LA PELONA [POR: ALEXA MONTES]

En un pueblo, justo donde inicia la Sierra Gorda, está la casa de doña Lupita. Todo transcurría normal para un pueblo alejado del bullicio de la ciudad y encajado en los años 50. A la puerta tocaba una niña con escasos 12 años, aunque su apariencia la hacía lucir como de 9, tal vez por la falta de alimento y cuidados. Ahí estaba la pequeña pidiendo trabajo y un lugar para vivir.

–Pero muchacha, ¿qué haces aquí? ¿No se supone que trabajas con don Luis en su tienda? ¿Cómo me pides trabajo? Si ese hombre tan feo y agresivo se entera, puedo tener problemas.

–Ya no trabajo con él, me corrió y ni me dejó sacar mi ropa.

–¿Segura de lo que me dices?, porque ya te dije que no quiero problemas ni reclamos y espero no hayas hecho nada malo. Anda pasa, tengo algo en lo que me puedes ayudar. Ya sabes que mi hijo con esos aparatos ortopédicos a veces necesita ayuda y tú puedes hacer eso por mí. Ve a la cocina de humo, que te den de comer y después un buen baño. ¡Ah! y yo te daré ropa.

–Gracias doña Lupita, yo sé trabajar y no le voy a fallar.

–No quiero que trabajes, sólo que juegues con mi hijo, le hagas compañía y claro… que vayas a la escuela. y por cierto, ¿cómo te llamas?

–No tengo nombre, mi papá me dejó abandonada en la tienda de don Luis cuando yo tenía 5 años y como no regresó por mí, pues ya no supimos mi nombre. Todos me dicen “La Pelona”, desde que don Luis me rapó, disque para que no me llene de piojos.

–Vamos a buscarte un nombre. Bienvenida a tu nueva casa.

Así pasaron los días y aunque doña Lupita le dio nombre a la niña, todos en el pueblo le seguían diciendo “La Pelona”, y para tranquilidad de doña Lupita, don Luis habló con ella diciéndole que no la quería de regreso, que era mentirosa y sucia, y como no serlo si vivía con un hombre que sólo la explotaba y poco alimento le daba.

Y así con la tranquilidad de que don Luis estaba en paz, siguió pasando el tiempo y llegaron las primeras vacaciones escolares. Todos los niños del pueblo salían a jugar al jardín donde una fuente de cantera hacía aún más divertidos sus juegos. Y qué decir del kiosco, que albergaba la paletería de esos deliciosos helados de 20 centavos, y no olvidar que en una de las esquinas del jardín los niños jugaban canicas.

Una mañana de esas, Juan Nicasio, hijo de una linda enfermera y de un “maistro” albañil, jugaba a las canicas y uno de sus oponentes, tramposamente le quitó su mejor canica. Juan Nicasio se enoja y se le va encima golpeando el ojo de aquel tramposo y así se inició la pelea, mientras los demás niños hacían un círculo para ver la contienda y cuando el tramposo se sintió perdido gritó la más grande de las ofensas:

–ERES UN HIJO DE PU…”, tu madre los abandonó por ser una cualquiera y mi abuela dice que se metía con cuanto hombre se le acercaba. Quién sabe de quién eres hijo.

Eso decía la mayoría del pueblo, pues la enfermera era buena y muy bonita, combinación que ya saben… en un pueblo chico despierta envidia y los chismes más ignominiosos.

Al escuchar esas feas palabras, Juan Nicasio soltó en llanto y “La Pelona” le gritó:

–No dejes que hable así de tu madre. Ella fue una santa y está enterrada en la mierda de don Luis.

Cuando terminó de decir la frase, ya había adultos acercándose al lugar, así que no faltó la típica chismosa que gritó que llamaran a la policía porque el abarrotero era un asesino. Claro que no hicieron caso, pero quedó la interrogante. ¿sería cierto?

Al día siguiente doña Lupita mandó a “La Pelona” a la tienda de don Luis a comprar un cuartillo de frijol, y al llegar a la tienda el tipo se dirigió hacia ella con ese rostro de furia y maldad, y le dijo:

–¿Con que andas de chismosa? Te voy a cortar esa lengua.

Y en eso, don Luis la sujeta con su mano izquierda apretando fuertemente su reboso, como queriendo ahorcarla y con la derecha tomó una hoz para hacerle daño, pero en segundos, con el miedo invadiendo su pequeño cuerpo, se zafa de su mano con tal rapidez, que deja a don Luis con el reboso en mano. Ella, corriendo cual caballo desbocado, llega a casa de doña Lupita, donde de un portazo cierra la puerta y pone la tranca (la cual sólo se colocaba de noche). Al ver su actuación, doña Lupita le pregunta:

–Pero ¿qué tienes? Parece que viste al mismo diablo.

–Así mismo sentí.

–Cálmate y cuéntame qué pasó.

“La Pelona” narra todo, desde la desaparición de la enfermera, el inofensivo juego de canicas hasta lo recién acontecido.

Así que doña Lupita hace llamar al presidente municipal, quien llega de inmediato a su llamado, pues ya le habían alertado.

Le cuentan todo y él llama al esposo de la enfermera para asegurarse de que estaba desaparecida y si “efectivamente” llevaba meses desaparecida y pensaba que los rumores del pueblo eran ciertos.

Con esa información, el presidente municipal ordena se detenga a don Luis y llaman a “La Pelona” a declarar todo lo que ella había presenciado.

–Niña, puedes contar todo lo que sabes, aquí estás segura y este hombre no te hará daño.

–Todos los días muy, muy temprano, antes de que salga el sol, pasaba la enfermera enfrente de la tienda de ese, ese viejo feo de don Luis, quien la miraba con ojos de diablo y le decía cosas feas, y ella apretaba el paso y tapaba su cabeza para no oír lo que le decía y él terminaba gritándole: “te voy a hacer mujer”, ¿pues qué acaso no ya era mujer?.

–Pelona… sigue tu relato

-Pos… así todos los días, hasta que llegó ese día en que le cerró el paso y le dio un jalón a la trastienda allá, donde don Luis hace sus cochinadas con el maíz, y donde yo dormía, allí le arrancó toda su ropa y ella gritaba bien feo, yo estaba espantada pero quería ver cómo era eso de hacerla mujer y no me gustó, porque creo que eso de ser mujer duele mucho porque ella seguía gritando hasta que el viejo feo agarro el tejolote del molcajete y le pegó en la cabeza.

“En ese momento grité, don Luis me vio y me aventó el tejolote pero yo me agaché, entonces me dijo ‘ya que andas de chismosa, ven a ayudarme si es que no quieres que te pase lo mismo’. Y así por las buenas… pos sí le ayudé.

“Me dijo que fuera por mi petate y que tirara las ropas de la enfermera, así lo hice y en mi petate envolvió encueradita a la difunta como si fuera un taco y me dijo que sostuviera el quinqué para acompañarlo al corral, allá donde están las letrinas, ahí en el hoyo la metió, luego que me fuera y que dejara el quinqué, porque tanto esfuerzo le habían dado ganas de cagar y de ahí pal real todos los días se caga en la enfermera”.

De inmediato se dirigieron al corral del predio citado, pero creyeron justo que fuera el mismo don Luis quien sacara de la letrina a la enfermera y paleó en toda esa mierda acumulada hasta que se asomó el mentado petate, luego ordenaron que lavara el cuerpo inerte hasta quitar toda la suciedad y poder entregar ese cuerpo mancillado a su familia para darle santa sepultura.

Así lo hicieron, fue el velorio más concurrido y la tumba más bonita del panteón. Después de eso, Juan Nicasio y su padre salieron del pueblo para nunca volver.

Pasado un tiempo, doña Lupita regresó a la ciudad con su familia y “La Pelona”, pero en su cumpleaños número 14 (aproximadamente), le preguntó si le gustaría vivir en el convento, donde las monjas le podían enseñar un oficio además de enseñarle a leer y escribir, y le gustó la idea, se mudó al convento de la capital.

De ese día en adelante, cada año doña Lupita visitaba a “La Pelona”, que ahora le llamaban “hermana Inés”.

Después de cinco años, doña Lupita fue a su acostumbrada visita anual y le informaron que se había ido de misionera a un lejano país con esas damas que portaban saris blancos con bordes azules. Todos imaginan que ese país era la India y que fue una más de las misioneras de la misma Madre Teresa de Calcuta (pues así les gusta creer).

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