EL ESCAPULARIO[POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Me despertaron los gritos de una discusión, me senté en el borde de la cama. El despertador marcaba las 3:30 de la madrugada. Sin hacer ruido me asomé por la puerta, los gritos eran más fuertes, me fui bajando despacito y me quedé sentado en las escaleras. Mamá y papá peleaban nuevamente.

–Desiderio, te he pedido mil veces que si vas a estar de vago y alcoholizado es mejor que te vayas definitivamente. Nos haces más daño al venir por unos días y desaparecer por otros.

Le decía mamá con voz más calmada a mi papá. A lo que él ya bastante molesto le respondió:

–Lidia, mi amor. Sólo vine a despedirme. Ya entendí que no puedo seguir aquí haciéndoles daño. Me despediré de mi hijo y te dejaré este dinero y los documentos del divorcio. No volveré a molestar ni a pedirte nada. Sólo deseo el bien para ustedes. Yo verdaderamente te amo, pero no he podido dejar de tomar. Todo lo que has hecho por mí te lo agradezco, pero soy un enfermo. Me quedaré con el escapulario que me regalaste al nacer Nicolás. Subiré a despedirme del niño.

Yo volé a mi recámara y me hice al dormido. Sentí cuando papá me dio un beso. Besó mi escapulario y al mismo tiempo el de él y me dijo:

–Nuestros escapularios nos mantendrán siempre unidos. Tú madre es una magnífica mujer, soy yo el problema, me aislaré un tiempo y veré cómo recuperarme. No te prometo volver, pero te amo hijo. Caí en una depresión al quedarme sin trabajo, luego en el alcohol, y lo mejor es salir de sus vidas, estaré pendiente de ustedes y quizá vuelva algún día.

No abrí los ojos, pero escuché y sentí su abrazo tan amoroso. Realmente me ama, pensé. También sentí el aroma de alcohol.

Se levantó y salió de mi recamara. Esta fue la última vez que supe de él.

Oí sus pasos bajando las escaleras y la despedida tan dulce con mamá.

–Lidia te amo, eres la mujer de mis sueños, haré todo para recuperarles.

Y se fue.

Todo quedó en silencio. Mamá apagó las luces y subió a verme. Sólo me abrazó y se quedó conmigo hasta que sonó el despertador a las 6 a.m. en punto.

–Nicolás. Buenos días hijo.

–Buenos días mamá.

Nos abrazamos y nuestro día comenzó como tantos otros. Yo a la escuela y mamá a su trabajo.

Una tarde de julio, jugando en el parque con mi patineta, sentí la mirada de alguien. Al voltear creí verlo, así como esta vez, fueron unas veces más, pero para no incomodar a mamá, nunca le dije nada.

Nuestra vida fue pasando, y evitamos tocar el tema. Algunas veces me llegaban regalos a la casa, y mamá me decía:

–¡Nicolás mira!, es un regalo de tú papá. Él te ama hijo.

Yo crecí siempre con la idea de que papá me amaba, y con mucha frecuencia besaba el escapulario. Me sentía más cerca de él cada que lo hacía. No dejé de pensar en él.

Trabajaba haciendo mis prácticas profesionales en la firma Casas y Terrenos, S. A., me graduaría de arquitecto en seis meses.

A partir de éste día empecé a tener un sentimiento muy especial a papá. Recordaba lo feliz que fuimos, las veces que me llevaba a las construcciones donde él era el arquitecto responsable. Me relacionaba con compañeros arquitectos amigos de él, en fin, el sentimiento a flor de piel era inevitable.

Aquella tarde al salir del despacho me dirigía a comprar algo de comida rápida, cuando vi hombre sacando algo de comida de la basura, y le grité:

–¡Deja eso!, y ven te doy algo calientito y limpio.

Y al darle el plato de comida y estirar el brazo de alguna forma, le vi el escapulario igualito al mío. Lo que sentí fue algo tan dentro de mi corazón que no me importó si era un mendigo o un señor. Yo estaba seguro que era mi padre y le grité a todo pulmón:

–¡Papá! ¡Papá! ¡Soy Nicolás! Tu hijo Nicolás, terminando de arquitecto y te necesito para que trabajes conmigo en mi despacho. Tú eras el mejor arquitecto. ¡Te necesito! ¡Te necesito!

Él, muy lento, fue soltando la comida. Incorporándose frente a mí, me miró y me sonrió. Me abrazó tan fuerte como aquella noche, y me dijo:

–Hijo, soy una porquería, un enfermo. A veces no recuerdo ni mi nombre, pero nunca olvidé el tuyo.

–No me importa nada, ahora te puedo ayudar. Por favor papá, déjame ayudarte, no me pierdas y no pierdas esta oportunidad.

Nos abrazamos y me aceptó.

Papá fue dado de alta ayer, totalmente recuperado, estará continuamente en observación. No vive en nuestra casa; pero estoy seguro que al tenerlo trabajando conmigo todo cambiará.

Hoy es mi graduación, seré el arquitecto de nuestro propio destino.

Un pensamiento

  1. bella historía. Cuando enseñamos a los hijos el valor de amar, sin guardar rencores aun fuertes y dolorosos sean, quizás el perdón nos deje en paz, quizás renacer el amor que no muere nos envuelve en el tiempo futuro un día .saludos.

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