AMOR DE MOMIA. POR: YOXI

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Entraban al atrio de un convento del siglo XVI, cuando una nube pasajera vertía gotas de sudor desde el cielo, se sintieron afortunados de llegar a resguardo justo a tiempo. Al fondo del pasillo, una mujer con cara de tortilla les pidió registrarse para poder pasar.

Los tres amigos entraron al museo, cuya principal atracción eran cadáveres momificados encontrados en un rincón del panteón anexo, debido a una extraña propiedad de las tierras del lugar.

El espectáculo era siniestro, había toda clase de cadáveres de pie en las vitrinas alrededor, y al centro se encontraba un ataúd con tapa de cristal, donde yacía una mujer vestida de monja que, en comparación con el resto de los cuerpos con rictus de espantajos, parecía estar dormida.

Antonio dio una vuelta y se detuvo frente al ataúd central, sus compañeros Elisa y Carlos se acercaron a él para terminar la visita, pero él estaba como ausente.

–Ya vámonos Toño, creo que ya vimos suficiente…

–Sí Toño, ya vámonos –señaló Elisa.

–No lo van a creer.

–¿Qué?

–Esta es la mujer de mis sueños.

–¡Jajaja! Estás loco, es una momia, yo prefiero las vivas como Elisa…

–Ya no sangroneen y vámonos.

–No me refiero a eso, aunque… Bueno, esta es la mujer que aparece en mis sueños y me ha hablado… Es un sueño recurrente que tengo desde niño.

–Nos estás asustando Toño, ya vámonos, afuera nos platicas.

–Sí, esperen un segundo…

Sacó su Iphone y le tomó una foto, tomó otra de los datos de la difunta inscritos en un letrero: Elena Rodríguez, 1761-1780.

Ya fuera les abordó un chiquillo merolico, que por unas monedas prometía contarles las historias del lugar. Toño le preguntó si sabía algo de la mujer dentro del ataúd.

–Sí, la joven se llamaba Elena Rodríguez de Anda, fue obligada por su padre a entrar al convento, porque se enamoró perdidamente de un muchacho llamado Antonio de la Cerna, que llegó a estas tierras sin fortuna. El padre de Elena era un acaudalado comerciante español, se dice que la joven murió de amor unos meses después de su ingreso al convento, causando gran tristeza a su padre viudo, que abandonó el lugar.

–Ok muchacho, gracias, aquí tienes tu propina, nos tenemos que ir.

–Se llamaba como tú, macho. Te dejaron por pobre ¡jajaja!

–Calla ya Carlos –intervino Elisa–, no le des más cuerda a éste.

El muchachito merolico les alcanzó de nuevo al oír la plática y les dijo con su vocecita y sonsonete:

–Se dice que su alma está en pena y que se le ve en las noches vagar por el convento en busca de Antonio, su amor perdido…

–Gracias sí, ya nos vamos –intervino Carlos.

Pasearon por todo el pueblo, comieron dulces del lugar, se subieron a una calandria, y ya en la noche se retiraron a descansar en una posada barata que encontraron cerca. Sus compañeros de viaje notaron que Antonio, que solía ser el más animado del grupo, ahora estaba muy callado.

Ya estaba avanzada la noche y Antonio daba vueltas en su cama sin poder dormir, hasta que finalmente el sueño le venció, sólo para soñar con Elena, la muchacha del ataúd, que le pedía que regresara por ella para que estuvieran juntos y no separarse jamás.

Despertó con la frente perlada en sudor, se levantó y decidió en ese momento ir a merodear al convento, por si pudiera encontrarse con la aparición de la difunta.

Pasaban ya las dos de la mañana, las calles empedradas del pueblo estaban desiertas; Antonio caminó hasta el convento, acompañado solamente con el eco de su taconeo. Paseó frente a la puerta un par de veces y finalmente decidió sentarse en una banca de hierro, de un hermoso y arbolado parque que miraba al frente del convento.

Sin saberlo, a la distancia, sin ser vistos, le seguía la pareja de amigos que estaban inquietos por su actitud del día anterior, su extraño relato y alarmados le oyeron partir.

Lo ubicaron en la banca del parque y aguardaron a la distancia:

–¿Ya lo viste?, está sentado en la banca.

–¿Qué hace?

–Nada, sólo mira como abobado hacia la puerta. Creo que a tu amiguito ya se le zafó un tornillo.

–¿Qué hacemos?

–Esperar un poco, ¡Qué es eso!

Mientras parapetados detrás de un frondoso árbol miraban la escena. Vieron cómo se formó un vórtice luminoso frente a la puerta del convento, de ahí salió una figura difusa que poco a poco se fue aclarando, era una mujer vestida en hábito de monja. Los jóvenes quedaron perplejos.

–¡Ay nanita Carlos!

–¿Qué es eso?

–Es el fantasma de la momia y el menso de Toño está ahí enfrente, vámonos.

–No, espera, vamos a ver qué hace.

–Mejor vamos a pedir ayuda, Toño está en peligro.

–Shhh…

Toño se percató del fenómeno y se levantó de la banca, cruzando la calle se acercó a la mujer. Ella corrió hacia él y se arrojó en sus brazos. Se abrazaron efusivamente y así permanecieron un rato. Algo se decían que no se alcanzaba a escuchar a la distancia.

Carlos y Elisa se miraron asombrados y siguieron observando.

Así, muy pegados, la extraña pareja caminó despacio hacia el convento, se acercaron a la puerta y el vórtice se empezó a formar de nuevo. Ella se separó de él y entró, extendiendo el brazo, le hizo a Toño el ademán de que la siguiera. Toño empezó a avanzar hacia ella.

Carlos entonces reaccionó, llegó corriendo y le gritó:

–¡Heeey macho! ¿Adónde crees que vas?

Toño se detuvo, Carlos sintió un fuerte viento que provenía del vórtice y succionaba a Toño hacia adelante. Carlos sacó el crucifijo de plata que siempre llevaba al cuello, que extrañamente resplandecía en ese momento y empezó a rezar el Padre Nuestro dirigiendo el crucifijo hacia el vórtice.

Se oyó un fuerte chillido y un estruendo, el vórtice se cerró. Toño, que en ese instante era succionado, chocó contra la sólida puerta golpeándose la cabeza y cayó al suelo inconsciente.

Elisa, al ver la acción corrió hacia ellos y juntos se arrodillaron frente a Toño, que yacía en el suelo. Sacó una botella de agua y se la echó en la cara, Toño despertó mientras un enorme chichón le crecía en la frente.

–¡Qué pasó macho! ¡Que susto nos diste! ¿Adónde ibas sin nosotros?

–No, a ningún lado. ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Pues creo que eres sonámbulo o algo así, te querías cruzar la puerta cerrada, pero no te preocupes, nosotros te cuidábamos, vámonos ya.

Levantaron a Toño del piso, y en la obscuridad de la noche, en silencio, los tres amigos se alejaron del lugar.

FIN

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