EL RELOJ DE MAMÁ. POR: SONIA MAYLLEND

sona 2

 

Alza la vista buscando las ideas y lo primero que sus ojos encuentran es el reloj de mamá, un reloj mudo que ha parado su andar, y su tic-tac, tic-tac ya no se oyó más.

Es un reloj de pared con péndulo color plata. Éste brilla al momento mismo que una luz lo toca, ya sea la del sol que se adentra por la ventana o la del foco que se refracta en su tan perfecta redondez concéntrica.

20 años atrás:

Susy ha suspendido sus labores escolares, el reloj marca las 10 de la noche y por si fuera poco, lo hace notar con 10 campanadas, tan, tan, tan… y se distrae al notar que el foco envía, como flecha, un haz de luz al péndulo, lanzándole un beso, es cuando la coqueta chapa laminada le sonríe devolviéndole el presente con su brilloso resplandor y comienza su baile oscilando y le canta tic-tac, tic-tac, demostrando su contento de volver a verle.

Ahora es el foco el que se ha entusiasmado por la respuesta inusitada, ya que desde hace muchas noches le hacía llegar sus mensajes amorosos y hasta ahora es que la reciprocidad se hizo patente. Sus filamentos se han enrojecido por la agitación que provoca la regordeta que se encuentra tras el cristal que la resguarda. Ahora sabe lo que siente el trovador cuando le canta a su damisela y ésta sólo responde con una leve sonrisa a través de su ventana.

Tal ofuscación llevó al foco al paroxismo y éste se fundió dejando a obscuras la sala; y el reloj, azorado, se paralizó.

–Mami no veo nada, ¿tendrás una vela?, aún no termino mi tarea…

Vuelve al presente y Susy no encuentra el hilo de sus ideas. Pierde la concentración y divaga. Es ese reloj que la distrae, considera que es tiempo de llevarlo a reparar. Varias veces le ha dado cuerda, también actualiza la fecha en forma manual y cuando las manecillas coloca en su lugar, la fecha cambia y se frustra cuando no logra que este vejestorio deje de hacer su voluntad.

Siendo una chiquilla, recuerda aquella historia de amor que imaginó haber descubierto entre el foco y el reloj. Dándose un ligero golpe en la cabeza con la palma de su mano, se dijo tonta por tal ocurrencia.

Susana se dirigió a su cuarto, ya acostada y con la mano bajo su mejilla, comenzó a jugar con la otra mano haciendo sombras, gracias a la luz de la luna que se filtraba por la ventana. De nueva cuenta el reloj está en su mente y lo lleva al sueño. Se ha quedado dormida.

En estos momentos Susana es una reparadora de relojes. Terminó de guardar en su estuche el bello y delicado reloj de pulso “Bulova” recién reparado. Al día siguiente lo entregaría. Ahora toca el turno al enorme reloj de pared. Sin más dilación procede a examinarlo, no sin antes leer en la nota que “no camina”, ¿sólo eso? No especifican nada más.

Lo abre y retira cuidadosamente la maquinaria para saber qué provocó la descompostura. Se coloca su lente de relojero y minuciosamente revisa las piezas. Comienza por el cilindro, la rueda motriz, retira tornillitos, bla, bla, bla… sigue con los engranajes y ¡ahí!, ¡ahí está el desperfecto! Ahora actualizaremos la fecha para que coincida con el día de la semana y… listo.

Con una sonrisa se autofelicita y se dispone a engrasar todo, ya que estuvo parado mucho tiempo. Afortunadamente no presenta enmohecimiento, sólo algo de polvo.

–Doña Casilda –le dice la relojera a su ayudante– avise que pueden pasar a recoger al grandote “Ontario”, pues ya ha sido reparado.

La relojera se siente satisfecha por tal hazaña y, cuando han llegado a recogerlo, le explica al dueño sus hallazgos.

–El engranaje medio presentaba una mellada, o sea que uno de los dientitos se rompió y eso es lo que provocaba que no funcionara, pero cambié la pieza, actualicé el fechador y ya está ¡como nuevo!

Ring, ring, riiing…

–Susy, apaga ese despertador –le dice su esposo–. Ya te pedí de favor que pongas tu celular bajo la almohada!, no tienes porqué despertar a los demás con ese molesto ring-ring

Ella desoye la queja y se levanta de la cama torpemente, semidormida, y sin atinar a ponerse las pantuflas, sólo una, va renqueando directo a ver su reloj de pared y, poniéndole una mano encima, masculla:

–Hoy te llevaré a revisión.

De cualquier manera ella lo envolvió en un mantel a modo de protección y lo colocó en el portaequipajes de su automóvil.

Su esposo le había dicho que era una testaruda. Primero, por conservar esa reliquia colgada de la pared desde que se casaron, y segunda, por pensar siquiera que ¡eso! algún día volvería a funcionar.

Ya en su oficina, sorbe un poco de café para despabilarse y busca en la internet el lugar adecuado al que llevará a reparar su “Ontario” y encuentra algo: «Relojería el Coreano» “especializado en todas las marcas”.

Acto seguido, marca al número telefónico solicitando informes y queda concertada la cita para ese mismo día a las 12:30 horas. A la hora del almuerzo se dirigió a la dirección que garabateara en su agenda y sin contratiempo alguno llegó.

Ya la estaban esperando y un empleado del taller le ofreció ayuda para cargar el objeto de su visita, su reloj.

El lugar era elegante, espacioso y con un sinfín de relojes, tanto en las paredes, como en las vitrinas, por lo que sintió simpatía por el lugar y confianza en que su objeto será manipulado por profesionales.

–¿Buenas tardes, es usted la señora que trae un “Ontario” a reparación? Yo soy quien recibirá al paciente. Antes que cualquier cosa, lo revisaré y necesito que usted me diga lo que sabe de él, nos lo deja y en

cuanto sepa qué sucede, le llamaremos. ¿Qué opina?

Susana no había abierto la boca para nada y comenzó explicando… o tratando de explicar.

–Le diré. Un buen día, hace muchos años, cuando apenas tenía como 11 años, parece que le dio un infarto.

El individuo se sorprendió ante lo que acababa de escuchar.

–¿Cómo dijo?

Susy se sonrojó y prosiguió diciendo:

–Resulta que estaba haciendo mi tarea y repentinamente el foco aumentó su luz y explotó y casi a los dos segundos oí que algo tronó y ya no oí el tic-tac. Desde ese momento y hasta ahora, no ha vuelto a funcionar.

El dependiente carraspeó sólo para ocultar una risilla, se recompuso y con la seriedad del caso le dijo:

–No se preocupe señora, auscultaremos a su paciente y pronto le daré el diagnóstico.

Ambos finalmente soltaron la risa algo ruidosa por tal ocurrencia y así afirmaron la simpatía y respeto entre sí. El hombre procedió a extender una nota de remisión y la extendió para hacer la entrega.

Dos días pasaron y por la tarde Susana recibió la llamada esperada asegurando que al día siguiente, a la hora del almuerzo, iría al taller. Estaba un poco emocionada, ya quería saber la suerte que había corrido su objeto favorito.

Parada frente al mostrador saluda.

–Buenas tardes. Vengo a buscar este reloj –extiende la nota de remisión.

–Un momento.

El dependiente se introduce al cuarto trasero y regresa con un paquete grande envuelto en una franela y lo descubre.

–Aquí tiene al paciente –dijo con ojos brillosos y sonriendo.

Susy pasa una mano sobre la madera a modo de caricia. El relojero observa su emoción y comienza a decir:

–El engranaje medio presentaba una mellada, o sea que uno de los dientitos se rompió.

A Susana se le desorbitaron los ojos y con la boca abierta al escuchar eso. Con una mano alcanzó a retirar una lágrima que no dejó que se resbalara por su mejilla. Lo que le dijo el relojero ¡era su propio sueño!. Con voz casi muda, sólo pudo decir:

–¡Muchas gracias!

Pagó la factura, tomó su paquete y a toda prisa salió del lugar.

El dependiente quedó conmovido por la reacción de la chica. Él mismo presentía que ese reloj gozaba de un gran afecto, pues pocas personas los conservan en tan buen estado no obstante éstos hayan dejado de funcionar.

Alzándose de hombros y colocándose el lente de trabajo, se dirigió a su mesa a atender “a otro paciente”, como él les decía.

Susana se dirigió al automóvil con premura y muy excitada por los últimos acontecimientos. Con mucho cuidado colocó el paquete en el asiento trasero. Se puso ante el volante y ahí mismo dejó salir una exclamación…

–¡Mamá, ya está con nosotras el regalo que te hizo papá!

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