VIAJAR PARA SER FELIZ AUTORA: [POR:ELIZABETH BORGES]

 

Lo que da un gran porcentaje de valía a mi vida son esos momentos que roban el aliento, que sofocan de alegrías, que ahogan con el hermoso sentido del buen humor, de una exquisita taza de café, de una mordida a un jugoso fruto producto de la buena tierra y mejor mano del sabio agricultor.

El sello inimaginable de felicidad que llega como las ráfagas que mueven las hojas, las ramas, las nubes y que como gaviotas y mariposas surcan los horizontes todos los días: es así la vida misma, avanzar con pequeños pasos, saborear cada uno de los momentos que la vida me brinda: ¡claro!

¡Ojalá me brindara viajar más seguido! Si no es así, seguiré agradeciendo todas esas veces que he podido hacerlo. No puedo ni he podido nunca jamás desperdiciar uno solo de los segundos en todos los paraísos que he recorrido: lo mismo el clima friísimo de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, que el Danubio Azul en Budapest. No puedo alcanzar a desperdiciar un solo segundo, ni una sola imagen, ni una sola foto, ni un solo pino.

La hermosa primera vez que vi nevar, ese momento fue fantástico, mágico, aprehendió todo mi ser y mi mente, quedó sellado en mi alma por los siglos de los siglos: sentada en el autobús que se atascó en la nieve, cuando giré mi vista hacia la ventanilla del autobús, esa imagen quedó tatuada en mi ser, un indescriptible paisaje de pinos de todos los tonos de verde, unas casitas con techos de tejas rojas, en todo esto, la nieve, nieve de todos los tamaños, desde gotitas colocadas por las manos de un Creador en los árboles, hasta grandes cúmulos de nieve en los techos, las calles, la carretera, las puertas de las casas, las paredes, todo era una verdadera obra divina, de ficción, increíble; tal como lo había soñado en mis lecturas de mis libros de texto, en una cueva en mi niñez.

Cada una de las imágenes que había soñado siempre, imaginado día y noche, esperado todos los días de mi vida, estaban ahí: un río corriendo con acumulaciones de nieve, ese río que en la cueva solamente existía en mi imaginación.

Mi corazón lo sabe, siempre lo supo: son esos sueños que siempre perseguí, esas ilusiones que siempre mantuve, esas esperanzas que me mantenían. Nunca dejé de creer que podría hacerlo, tenerlo, olerlo, escucharlo, deleitarme con los antes y después, saborear cada sonido cual música exquisitamente compuesta por el mejor autor.

Y me deleito y disfruto con mis hermosos recuerdos. Mis fotos, puedo pasarme días enteros redescubriendo cada detalle capturado en cada una de las fotografías; el espacio y tiempo atrapados son maravillas que me hacen mantenerme apasionada.

No me canso ni me cansaré nunca de agradecer esta historia de vida que me ha tocado y con ello salvarme de la impermanencia de ingratitud.

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