¡LOS PREJUICIOS ME MATAN!. POR LUIS CHAY CHUIL.

 

 

En una relación amistosa, o también con los conocidos, es común pensar que los conocemos y hablamos con facilidad de cómo son, piensan y por qué son de tal o cual manera. Los demás también actúan de la misma manera con nosotros.

Confundimos con mucha facilidad la realidad con la percepción que tenemos de ella, pero bien nos haría recordar que lo real es mucho más que lo que percibimos y no obedece a nuestras simplificaciones.

Hay características de los demás y de sus pensamientos que no podemos encajar en nuestros esquemas y por eso terminamos haciendo de ellos una caricatura. Los otros siempre son una realidad mucho más profunda, cambiante y compleja que nuestros limitados esquemas mentales.

Los prejuicios son juicios elaborados antes de conocer; son valoraciones de los demás antes de saber realmente cómo son. Aunque nunca nos libraremos completamente de ellos, si nos hacemos conscientes de nuestros prejuicios, creceremos en nuestra capacidad de escuchar a los demás y de comprenderlos, de modo que seremos capaces de construir puentes de diálogo y encuentro con los otros.

La imagen que nos hacemos del otro no debería confundirse con quien el otro es en realidad. Hay un peligro latente en la sociedad: nuestra realidad es lo que percibimos y difícilmente advertimos la distancia entre realidad y percepción.

Cuando tenemos una imagen positiva de alguien le escuchamos de una manera muy distinta que cuando nos hemos llenado de prejuicios negativos.

 

Empáticos y abiertos al diálogo

 

Para liberarse de los prejuicios hay que destruir la imagen que nos hacemos del otro, ser un poco iconoclastas con las imágenes que nosotros mismos construimos. Herederos de la mentalidad científico-técnica queremos investigar al otro y clasificarlo, pero no siempre le damos la oportunidad de que se manifieste auténticamente, lo cual siempre excederá nuestros reduccionismos.

Somos poco dados a escuchar a alguien o nos dejamos llevar por la interferencia de nuestros prejuicios y atendemos solamente a lo que confirma nuestras ideas previas. Nos cuesta mucho más abrirnos a la novedad del otro, y aceptar que las cosas pueden ser diferentes a como las pensamos.

Naturalmente sospechamos siempre de que los demás nos engañan, pero no de que nos engañamos a nosotros mismos. ¿No será que somos nosotros quienes estamos equivocados?

Las peores interferencias en un diálogo no son los ruidos externos, sino los internos, los autoengaños. Solemos escuchar a los otros a través de la pantalla de nuestros prejuicios, ya sean psicológicos, científicos, religiosos, políticos e ideológicos.

Esta “pantalla” a través de la cual miramos y juzgamos a los demás nos impide escuchar al otro en profundidad. Nuestros deseos y expectativas, temores y enojos siempre limitan lo que el otro tiene para decirnos.

 

Abajo muros

 

En la comunicación interpersonal los prejuicios son un verdadero muro entre nosotros y los demás, que se alimentan, crecen y se consolidan, a menos que nos detengamos a reflexionar sobre ellos.

Liberarse de los prejuicios es una tarea que exige esfuerzo interior, pero nos libera a nosotros y a los demás, mejorando la comunicación y el conocimiento profundo de los demás y de nosotros mismos.

Comprender no es estar de acuerdo con el otro en lo que piensa o dice, sino de ponerme en su lugar. No sólo es entender lo que dice, sino el porqué, para qué, qué siente, tratando de ir más allá de lo que percibimos. Implica salir de nosotros mismos y adentrarnos en el mundo del otro, en sus pensamientos y sentimientos, hay que escuchar en profundidad.

Escuchar, aceptar al otro tal como es, sin pretender saberlo todo antes de que termine de expresarse, requiere generosidad y humildad. Darle nuestro tiempo, el corazón, escucha atenta y la humildad de no ser nosotros el centro de la conversación.

Hay que dejarnos tocar por la novedad que se esconde en su realidad, que siempre es más rica y compleja que nuestros cómodos reduccionismos, simplificaciones y generalizaciones. Dejarse sorprender requiere una actitud de apertura interior, de no querer tener el control de todo.

La calidad de nuestras relaciones depende de nuestra comunicación, en todos los ámbitos de nuestra vida. Salir de nosotros mismos y abrirnos al otro es ensanchar el horizonte y dejarnos asombrar por la novedad que está siempre más allá de nosotros.

A lo largo de la vida nos encontramos con muchas personas, pero ¿cómo es nuestra comunicación con los demás? ¿Son monólogos en los que el otro es anulado por nuestros prejuicios o verdaderos diálogos, encuentros que siempre nos enriquecen?

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