EL CIEMPIÉS. POR: ALEXA MONTES

 

 

–¿Cómo curar este dolor del bajo vientre? –pregunta Amalia a su afligido esposo.

–Ya no sé qué hacer. ¡Por favor ayúdame! El dolor aumenta y mi “panza” también –agregó.

–Mujer, ya te lleve dos veces al doctor, ¿qué más puedo hacer? Ya sólo falta la curandera, pero, conociéndote, no querrás ir a un lugar tan…, bueno me refiero a que tú no eres de esas.

–Esto es insoportable. Si tengo que ir con esa señora y entrar a su choza, todo para que me cure, ¡¡¡llévame!!!

Así de inmediato Gastón lleva a su querida Amalia con la curandera. Total, Amalia no podría reclamarle pues ella misma lo había pedido.

Al llegar a la humeante choza hecha de adobe y paja con techo de guano, notaron una enorme fila de personas con diferentes dolencias, pujidos y demás aspavientos propios de la gente que sufre de la falta de salud y recursos.

Amalia que nunca se había sentado ni una vez en un tabique. Le tocó el último turno sentada en uno y así esperó a que terminaran todos de pasar. Veía a cada una de las personas salir del “consultorio” con cara de alivio y confortadas de su padecimiento. Así mismo, ella se convencía de que hacía lo correcto.

Al pasar unas horas, al fin era su turno, caminó hacia la puerta hecha de varas de huizache, mismas que cada semana santa sirven de material para hacer la corona en las representaciones bíblicas.

Gastón quería ver la cara de Amalia, pero la curandera le pidió que las dejara a solas y que lo mejor sería que regresara por su esposa en una hora, y así lo hizo.

Ya solas en esa choza cargada de olores de hierbas y sudores, comenzaron las preguntas usuales y en vez de escribir una receta, la curandera, de corta estatura, sacaba de frascos, pizcas y varitas de diferentes hierbas. Al mismo tiempo calentaba agua en un pote que estaba en una hoguera alimentada de madera y piedras. ¡¡Sí!!! Piedras. Las tenía dentro del fogón como si fueran carbones o misma leña.

Llegó el momento de acostar a Amalia en esa mesa de roble, de esas de patas fuertes, achaparrada para que a su corta estatura, pudiera trabajar en ella.

Y justo en ese momento cuando Amalia se quitaba los zapatos, gritaron dos voces desde afuera y pidiendo ayuda para una moribunda. La curandera abre la disque puerta y deja entrar a dos hombres fornidos que cargaban a una robusta, que digo robusta, una “enorme” mujer que apenas alcanzaron a depositarla en aquella mesa.

–Ahora, salgan, déjenla aquí, yo les aviso cuando esté lista para salir por su propio pie.

Los hombres salieron dejando a su paciente en manos de la curandera.

–¿A dónde cree que va usted? –con voz de mando le preguntaba a Amalia que caminaba rumbo a la salida con sus zapatos en la mano.

–Usted se queda a ayudarme mientras le hace efecto el culixtle. Este líquido que ahora se va a tomar de un sorbo. Ande, haga lo que le digo, tómelo sin respirar, y agarre las manos de esta señora. No deje que se mueva mientras yo trabajo.

Amalia siguió al pie de la letra sus indicaciones, mientras la curandera quitaba la ropa de la mujer hasta dejarla casi desnuda, ahí fue que se dejó ver la pierna derecha, abarcando todo el muslo, un color morado casi negro y al arrancar la última pieza de ropa, soltó un grito de dolor, como si en ese momento le arrancaran la piel en vez de ese viejo calzón.

Amalia, casi blanca de la impresión o tal vez por el efecto del brebaje, apretó fuertemente las manos de la señora, como si sintiera que se le resbalaban para encogerse.

La curandera buscó en una pila de tiliches, dos plumas de guajolote esas de punta queratinosa, tomó un frasco de agua verdosa y la arrojó al cuerpo desnudo de la mujer. Se subió a la mesa y se montó en las piernas de la enferma y con las puntas de esas plumas pasadas previamente en el fogón, empezó a oprimir en la ingle, como quien quiere sacar una espinilla o barro, así se vio una línea negra como de quince centímetros y el ritual continuaba mientras Amalia no daba crédito a lo que veía, pues cada vez que la curandera oprimía, la línea negra se hacía cada vez más gruesa hasta que con la punta de una de esas plumas, hizo palanca y arrojó fuera del cuerpo esa línea gruesa y negra, que no era más que un ciempiés negro horrendo, que nadie imaginaba cómo fue que llego hasta ahí.

La curandera bajó de la mesa y tomó el zapato de Amalia para verificar que aquel animal estaba completo y entonces regresó al cuerpo de la mujer para exprimir hasta que terminó de salir ese líquido putrefacto, al mismo tiempo que la “gorda” mujer pedía le soltaran las manos pues sentía alivio y también pudor por aquella desnudez.

Ayudada de Amalia y la curandera, se puso de pie y les contó que ella acostumbra a “echar” tortillas en cuclillas y un día sintió dolor en la ingle, pero como tenía mucho trabajo, no hizo caso y así pasaron los días y su pierna se hinchaba poniéndose más grande, pero ella necesitaba seguir con su trabajo hasta que esa mañana no pudo moverse y el dolor no le permitió caminar.

Salió del lugar caminando lento, pero ya sin dolor, entonces Amalia miro a la curandera con gran respeto y le dijo:

–Creo que con el susto, o ese desagradable olor, me olvide de mi enfermedad, gracias.

La curandera sonrió y le dijo:

–Sí estas curada, pero fue gracias al culixtle, y ese desagradable olor no salió del cuerpo de la señora. Fuiste tú que soltaste un gran pedo, pues estabas aventada del vientre y no lo podías expulsar. Ya no tendrás más ese dolor y podrás llegar a tiempo a tu casa para que descargues el resto que traes atorado en esa panza. Y por haberme ayudado no te cobraré. Y por cierto, mi nombre es Julia.

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