DE VUELTA AL BARRIO. POR: JOSÉ GARCÍA

 

 

1968 . Aquí estoy de nuevo dispuesta a conquistar el mundo. Pareció una eternidad el viaje desde la capital a mi blanca Mérida. Tras mi divorcio hace cinco meses y la ausencia casi cinco años, la ayuda fue un bálsamo de vida y más con la responsabilidad de criar cuatro bocas de diferentes estómagos.

La carta que me envió mi santa abuela era vital para mí y mis hijos. No había mucho que cargar, más que tres cajas de cartón que sirven como maletas, unos bolillos de ayer, cuatro suéteres remendados y un mil de pendientes en el cerebro para ir escorando poco a poco. Y aquí estamos como una borrasca que llega sin avisar.

No había cambiado nada en la vieja estación de ferrocarril desde la última caminata por su andador, hasta las venteras que catean su palangana en la cabeza y van zigzagueando entre los viajeros con tal de venderle al primero que baje.

–Espérenme aquí parados niños. Voy a bajar las cajas y jalamos –les indiqué.

Las cuatro de la tarde y el santo sol no pasaba a despedirse. Mis ojos recorrieron el contorno. “Todo sigue igual” –pensé con un dejo de amargura. Por eso amo a mi Yucatán, por su bendito clima que quema calorías.

Como siempre, cuando más esperas el camión éste brilla por su ausencia. Tendré que tomar la única calesa y su caballo “pura sangre” -porque en esos huesos soló eso queda- que descansa a un lado bajo la sombra de un hermoso flamboyán cundido de rojas flores.

En línea recta la casa de la abuela quedaba a 15 calles de la estación, pero ya a trote lento, suma 5 más. Pobre animal con la lengua por fuera me daba la sensación que en la siguiente calle se desploma. ¡Claro!, somos cinco, más el cochero seis, que sumando la masa corporal… daba ¿cómo? No pos sí, chan pesados estamos.

No había pensado como es la vida de un calesero. Cuánto gasta en el caballo y sus necesidades.

–¡Oiga patrón! ¿Y qué tal la vida, salé para vivir en esta chamba? –pregunté curiosa.

–Bueno no me quejo, da para los frijoles, el arroz y las tortillas, sí, pero pá enviar a los chamacos a la escuela, qué caray –se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.

“Miré usted. En su ´’casa’ somos mi vieja y mis dos nietos que trajimos de Chiapas, ya que su… (el rostro reflejo todo) santa madre los abandono a la bendición de Dios”.

–Disculpe no sabía.

–Qué más da, la vida es de lucha diaria y aquí estamos con la bendición de papá Dios, y donde comen tres, comen cuatro ¿que no?

La plática fue amena e hizo corto el viaje. Don Beto era el nombre del cochero, sus 63 años no parecían, quizá por tantas preocupaciones acuestas hacían fuerte su lucha. Amable me confesó su triste pero buen aprendizaje de vida. Los débiles sonidos de las herraduras aminoraban el paso en señal que el viaje ha concluido.

Me despedí de Don Beto deseándole lo mejor. Ya la abuela Jacinta esperaba en la puerta con su delantal colgado, sus chancletas de pico de gallo y su pelo blanco grisáceo en jorongo con un lápiz como seguro . Su sonrisa de oreja a oreja me asentó súper.

–Moncho, Miguelito, despiértense chamacos que ya llegamos. ¡A ver Javier, ayúdame con las cajas!

–¡Ora tzirices!, levanten nalga y crucen con cuidado la calle –con su tono de siempre la abuela les gritó de enfrente de la acera.

Ya instalados en la mesa y bebiendo el agua de tamarindo tan rica que hace. Entre plática y plática me ganaban las lágrimas. La abuela me tomó de la mano y con voz de ángel me dijo:

–Tú mamá me contó todo en una carta y creo lo mejor para ti y tus hijos es que volvieras a tu tierra –acotó palabras mientras me daba un fuerte abrazo.

–Aquí hay espacio para todos, vivo sola y la compañía de los escuincles alegrará las paredes y el largo patio y sobre todo me ayudará a no quedarme ronca cada vez que los remede –soltó una carcajada al final contagiándonos.

Así iba respirando, saliendo en busca de trabajo, para no colgarle a la abuela los gastos. Reconozco que las regañadas de mamá en ayeres, hoy me dan confianza para valerme por mí misma y sacar adelante a mis hijos. Las clases de secretariado y mecanografía son mi referencia, aunque claro, también la cocina y la costura que en tiempos de la abuela -como ella siempre dice- eran necesarias por si pensabas dejar la soltería.

A la semana de salir en busca de chamba me crucé en la calle con Felipe, un antiguo pretendiente.

–¡Elenita dichosos los ojos! ¡Pero mira qué guapa vienes… ¡Perdón!, me olvidé que ya estas casada –bajo la mirada apenado.

–¡Hola Felipe! No te preocupes.

Brevemente le conté mi historia y el porqué del regreso. A Felipe lo conocí desde la academia. No estábamos en la misma aula pero constante nos decíamos “hola” en la cafetería.

¡Cómo son las cosas! Felipe, sin ser el mejor amigo de Román -mi ex- andaba junto con él en los bailes populares de los domingos en el parque de Santiago, o en los cines del centro, que era sitio de reunión de los solteros los fines de semana.

Recuerdo que fue en una kermese de la capilla de San Juan Apóstol que pasamos buen rato platicando, sonriendo y, uno que otro roce de manos. Nunca se atrevió a decirme si le gustaba, quizás por haber oído por ahí que Román me acompañó a la academia, sólo porque nos vimos en el camino.

El encuentro con Felipe me ayudó a recuperar la sonrisa. No quiero decir con ello que habrá algo, pero sí que mi corazón volviera a sentirse vivo en todo.

–¡Abuela! ¡Abuela!

A empujones abrí la puerta y sin detenerme asenté mi bolso y las bolsas de pan donde cayeran para encontrarme con la abuela en la cocina. La abuela, con ojos saltones y mirando al cielo, dejó su olla con agua caliente en el anafe. Sin dejarla hablar le conté del nuevo trabajo en una tienda departamental recién inaugurada como vendedora de piso, de la paga que si no es mucha, sacando cuentas será suficiente para todos.

–¡Cálmate mujer! Respira, que tragas aire y moscas. ¡Ja,ja,ja! –dijo la abuela en voz mandona mientras me acariciaba la cabeza con una mano y con la otra, me pausaba el pecho que quería salir de contento.

Cuando puse al tanto de la buena nueva, las lágrimas aparecieron en sus cansados ojos y una sonrisa de felicidad que no cabía en su rostro hizo marco en ella.

La abuela, aun a su pesar entendió, suspiro con resignación ante los argumentos presentados y sólo movía la cabeza de un lado a otro.

Me tomó de la barbilla, levantó mi cara hasta dejar mis ojos frente de los suyos y me dijo:

–¿Anda, llama a los demás porque ya voy a servir la comida? –así daba por concluida la plática.

–¿Que vamos a comer? –pregunte nomás por decir algo y romper el silencio que habían dejado las últimas palabras.

–Joloches. Lo pidieron los chamacos cuando vieron que colaba los frijoles.

Las siguientes semanas fueron de contrastes. Por un lado feliz por el trabajo y mis planes por cumplir. Era mi segunda oportunidad. No me siento vieja a mis 45 años. Hice ejercicio de joven, hoy lo único viejo son mis zapatillas negras y las suelas, que resienten el pavimento como lava en horas pico.

Por otro, el pensar como decirle a la abuela cuando llegue la hora de salir a vivir sola con mis chamacos. Se ha encariñado con ellos, desde que amanece los consiente, les prepara sus gelatinas de colores, les compra sus barquillos dulces por las tardes y recorre cada calle en lento hasta el parque cuando las tardes van agonizando.

Mientras a mí, me permite ahorrar lo más que se pueda y pensar en buscar un cuartito para comenzar a independizarme sin partirle el corazón de tristeza.

La lluvia caía como cierzo, en gotas pequeñas que mojan. La distancia del trabajo a casa de la abuela era como 10 cuadras en dobladas y líneas rectas, pero en días lluviosos se veían muy distantes, tenía que reconocer el centro, ¡y con este tiempo!

Al llegar a casa encontré a los niños sentados junto a la abuela en la sala y a ella… ¡enyesada del brazo izquierdo!

–¡¿Peeero, qué sucedió?!

–Nada niña, ven siéntate y te contamos. ¿Verdad chamacos?

–¡Síiii! –en unisonó gritaron.

Estaba en la cocina terminando de hacer los huevos en tomate, los niños ya sentados, cuando el ruido de la lluvia en la lámina y las ramas que comenzaban a bifurcase en el patio me alertaron del lavado de hoy. Ahí estaban tus uniformes de mañana. Por no pisar al bendito gato se enredaron mis chanclas en mis pies y ¡pácatelas! !Azotó la res! me fui de boca abajo, pero reaccioné y creyéndome de 20 años, puse el brazo como almohada, y toda mi humanidad cayó sobre él.

Vino doña Pilar, la vecina ,al grito de los chamacos asustados y con su hija me llevaron a la Cruz Roja.

–¡Ay abue!, los uniformes no urgían, debiste dejarlos que se mojen. Bueno, al menos hubo quien te auxiliara, veremos cómo hacer para que te recuperes.

 

CONTINUARÁ

PARTE 1 DE 3

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