuvo.

–¡No lo toques! ¡Ya sé qué es. Es una brujería!

–¿Cómo, brujería? ¿Cómo lo sabes?

–Aquí se practica mucho la brujería, te dejan cosas inmundas para causarte daño, es muy peligroso. Tenemos que sacarlo de aquí rápido y sin tocarlo. Hay que quemarlo ya, para que no te haga más daño. Este es el origen de tus malestares.

–¡Qué susto! Pero, ¿quién pudo haber hecho esto, traerlo, meterlo y dejármelo aquí?

–Alguien que tiene llave y puede entrar a esta casa… Y obvio, alguien que no te quiere. Adivina.

–¡Debe ser esa maldita hembra que se le ha metido en la cabeza a mí Amir! Quiere matarme para quedarse con mi hijo, ¡por eso me he estado sintiendo mal!

–Pues lo primero es deshacernos de esto amiga, luego echamos agua bendita y averiguamos.

–¿Y qué tendrá dentro?

–Porquerías, vamos a sacarlo arrastrado al patio, ayúdame y ahí lo vamos a quemar.

–Lo arrastraron empujando con la pala y el palo de escoba para llevarlo hasta la puerta del patio trasero. En el camino, de una costura vieja y podrida que se abría en un lado, empezó a salir tierra negra.

–¡Con cuidado! ¡Que no se salga nada de lo que trae dentro!

–Sí, sí, despacito y con cuidado amiga…

Doña Silvana empezó a sentirse mal, y por más que empujaban el costal, éste parecía no moverse. El trayecto del pasillo al patio les parecía eterno. Doña Silvana trastabilló y casi cae sobre el costal. Su amiga la cogió en el aire y la llevó al sillón para recostarla, estaba pálida, sudaba y se le iban las fuerzas.

–Siéntate Silvana, yo sigo hasta que lo saque de aquí. Tú descansa por favor.

Marta continuó la labor con cuidado, empujó con la pala el maldito costal hasta sacarlo y llevarlo al fondo del patio. Luego regresó con Silvana.

–Ya lo saqué amiga. ¡Qué horror!, me costó mucho trabajo, parecía pegarse al suelo.

–Gracias a Dios, ¿viste que había dentro?

–Sí, tiene tierra negra, que debe ser de panteón, huesos como costillas y otros restos de un muerto. Lo deben haber sacado de una tumba vieja. ¡Ah! también parece que entre la tierra hay una fotografía arrugada…

–¡Santo Dios! Debe ser la fotografía que le traje a mi hijo y que inexplicablemente se perdió. ¿Y ahora qué hacemos?

–Tranquila, ya te dije. Lo vamos a quemar todo sin tocar nada, necesitamos hacer un buen fuego.

–En el fondo del patio hay muchas ramas secas y en la cocina hay una botella con petróleo. No sé si me pueda parar para ayudar, me siento muy débil.

–No te pares, yo lo voy a hacer, debe ser algo contra ti, pues a mí no me ha hecho ningún efecto. Así que yo voy a acabar con el embrujo este. Tú espera aquí.

–Gracias, voy a descansar para ver si me siento mejor.

Marta encontró lo necesario, fue al patio, hizo una pila de ramas y puso con cuidado el costal encima y regresó por Silvana; la llevó hasta una silla que puso frente a la puerta del patio desde donde pudiera ver la fogata. Salió al patio, regó el petróleo, se alejó un poco, prendió el cerillo y lo arrojó a la pila de ramas.

El fuego encendió de inmediato con una explosión, se hizo una gran pira y las llamas alcanzaban la altura de la barda, en las llamas se formaban figuras grotescas.

–¡Virgen santísima! ¡Qué es eso! ¡Se ven demonios bailando ahí dentro! ¡Vámonos de aquí!

–¡No, espera! Vamos a rezar por protección. ¡Repite conmigo! ¡Sangre de Cristo!

–Ruega por nosotros.

–¡Virgen santísima!

–Ruega por nosotros.

–¡Torre de marfil!

–Ruega por nosotros.

–¡Torre de David!

–Ruega por nosotros.

–¡Dios Padre Todopoderoso!

–Ruega por nosotros.

–¡Guárdanos del mal!

–Ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén.

El fuego por momentos silbaba furioso, hasta que poco a poco se consumió el fatídico costal. Dieron por terminados los rezos y Marta se apresuró a cerrar la puerta del patio, para luego dirigirse a Silvana, que ya se había puesto en pie y juntas se dirigieron al comedor de la casa. Silvana tomó la palabra:

–Qué susto amiga. Ya sé quién es la responsable de esto. La muy maldita, pero me las va a pagar.

–No, tranquila amiga. Tienes que descansar, no le hagas nada para que se le regrese todo el mal que te quería hacer. Así funciona esto. Siéntate, voy a preparar un poco de café para el susto, vente a la mesa.

–Sí, amiga, gracias. No lo vas a creer, pero ya me siento mejor.

–¡Claro! ¡Qué bueno amiga! Una última recomendación. Cuando venga el jardinero dile que haga un hoyo y que entierre todas las cenizas ahí. Que nadie toque nada.

–Muy bien, así lo haré amiga.

La salud de Silvana mejoró de ese momento en adelante hasta casi olvidar el incidente, pero llegó el día del cumpleaños de Amir y se hizo una gran fiesta en la casa de ellos a la que Ena, la morena, estaba invitada.

Llegaron los invitados, pusieron música, abundó la comida y corrió la bebida. Estaban todos muy contentos cuando sucedió lo que tenía que suceder, doña Silvana y Ena se encontraron; cruzaron miradas de desprecio mutuo. Amir no sabía qué pensar. Iban a partir el pastel y el ambiente se tensó por la actitud entre las mujeres.

Amir pidió un momento, se acercó a su madre y en privado le dijo:

–¿Qué tienes mamá?, te veo muy disgustada, ¿me quieres aguar la fiesta?

–Es que tú no sabes, Ena es una maldita, me quiere matar…

–Cómo crees mamá, Ena es una buena mujer y me voy a casar con ella aunque a ti no te guste porque estás encelada, ¡y no te permito que la insultes! ¡Ya bájale de crema mamá por favor!

–No lo hagas hijo, no te cases con esa mujer, va a ser tu perdición, un día te va a querer matar a ti también.

–¿De dónde sacas eso? ¡Mírala ahí! Ena es una mujer buena, jamás le haría daño a nadie. Además me ama, daría la vida por mí. ¡Sería incapaz de levantar un dedo en contra mía o de mi madre! Perdóname pero te equivocas totalmente con ella.

–Pues yo te voy a demostrar lo contrario.

–Lo dicho, quieres acabar con mi fiesta.

–No mi amor, olvídalo. No me voy a meter más. Haré lo que tú digas para que seas feliz.

–Por favor madre, gracias. Un día me tengo que casar y hacer mi vida con quien yo quiera.

–La señora se aguantó y ya no dijo nada. La fiesta continuó; al rato tocaron los del grupo, luego pusieron música para bailar y doña Silvana alegre bailó con casi todos los muchachos amigos de su hijo y con Marta su amiga. Jamás se le vio tan contenta. Amir y Ena incrédulos la veían divertirse y platicar alegremente con todos, era el alma de la fiesta.

Así pasó el tiempo, se hizo tarde y los invitados se empezaron a ir. Se ofreció café para los últimos invitados. Se sentaron a la mesa y doña Silvana seguía siendo siempre muy amable. Incluso le hizo plática a Ena, que recelosa, pero fingiendo amabilidad le siguió la corriente.

Casi ya se habían ido todos los invitados cuando doña Silvana tomó la palabra, felicitó a su hijo por su cumpleaños y se dirigió tranquilamente a Ena.

–Ve acá hija, quiero que me digas una cosa, ¿por qué me quieres matar?

–¿Perdón? ¿Cómo dice señora?, por supuesto que yo no la quiero matar ¿de dónde saca eso?

Se hizo un silencio y todos en la mesa se miraron incómodos. Silvana siguió hablando:

–Sí, tú eres una bruja y me quieres matar.

–¡Mamá por favor! ¡No le faltes al respeto a mi prometida! –intervino Amir.

–Está bien hijo, sólo déjame hablar un momento con ella. Sí, tú me quieres matar. Si no es así, ¿explícame para que pusiste ese costal con huesos de muerto y tierra de panteón dentro de mi casa?

–Todos quedaron estupefactos ante tan tremenda acusación. Amir volteó a ver a Ena y ella muy nerviosa balbuceó:

–No… yo no la quiero matar señora… eso no es para matar… –calló entonces, consciente que se estaba delatando–.

–¿Ah no? Si no es para matarme, ¡¿dime entonces para qué lo pusiste en mi casa?!

–Yo no fui –contestó muy nerviosa.

–¡Ah! ¿Ahora resulta que lo niegas?

–Además eso no es para matar… –agregó Ena–, es sólo para alejar a las personas…

La declaración cayó como una bomba. Todos quedaron estupefactos; la señora Silvana miró complacida a su hijo, le guiñó un ojo chasqueando con la lengua, hizo una irónica reverencia inclinando la cabeza hacia Ena, se levantó de la mesa y se fue en silencio.

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