LAS VÍCTIMAS DEL SILENCIO [POR: ANA MARÍA ANCONA TEIGELL]

 

FOTO OFIC ANA MARIA

“El amor es para el niño lo que el sol

para las flores. No le basta pan:

necesita caricias para ser bueno y

para ser fuerte”.

Concepción Arenal

 

Para ellos, las víctimas del silencio, son mi pluma y mi pesar; para ellos que viven en un mundo de violencia y de maldad. Que no tienen la suficiente edad para entender qué pasa con papá y mamá, ¿por qué se pelean así?, ¿por qué uno de ellos los arranca de esa persona que tanto aman?

Sus mentes infantiles, inmaduras, no comprenden los arranques de furia que los lanzan a un mundo de tristeza y desesperación, de miedo y de terror. ¿Quién vela por ellos?, me pregunto yo. ¿Quién defiende sus derechos y protege la fragilidad de sus sentimientos y su corazón?

¡Cuántas madres se han quedado con los brazos vacíos y lloran sin consuelo por sus niños que les fueron arrebatados del nido y no saben dónde están!

¡Cuántos padres también los buscan sin descanso, en todas partes, en cualquier lugar, y no los pueden ver, les han quitado un pedazo de su ser!

Esa guerra fría, sanguinaria a la que se enfrentan las parejas en la vida diaria, sin ponerse a pensar que sus hijos los observan y muchas veces son dejados en la orfandad. Que mutilan su mente pura y divina y la llenan de maltrato y suciedad, que le quitan la belleza de la infancia, que todos sabemos que nunca regresará.

Quisiera bajar una estrella para cada uno de ellos/as, para que su luz ilumine ese rincón de su alma que se llena de oscuridad, donde se sienten perdidos y no hay nada que pueda alumbrar su camino, que los lleva al odio desmedido, que no los puede ayudar.

Quisiera bajarles la luna para que con su manto cubra sus cunas y cantarles canciones hermosas que puedan colmar sus noches de amor y tranquilidad. Regalarles un jardín de rosas donde puedan vivir y jugar, alejados de los padres malos que no los dejan de maltratar y que cavan una tumba para su alma e ingenuidad.

Quisiera ser el sol que entra por sus ventanas cada amanecer y caliente a raudales esos lugares donde están escondidos llenos de humedad y frialdad, buscando con la mirada la silueta amada que nunca llegará; llorando sin consuelo la soledad que los deja a la deriva y les inflige sin piedad castigos que ellos nunca entenderán, porque son niños, porque son víctimas del egoísmo que los ha sumido en la tristeza y la amargura de sentirse culpables por lo que hacen papá y mamá.

Quisiera cobijarlos en mis brazos, arrullarlos en mi regazo, cubrirlos de besos y protegerlos de los golpes que los dejan tan indefensos. Son ellos los que necesitan el cariño de sus padres, son ellos los que gritan que esas batallas acaben, son los que piden en silencio tener un mundo bello rodeado de todo aquello que desde niños/as conocieron.

Quisiera tomarlos de la mano y llevarlos por verdes praderas, que ¡corran!, que ¡griten!, que ¡canten felices! Que nunca se olviden que el mundo es un sitio de paz y de amor, que todos unidos venzamos al miedo y nunca se acabe la reconciliación y el perdón.

¡Qué no se los lleven de casa! ¡Qué no dividan lo que más quieren y admiran! La imagen de los padres que tanto ellos necesitan.

Sus miradas se elevan al cielo buscando un sueño, sus brazos quieren rodear ese cuello, respirar su aroma y dormirse en ellos. Sus voces piden suplicantes ser libres infantes, subirse a los árboles, y que ese infierno se acabe, porque sólo así crecerán sanos y en plenitud.

Sus corazones infantiles no podrán soportar la injusticia, no sobrevivirán a la malicia que un día a sus vidas llegó y les arrebató la alegría, la ilusión, la pasión que los mantiene fuertes e invencibles, que les da equilibrio a sus mentes y que ahora los derrumba y los vuelve débiles y frágiles, envueltos en una espesa bruma.

La música se acabó, sólo escuchan esos gritos que se disputan quién se los llevará; que se enfrentan a una guerra donde nadie gana, pero para ellos se perdió. Los insultos, las infamias, los reproches que taladran sus oídos, que tapan con fuerza con sus manos porque ya no quieren escucharlos.

Esas voces de angustia y de terror, de soledad y abandono abarcan la Tierra entera, nadie las escucha, nadie les presta atención, son los inocentes que piden auxilio en el nombre del amor.

¡Por ellos alzo mi voz! ¡Por ellos pido perdón!

Para todos esos padres que con violencia un día les arrebataron a sus hijos toda la ilusión de vivir llenos de juegos, de esperanzas y emoción. Que rompieron en mil pedazos la paz y la calma y convirtieron su casa en un campo de batalla que les ocasionó heridas de muerte que nadie podrá sanar. Que dejaron imágenes de odio y amargura que nunca podrán olvidar.

¡Que se aquieten los demonios!, que se apoderan de todo y que arrastran a estos pequeños cubriéndolos de lodo, ensuciando sus almas infantiles, llenándolos de escombros; que sepultan sus anhelos, sus risas, su seguridad, su gran capacidad de asombro.

¡Ellos son inocentes!, no se merecen este presente que los encierra en un torbellino de desamor y los hace vivir un secuestro con alevosía y dolo.

Nuestros niños necesitan el cuidado de los padres, su cariño y su ternura, su protección y consuelo. Ninguno tiene derecho a pelearlos como si fueran objetos. Nuestros niños tienen sentimientos, son nuestro más grande tesoro, el futuro del pueblo, los que un día gobernarán con mano suave y amable, de acuerdo a la infancia que tuvieron, o con mano dura y cruel si ustedes como padres los sometieron a la infelicidad que su ego nunca les permitió ver.

¡Por ellos! ¡Por los indefensos! Es mi artículo y mi verso. ¡Por ellos! ¡Sólo por ellos! Que no tuvieron la oportunidad de ser felices porque sin quererlo y sin pensar, hubo fuerzas malignas que los lanzaron a un mundo lleno de sinsabores y crueldad. Que truncaron sus ilusiones y no los dejaron soñar, porque la guerra entre sus padres tenía un principio, pero no un final.

¡Por ellos! ¡Sólo por ellos! No hay que claudicar. Debemos seguir luchando por ese lugar bello donde siempre debieron estar, crecer y jugar.

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