SIN MAQUILLAJE. POR: JOSÉ GARCÍA

 

 

Por las rendijas de las ventanas comienzan a aparecer los primeros trazos de luz. Llueve. Los rítmicos sonidos de la lluvia sobre las tejas del techo lo anuncian. Atravesé la mirada por la ventana y descubrí el arco iris, la lluvia ya no es fuerte.

Mi cuarto está en la parte de arriba al de mamá y mi hermana Alice. Hoy es lunes, ya debió irse a la escuela Alice y mamá (Boli, como le llamo, pero su nombre es Elena) lo más seguro en la cocina -sí, ya oí la licuadora-.

Hace unos días que me cuesta bajar las escaleras. Tal vez sea por la humedad, como bien dice la abuela, pero siento que no es eso. A mis ocho años tengo las fuerzas necesarias. Dejé la escuela hace dos semanas por un desmayo y dos días de calenturas. Ahí comenzaron las vueltas al doctor sin que nadie me explique.

Aquí en Isla Contoy el clima suele ser frío, pero no todo el año. Mamá dice que es porque ya estoy creciendo, que me faltan vitaminas, etc. Sé, me oculta algo, pues me sentí sin fuerzas justo después de visitar al Dr. Felipe, un viejito que tiene como 75 años y fuma como locomotora. En el pueblo no hay quien no afirme que el doctor “ha curado a toda su familia”, y con sólo escuchar sus molestias adivina la causa de tu mal y te dice con qué lo va a curar. Así de bueno es.

Cierto día, recién despierta. Con apuros bajé a la cocina. No tenía fuerzas y antes de llegar escuché a alguien llorar.

–¿Qué sucede Mamá? ¿Por qué lloras?

–Buen día amor. No lloro, se me corrió el maquillaje a los ojos y me causa molestia. Pero ven, siéntate, te preparo el desayuno.

Un maquillaje común no te deja los ojos rojizos y te mancha la cara como una máscara de carnaval -pienso yo-. Me di media vuelta y sacando fuerzas trepé corriendo las escaleras hacia mi cuarto. Directo fui a mi closet, revolví cajas, ropas, hasta encontrar el estuche de pinturas de mis muñecas. Frente al espejo, pinté mis parpados de color negro, mis mejillas de rosa y ensalivando mis dedos de la mano derecha difuminé mi rostro.

Quede idéntica a mamá, sólo que sin llorar. De igual manera bajé a la cocina, pero ya no estaba, la vi en el jardín sentada y con la mirada perdida al frente. Me abrazó al tiempo que me acariciaba mis rizados cabellos color de elote.

–¡Ja, ja, ja! –soltó un par de carcajadas al mirarme–. ¿Pero qué te hiciste amor?

–Te quise cambiar un momento triste por uno alegre y se me ocurrió verme como tú.

–El maquillaje lo usamos las mujeres para vernos alegres –explicó– pero al irnos a dormir limpiamos el rostro para quedarnos naturales y siempre bonitas.

–¿Te confieso algo mamá? No me gusta pintarme.

Las idas al doctor se acrecentaron y las fuerzas me iban abandonando cada día. Mamá no podía ocultar sus ojos llorosos. Y Alice se acercaba más a mí (bueno, no hemos estado distanciadas pero los pleitos por las muñecas parecían confirmarlo) era más hermana. La noche previa al cumple de la abuela, el agobio de no poder respirar me dejo ahíto y tuve un desmayo. En mi pérdida de conocimiento supe que pasaron varias horas para reanimar mis latidos. En ese silencio oscuro escuché las causas de mis desmayos y el abandono de mis fuerzas. La voz del galeno entrecortada al explicarle a mamá mi problema real dejó sin maquillaje su rostro de nuevo.

–Doctor, apenas es pequeña para pasar por esto. ¿Qué le causa?

–Elena, tu hija tiene leucemia. Un cáncer terminal que ataca los glóbulos blancos, es el tipo más común en niños. Esas fiebres, cansancio, la dificultad para respirar que se le presentó ayer es parte de ello y es alarmante.

En mi espacio sin luz interior la voz de mamá la oía muy distante y llena de dolor. No quería que pasara por esas cosas aún tristes sean. Me prometí y a papá Dios, que si me echa una mano y salgo de este trance, juro que no dejaré un minuto de mí sin dibujarle una sonrisa.

Los análisis siguieron, las quimios aumentaron, mi cabello se perdió como hojas en invierno. Regresé a casa. El mal tiempo parecía no abandonarme… y sí, llovía.

Mamá me compró una peluca de cabellos reales pelirroja. Decía que los de color de elote en estos tiempos fríos no se cosechan. Ya andaba en sillas de ruedas y miraba muy distante mi cuarto, las escaleras me parecían unas cascadas interminables. La abuela me daba las papillas -pues mis dientes perdieron su secuencia.- y con popote mi bebida.

Dormía en una pequeña colchoneta individual en el cuarto de mis papás para mi atención. Las ojeras de mamá y Alice ni con maquillaje se ocultaban.

Faltaba dos días para la Navidad. Mamá me preparaba mis alimentos. Miraba la televisión con la abuela en la sala, abrigada con un cobertor largo y a pesar de tener viva la lumbre la chimenea, el frío calaba los huesos. Lo sentía, nadie me lo contaba.

El timbre de la entrada sonó tres veces. Reconocí la voz del visitante (el doctor Felipe llegó). Hablaba en voz quedita. Mamá me miró de reojo, tomó la mano del galeno, lo llevó a la cocina. Ya no pude escuchar ni ver las expresiones del doctor y de mamá. Fue breve la visita y antes de despedirse pasó a saludarme.

Mamá de lejos quiso ocultar algo teniendo sus manos por detrás, pero no actúa bien y una hoja blanca arrugada se le veía.

Llegó Navidad. Fue una Navidad distinta a todas las pasadas. Las cajas de regalos abundaban bajo el árbol y sí, todas eran para mí. En la mesa todos tenían pelucas de colores, como las que usan los payasos en los circos. La abuela dijo que era para que no me sintiera triste y ¿saben algo?: ¡lo lograron!

Perdí la secuencia del tiempo. Comenzando año nuevo me internaron en el hospital. Mi enfermedad avanzaba a pasos agigantados (estoy segura que la carta que mamá ocultó aquella vez se relaciona con lo que me pasa hoy).

Una de las soluciones, el trasplante de médula ósea que esperaba (se alargaba la espera) y los tratamientos no ayudaron.

Un día, sentada junto a mí en la cama, le tomé la mano a Boli y le susurré en baja voz al oído:

–Quiero me pintes mis ojos, mis mejillas… quiero verme bonita con maquillaje. Quiero que me dibujes una sonrisa la que más te guste y quiero que después de un rato, me despintes.

–Sí princesa, así será –con una voz en paz me susurró.

Un espejo de mano, unas palabras dulces, un lápiz labial y una polvera fueron las últimas imágenes que en mí se guardaron… y partí sin maquillaje. Natural, como un día vine.

 

Cuentos del escritorio

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