DEBAJO DEL ÁRBOL [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Para Diego y Rebeca

Jugábamos mis amigos y yo en una fresca tarde; aunque el sol nos observaba, no nos mandaba sus extenuantes rayos, sólo nos hacía cosquillitas con las puntas calientitas, y ya hacía algo de calor. Las niñas y nosotros decidimos darnos un tiempo para reposar, tomar nuestros alimentos, descansar y seguir jugando.

Todos nos divertíamos, nos gustaba jugar bajo la sombra de don Chito, así le apodábamos al viejo y frondoso árbol que por caprichos de la naturaleza formaba su enorme tronco un puente, pero para nuestra imaginación era perfecto ya que nos transportábamos a diferentes escenarios de juego. Al fin pedimos tiempo y todos a merendar.

Mamá nos había preparado a Rebeca y a mí unos ricos emparedados y churros rellenos de chocolate para compartir con los demás niños, que le acomodaba a Rebeca en una linda canastita. Magally traía siempre charritos y yo le compartía mi emparedado. Es la niña más linda que mis ojos hayan visto.

Rosita y Gisel siempre traían frutas para todos; Angelina y Antonio los hermanos menonitas traían queso rebanado de un sabor exquisito, hecho por sus padres.

Israel vive en casa de Carlitos desde que se murieron sus padres y la mamá de Carlitos es quien nos manda aguas frescas, hoy era de pepino, nos refresca mucho.

Gabriel trae de todo, pero hoy en especial trajo mangos con sal y chile, él es el jefe de la banda, todos lo respetamos porque sabe mucho de muchas cosas, siempre nos lee cuentos e historietas, nos enseña a elaborar nudos con mecate y hacemos rampas y construcciones con bajareques.

Rebeca, mi hermanita, pone un mantelito, y las demás niñas dividen la comida. Ya todos sentados, compartiendo lo que trajimos para merendar, y luego tomar un descanso.

Me acerqué al árbol para dormitar, pero no me acomodaba en ninguna de sus enormes raíces, así que puse a la borrega, mi suave mochila, como almohada y me recosté un ratito, pero de la nada las raíces se abrieron y me fui cayendo por debajo del árbol; podía ver un diminuto y hermoso mundo de seres muy pequeñitos, escuché música de banda como si hubiera un desfile. Caía poco a poco hasta que una soga me jaló y caí de patas al suelo.

Qué maravilla de mundito era éste debajo de nuestro árbol. Me quedé agachado. Gabriel dice que cuando aceche el peligro nos pongamos en pose de pato, de esa manera dominaríamos y estaríamos alertas para cualquier cosa, así que me mantuve en posición.

Y de pronto se me acerca un batallón de diminutos soldados, cañones, carros-tanque, jeeps y tráileres y todo tipo de armas de fuego. Una voz muy fuerte me gritó:

–¡Alto ahí! ¡Póngase de pie con las manos en alto!

A lo que yo obedecí al instante e interrumpí sacando una servilleta blanca que traía en el bolsillo izquierdo, guardada después de comer.

–Soy  Diego, completamente inofensivo, en total paz y con el deseo de conocer y ayudar en lo que se ofrezca, jugaba arriba con mis compañeros.

El hombrecito siguió hablando subido en una canasta de grúa, como la que usa la CFE.

–Salude a mi general, y manténgase con las manos a la vista, a nuestro mundo bajo del árbol no nos llega visita, así que para nosotros usted es un verdadero y desconocido intruso, pero dice mi general que usted tiene una franca sonrisa, así que explique nuevamente a qué se debe su visita o su desafortunada caída.

A lo que yo respondí con un saludo militar:

–Vengo del campo de juegos, donde mis amigos y yo nos divertimos y compartimos momentos de camaradería. Pero veo que ustedes están preparándose para una guerra. ¿En qué puedo ayudar?

Habla el general bajándose del carro y poniéndose en pie me saluda:

–Nos asechan unos monstruos justo por el pasadizo donde usted cayó, son una amenaza para nuestro pueblo. Nosotros somos gente de paz y trabajo, no queremos combatir, pero estamos en peligro. Hablando de ellos, mire ahí se asoman.

A lo que yo alcé la vista y casi suelto la carcajada. Pues no eran más que Sol, mi cachorro labrador y Luke un cachorro dálmata de Rebeca, completamente inofensivos, pero como cachorros eran traviesos y curiosos.

Les di la orden de que se alejaran y me obedecieron, así que me volví el héroe del diminuto pueblo. Todos aplaudían y la banda de guerra tocaba marchas y comenzaba un desfile, todo era felicidad.

Buscando la forma de regresarme y sin poder lograrlo, me quedé conversando y aprendiendo de sus experiencias.

Pero empezó a entrar agua, era la tremenda lluvia, llegaba la fuerte y brillosa luz de los relámpagos, se empezaba a inundar debajo del árbol. Enseguida tiré una cuerda por donde llegué y al mismo tiempo que Gabriel me gritaba:

–¡Diego! ¡Diego! ¡Amigo, ¿me oyes?!

–¡Gabriel! ¡Aquí debajo del árbol!

Y entre todos me ayudaron a salir. Mientras el agua arrasaba con el pueblo, le pedía a mis amigos ayudar a los hombrecitos.

–¡Sáquenlos1 ¡Sáquenlos! ¡Rebeca! ¡Rebeca! –le gritaba a mi hermanita–. Pon en tu canastita los carros-tanque, los jeeps y camioncitos.

Y entre todos acomodábamos sobre unas patinetas a los diminutos hombrecitos. Al salir fui dirigiendo el rescate. Los perros ladraban, las niñas gritaban, Gabriel y yo éramos quienes más trabajábamos. La lluvia y el viento eran cada vez más fuertes.

¡Pero cual fue nuestro asombro! Los hombrecitos, al tener contacto con el agua y el aire, se convertían en soldaditos de madera.

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