LILA, EL COLOR DEL AMOR. POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA

 

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Para Diego y Rebeca

 

Nos despertaba mi papá, siempre bromeando con algunos chistes: “¡A la regadera patos! ¡Patos de patas largas!”.

Tenemos la fría costumbre de bañarnos a las 6 a.m. para ir a la escuela. Así tendremos el cerebro bien limpio para que se nos peguen las enseñanzas del día.

Papá nos preparaba el desayuno, unos huevitos a la mexicana y la fruta para la merienda en la escuela. Yo elegí un plátano, y Rebeca escogió unas rebanadas de papaya que le acomodan en un molde cuadradito de color rosa, y luego en su inseparable canastita con moños color lila.

Antes de salir de casa mamá nos revisa que estemos bien vestidos, peinados y con los dientes lavados. Así comenzamos los días, todos muy sonrientes y felices de haber amanecido.

Ya estamos en la explanada de la escuela, nos formamos para los honores a la Bandera. Me emociona mucho la ceremonia cívica, escuchar a la banda de guerra y el Himno Nacional. Todos los niños disfrutamos este momento.

Después de la ceremonia habrá un convivio con alumnos de una escuela invitada, tendremos actividades deportivas y culturales. Se está promoviendo la igualdad y la educación, los buenos modales y el respeto a los compañeros con capacidades diferentes.

Los niños invitados se portan con grosería y no respetan nuestra escuela, pisotean nuestras flores y arrancan las hortalizas, toman manojos de cilantro y epazote y se los pasan por el cuerpo, como haciéndose limpias.

Además se burlan de Angelina y de Antonio por su vestimenta. Ellos son menonitas, pertenecen a mi banda de juegos. En la escuela los queremos mucho porque son muy buenos amigos y nos han enseñado muchas cosas que hacen diferente en su campamento.

A Israel le gritan huérfano y adoptado porque desde que murieron sus padres vive en casa de Carlitos, y a Rebeca, mi hermanita, le jalaron su canastita y le rompieron los lazos que mamá le hizo.

Pero lo más triste para mí fue ver cómo tiraban la basura en cualquier lugar y arrastraban el basurero por el césped dejando caer todo. En nuestra escuela nosotros separamos la basura y cuidamos el medio ambiente.

Los niños de la otra escuela le gritaban a un niño:

–¡Lagarto, jala la Bandera!

¡Lagarto! –le grité– ¡Ya dejen de destrozar nuestra escuela!

Y me dijo:

–Todos me dicen Lagarto, pero me llamo Luis.

–Te diré Luis, porque mi abuela Lila dice que no debemos decir apodos, que debemos de respetarnos como amigos y compañeros y querer a nuestra escuela.

–¡Ja, ja, ja! –se burló diciéndome que mi abuela no puede llamarse Lila porque lila es un color y no es el nombre de ninguna abuela, y se fue riéndose con sus compañeros.

Casi enfrente pusieron un palo para que Israel y Carlitos tropezaran, pero me dio tiempo de salvarlos. Tomo el palo y les digo:

–¡Amigos, todos somos iguales y somos compañeros! Por favor no peleen, no pisen las flores ni el césped y dejen de arrancar nuestras hortalizas. Recojan la basura y compórtense.

El Lagarto dice gritando:

–¡En nuestra escuela nosotros no sembramos hortalizas ni flores, no tenemos tiempo y no separamos la basura porque todo lo metemos al mismo basurero! Es más rápido y fácil. ¡Además no jugamos con niños con capacidades diferentes y no nos llevamos con huérfanos!

Y ahí empezaría la pelea, la cual pudimos parar Gabriel, mis demás compañeros y yo…

Los maestros, al ver el alboroto se acercan a separarnos y a pedir explicaciones.

Y todos gritando y peleando a lo que el director de la otra escuela, el maestro Javier tomó el altavoz y dijo:

–¡Ya niños! ¡Basta! Me siento muy apenado por todo el destrozo que han hecho, y la falta de educación con la que se han comportado.

El director regaña a sus alumnos y les pide que recojan la basura y pongan todo en su lugar. A nosotros nos pide la pala y el rastrillo para que compongan el camino de flores que llega hasta la biblioteca, y para que reparen lo más que se pueda nuestra hortaliza.

Además felicita a nuestro director por los programas cívicos y de valores que seguimos y nos invita a su escuela para que apoyemos a sus alumnos a crear sus propias hortalizas y todo lo que sea de beneficio para ellos. Los obliga a disculparse formando una fila y pasando de uno en uno a nuestra fila.

Cuando Luis el Lagarto llega junto a mí le digo:

–Ah Luis, ya lo tengo –al mismo tiempo que lo abrazo le digo:

–Lila es el nombre de mi abuela.

–Y Lila es el color del amor.

Y todos aplaudimos.

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