COSAS DE LA FIEBRE [POR: JOSÉ SALATIEL TEC]

SALA FOTO OFICIAL

Está amaneciendo en San Ignacio de las Torres. Se oye el canto de los gallos, algunas veces muy de cerca otras veces muy de lejos. Van saliendo las siluetas de las cosas después de estar ocultas en las manos de la sombra.

También se oye el ladrido de los perros, como si se hubieran despertado con el canto de los gallos. Pero nadie se levanta. Los pájaros despiertan antes que la gente y van llenando el aire con sonidos que parecen como pequeñas flautas de vidrio.

Pero si hay alguien que despierta es el hijo de Perfecto Quiñones, un muchacho de veinte años, que desde los doce y después de tres leguas de lluvia cerrada, tuvo un encuentro delirante con la fiebre que acabó dañando una región de su cerebro irremediablemente.

La enfermedad cedió después de mucho tratamiento, pero la huella de su paso por su cuerpo le dejó un sino de sonrisa permanente en la boca. Y se dio cuenta también de que debía razonar las cosas por más tiempo para llegar a comprenderlas, porque le llegaban en lentísimas oleadas de palabras.

Este padecimiento suyo le trajo tanto sufrimiento, que solamente apaciguaba contemplando la suavidad del agua.

–Son cosas de la fiebre –decía todo el tiempo para sí mismo. Y Copo, restregándose en sus piernas, le ayudaba a controlarse sin decirle nada.

Perfecto Quiñones amaba a su hijo hasta antes de su enfermedad. Era la vida de sus ojos, el fruto de su carne, la sucesión de su sueño de grandeza. Porque él debía de llegar hasta donde su padre no pudo hacerlo, porque Perfecto no tuvo mucha escuela, por eso quería que su hijo se graduara en los asuntos de ingeniería, ya que eso daba, según su forma de entender las cosas: respeto y supremacía.

Él se había ganado un poco de respeto a través de los negocios de tortillas que tenía. Pero sentía que algo le hacía falta, y como había calculado que la vida no le alcanzaría para obtenerlo, quería poder vivirlo a través de los años de su hijo.

Después de la enfermedad, su corazón se llenó de resentimiento hacia su hijo. El derrumbe de sus sueños lo llenó de oscuridad. Por eso no pudo ver, que si bien la enfermedad le tocó el cuerpo, no rozó ni siquiera el alma del muchacho, que seguía intacta a pesar de sus dolores.

Así que su desquite fue tratarlo con la punta del pie. Si no podía ser ya un profesional, cuando menos sería su empleado, porque algo debería de hacer para comer, ni modo que lo mantuviera de gratis.

De allí que su vida de estudioso cambió por uno de arduos trabajos tempraneros en el zancocho de su padre .Su “defecto” no le daba para más.

Amaba el canto de los gallos. Más que despertarse con ellos, le gustaba oírlos anunciar el alba de un nuevo día, con la esperanza de que fuera diferente.

Tenía por lo menos que cocer y que lavar entre veinte o treinta medidas de maíz al día, y si sabemos que una medida pesa cuarenta y dos kilos, se tendrá una idea del cansancio que pendía sobre él al despuntar el alba.

Además tenía que repartir el nixtamal en las tortillerías de su padre, y si alguna máquina fallaba, ahí estaba él con su “defecto” mental para arreglarla.

Todo esto lo hacía de buena gana, considerando que el trabajo le hacía menos duro el sufrimiento de sus días, porque si bien la enfermedad era un recuerdo, no lo era el cambio de carácter de su padre. Su rencor se repartía en casi todos los hechos cotidianos.

Nada de su hijo le agradaba. Incluso todo lo que estuviera bien le parecía cosa de menor importancia. Por el contrario, sus insultos iban y venían taladrando los oídos del joven, que se afanaba por cumplir con sus tareas, como creando con ello una tabla invisible por donde resbalaban todas las palabras hirientes.

Y es que el padre pensaba erróneamente que su conducta plagada de palabras altisonantes, ofensas y castigos, podrían alterar de buena forma, lo que había dañado irremediablemente la meningitis en la cabeza de su hijo.

Ha amanecido ya en San Antonio de las Torres. Ya no se oye el canto de los gallos. Sólo el bullicio de la gente que despierta a sus labores bajo un sol pleno que, sin embargo, se asoma como cortado a pedazos por una placa de nubes grises y estiradas que se asientan sobre el pueblo.

Copo se despereza abriendo totalmente las quijadas. Pero sólo lo hace por un momento, porque luego vuelve a dormirse envuelto en el sopor del amanecer. Sin embargo el hijo, no puede estar dormido. Ha subido el nixtamal recién lavado en la pequeña camioneta de su padre para llevarlo a las tortillerías.

El necesita ganarse el alimento, sentirse útil a pesar de los desprecios.

Bajó de ahí ante los gritos de su padre, de que había olvidado sobre la báscula del zancocho, una medida de nixtamal. Colocó el saco sobre su hombro y caminó de nuevo hasta el vehículo, pero por las pocas horas de sueño y el cansancio, al intentar subir, su pie derecho resbaló, rodando por el suelo con todo el bulto, derramándose el nixtamal, desatando de inmediato la ira de su progenitor.

–¡Idiota! ¡Pon más atención en lo que haces! ¡Levántate! ¡Qué esperas para lavar de nuevo el nixtamal! ¡Con tu torpeza estoy perdiendo tiempo y dinero! ¡Inútil!

Y el muchacho con una nube de insultos deshaciéndose en su espalda, caminó en silencio para cumplir con su tarea.

Y es que vale la pena contarles, que a pesar de los efectos que había dejado en él la meningitis, había desarrollado la destreza necesaria para reparar los desperfectos de las máquinas, y cualquier avería en el sistema de cocción del zancocho, sobre todo en la caldera, donde subía a diario para contemplar las tenues ondas del agua donde a diario se cocía el maíz para trocarlo en nixtamal.

Al día siguiente, la banda de cuero que unía los motores del tanque de lavado se zafó. Un tornillo flojo había sido el origen de esta complicación, pero Perfecto Quiñones enderezó las cosas, como siempre, hacia su hijo.

Con la mano levantada y dirigiéndose hacia él en un arrebato de furia, agarró el tubo que servía para levantar la palanca de la máquina, mientras le gritaba.

–¡Inútil! ¡No puedes colocar un tornillo correctamente! ¡Hasta un niño de seis años lo haría mejor que tú! ¡Pero qué se puede esperar de un retrasado mental como tú!

Cuando dijo eso, levantó el tubo que silbó en el aire como una culebra. El joven, temblando de miedo, esperó el desenlace…

 

CONTINUARÁ

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