DE VUELTA AL BARRIO. POR: JOSÉ GARCÍA

 

(parte dos)

 

Atravieso la calle con el pensamiento en blanco. Un grito agudo me salva a tiempo, seguido de un pitazo prolongado y feroz, mientras yo, aturdida, busco a la persona cuya voz acaba de salvarme, sólo veo el automóvil junto a mis narices.

Era Felipe. ¡Era el conductor que por ainas y me envía al cielo!

–¡Mujer! Por Dios –su rostro se miraba pálido– fíjate cómo cruzas la calle. Ven, súbete a la escarpa mientras estaciono la camioneta.

Me tomó de la mano. La tenía helada. Sacó una botella de agua, me sentó en la cabina del vehículo mientras secaba mi rostro, que por el susto, me dio a sudar.

Le platiqué lo de la abuela, era lo que me dejaba así, y retrasaba los planes de independizarme. Aunque esa idea también me atormentaba, porque me hacía sentir malagradecida.

–Sabes que no –me consoló su palabra–. Mira, voy con prisa, paso a tu trabajo de vuelta y platicamos. ¿Te late?

Pasó la semana y la abuela ahí iba. Los chamacos ya tenían nuevos vecinos y se la pasaban jugando en el patio. La casa de la abuela era la más grande. El doctor Cosgaya heredó esa y otras casas, que fraccionó en tres. Era de sus bisabuelos, que, como buenos hacendados, trabajaron el henequén, el oro verde como se le conocía. O sea, por lana no pasaban hambre.

La de la abuela era la de en medio; la del lado derecho de doña Pilar, su mamá Dominga, su hermana Lucy y la hija de Pilar, Lupita.

La del lado izquierdo, la de don Valentín y sus seis hijos. Estaban divididas por albarradas en cal que llegaban hasta el fondo, en la de nosotros, estaba el pozo (que, según la abuela, dejó de funcionar hace mucho), ya tapado con tablas, y junto a ello una veleta como de 5 metros que en su época servía para extraer agua. (Mérida tiene mote de conocerse  como “La ciudad de las veletas”). Las casas tenían árboles de ramón, además de amapola, huaya, tauch y chaya.

Grandes recuerdos se reviven en esa casa, de la que al salir a la calle, se ve parte de la Plaza Grande. Sus altos techos de maderos en vertical parecen sostenerla, cuando realmente eran adornos. Constaba de dos piezas muy anchas, sus pisos eran de ladrillos cuadrados color adobe, la división lateral que daba a la casa de don Valentín, eran de madera. Ni se ocurriera hablar mal del vecino porque todo se oía.

El segundo cuarto dividía con la cocina dos puertas con adornos tallados en madera, de aquellas que no se llenaban de comején y no se cuarteaban fácilmente, dos vitrales en forma de abanicos, un tragaluz que ya no se estila, pero se hacía notar en el mediodía.

Sus paredes de piedras calizas y acabados, dan hasta la cocina, junto a dos anafres llenos de carbón fresco. Un baño improvisado con láminas de cartón oliendo a chapopote y el viejo trastero de  historia y varias pinturas. Una estufa de horno (jamás usada) con cuatro quemadores de los cuales dos eran de batalla y, lo más impresionante: la vista al patio descubierta, sin división alguna. ¡Sí! Cenabas con vista al patio y las luciérnagas de invitadas. Para bajar al patio se mandó a embutir una parte y con blocks hicieron los escalones. Era un espectáculo vivir así.

Tantos recuerdos… Cuando amas, nada te deja duda, comprobado. Pero hay que actualizarlo y después vivir y apuntalar la actualidad. Tenía tantos sueños por realizar hasta el día que conocí a Román, mi primer y fugaz enamoramiento sin saberlo entonces, pero lo dulce se agría y lo bonito se afea. Tenía apenas 20  años, muchos amigos y disfrutaba las ferias en el parque de San Cristóbal los meses de diciembre.

Justo en una feria lo vi, andaba con Felipe -quien después se convirtió en mi mejor amigo-. Tenía un no sé qué, que jamás supe. Era bien parecido, de larga patilla, pelo negrísimo quebrado, bigote lineado y olía rico. Con esas cualidades, ¿quién se hace bizca? Duramos de novios como seis meses y nos comprometimos ilusionados y enamorados hasta el tuétano. Él se dedicaba al comercio, le iba bien, no me quejo, y aunque rentábamos casa, el hecho de almorzar juntos y los fines de semana ir a los bailes, reencontrarnos con los amigos y hacer vida, no pedía más.

Cuando nace el primer vástago, sus llegadas tarde a casa no me inquietaban. Pensé que trabajaba mucho para que nada nos faltara. Me quedaba dormida con mi hijo. Cierta noche llegó temprano de lo normal y enojado.

–¿Por qué esa cara? ¿Algo mal? –le hice platica.

–Tiene que haber algo malo para llegar enojado? –dijo alterado–. ¿Tú nunca te enojas? ¡Dime!

–No, no es eso. Me da gusto que estés en casa, así disfrutas a tu hijo y podemos charlar ¿Te sirvo la cena?

Me dejó con la palabra en la boca. Así como vino, con la misma ropa se fue. No llegó a dormir. Estaba tan enamorada que omitía los comentarios de mis amigos. Hacía días que su comportamiento no era el usual, o llegaba tarde o temprano. Venía muy gruñón o se aislaba en su cuarto, y a la hora de dormir, colgaba su hamaca en la cocina.

Seis meses después. Las palabras vuelan y las malas caminan. Caminaba despacio con mi hijo en brazos y me topé con mi suegra Ramona.

–Muchacha iba a tu casa a ver a Román. Hace un mes no sé dé él. Su papá anda enfermo y no lo ha ido a ver.

–¿Peeero? –-me dejó en shock su comentario. Anda chambiador –tuve que mentir– ahora se fue a Valladolid, anda fuera de casa. Quizás por eso se ha alejado, pero le digo apenas llegue.

Quedé helada del cerebro cuando se marchó la suegra. ¿Cómo? Cada segundo día me dice que va con sus papás, y hasta pasa horas con ellos. Lo quería tanto que hacía oídos sordos a las murmuraciones de los amigos y hasta de mis suegros. Quizá por ello duramos y tuvimos los hijos que tuvimos.

Me cegué ante su amor. Hoy sé que fue por compromiso. Pero cuando pasaba los fines de semana completos en casa todo volvía a ser color de rosa. Y fue hasta el día que le reclame que lo vi subirse a un taxi con dos amigos y una mujer güera. Sus grandes ojos se clavaron en mí, su tono de voz cambió y tuve miedo por primera vez…

–Pero si nos viste ¿por qué no me hablaste?

–¿Por qué piensas que iba conmigo esa mujer?- le espetó a gritos .

Con sus celos airaba a Román. Pero no eran infundados y una noche sin descaró, los mire con mis propios ojos, nadie me contó. El hijo menor enfermó y tuve que encomendarlos con la vecina mientras salía a comprar unas medicinas. Le fíe a don Roque el farmacéutico, quien conocía a toda mi familia. La farmacia quedaba a dos cuadras yendo al centro, a media cuadra de la heladería de los Del Toro, y fue ahí que sentado en una mesa al final, vi a Román tomado de la mano de la “güera”, que ya de cerquita era de las oxigenadas.

Me puse frente a ellos, le mostré una sonrisa no actuada pero sí bien cínica, y cuando me reconocieron hasta el helado de chocolate que bien lengüeteaba casi se derrite.

–Javiercito tiene calenturas, tuve que fiar en la farmacia. ¡Ah! pasas a pagar –así sin pensarlo, lo que saliera le dije.

Cuando terminé, me quede fría, en la misma posición que lo había dejado. Vi su rostro y entonces pude advertir por sus ojos que era lo que buscaba, un vil pretexto. Sólo quería me viera sin llanto y nunca vencida.

 

CONTINUARÁ

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