EL MEJOR PAPÁ [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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FELICITANDO A TODOS LOS PADRES EN ESTE PRÓXIMO DOMINGO 17, DÍA DEL PADRE, POR SU TRABAJO INCANSABLE PARA LEVANTAR A UNA FAMILIA

Al soplar las velitas con los números 67 sobre el pastel de crema y coco cubierto con un exquisito y fino merengue en tonos azules y con una variedad de zapatitos de dulce de azúcar, pude recordar cuando inauguramos la Zapatería Rivero, una zapatería familiar que mi padre hizo con mucho esfuerzo y sacrificio, donde además confeccionábamos sombreros y bolsas; y que nos dio carrera universitaria a mis siete hermanitos y a mí.

Recuerdo en este momento que las gemelas Silvia y Sonia, de 10 años, agarraban el listón; y los triates Ricardo, Roberto y Remigio, con tan sólo 6 años, mismos de muerta mi madre, modelaban los zapatos.

Elenita, de 12 años, modelaba zapatos y bolsas; Ángel, de 13, modelaba sombreros. Yo, como hijo mayor, pero con tan sólo 14 años, ayudaba a mi padre en la venta, administración y acomodo del calzado.

Al gritar “Feliz día al mejor padre”, al abrazarlo se nos salieron las lágrimas, él nos abrazaba y nos repetía una y otra vez que lo habíamos logrado.

Al irse retirando mis hermanos después de la reunión, nos quedamos solos y sentí su abrazo con mucho orgullo y lleno de amor me dijo:

–¡Gracias hijo! Me siento tan orgulloso de todos ustedes. Tú eres un magnífico padre, siento cómo quieres y educas a tus hijos, así cómo me ayudaste con tus hermanitos. Te agradezco Andrés que nunca me dejaste morir.

Y nos abrazamos.

–Padre –le dije– tú eres el mejor y seguiré tu ejemplo cada día de mi vida. Reconozco tu fuerza y valentía. Sé que tus sueños se frustraron al morir mi madre, pero siempre viviré agradecido por tu amor y dedicación. Te quiero papá, eres el mejor.

En ese momento ya intimando los recuerdos de años pasados le pregunté:

–Padre sólo quisiera que me respondas algo. ¿En algún momento de tu vida pensaste en regalarnos?

Y ya sentados en el viejo sofá me dijo:

–Nunca Andrés, nunca. Jamás pasó por mi mente ni siquiera un solo instante.

Me abrazó y me dijo:

–Yo amaba a tu madre, siempre la quise desde el primer momento en que la vi, y cuando nos casamos pensamos en tener dos o tres hijos, pero al llegar las gemelas, ella se debilitó y al nacer los triates…

Con lágrimas en los ojos me dijo:

–Tú sabes el final. La tía Rita, amargada porque nunca se casó, siendo mayor que tu madre, no me quiso. Le parecía poca cosa para su hermana y siempre nos hizo la guerra. Ella me culpaba de la muerte de tu madre.

En esta plática de padre a hijo, recordé con él el suceso de aquella Nochebuena, donde la tía Rita vino a gritarle que con tanto chamaco no saldríamos nunca, que ella se pudiera hacer cargo de llevarnos a mí y a Ángel al seminario menor, y a Elena con las monjas de Chuburná; a los triates al DIF y a las gemelas a una casa en Chuminópolis.

–Recuerdo cuando te propuso esto y me quedé detrás de la puerta esperando tu respuesta, pero nunca la escuché.

Todo ese mes de diciembre estuve muy triste, porque pensé que en cualquier momento aceptarías y dejarías que ella nos separe.

–No hijo, nunca. Y te diré que la tía Rita me gustaba como mujer, pero nunca la hubiera podido amar como a tu madre.

La tía Rita se fue metiendo a la casa, yo vi cómo enamoraba a papá, realmente no lo dejaba ni trabajar. Nos gritaba y jaloteaba a mis hermanitos. Papá no se metía mucho, estaba absorto trabajando en la pequeña pieza donde reparaba calzado, cada vez más trabajo, ya le ayudábamos Ángel y yo.

Él poco a poco fue inventando un tipo de zapato escolar sin trabita ni cordones, sólo con pega pega, así todos los niños se podrían calzar fácilmente. Zapatos tipo tenis y zapatos para adultos, éste fue el despegue para una pequeña fábrica en el fondo de la casa.

Para entonces la tía Rita ya se sentía la dueña de nosotros y cada vez era más agresiva, sobre todo con Elenita y las gemelas, creo que por el parecido impresionante con mi madre.

Pero una tarde cuando yo venía a la cocina vi como estaban las niñas amarradas a las sillas y no pude aguantarme y le reclamé que por qué hacía eso, que por qué nos odiaba tanto.

–Comprendo tía que somos muchos, pero no es tu obligación atendernos, yo puedo cuidar a mis hermanitos, por favor tía desamárralos.

–Tu padre mató a mi hermana con tanto chiquillo, él es una mala persona, no tiene futuro, es un perdedor, mira cómo les tiene, viven en un chiquero, pobres y flacos. Es un mal padre para ustedes, les llevaré a unas instalaciones del gobierno donde aceptan huérfanos.

Y al querer golpearme alzándome la mano, justo en ese momento entró mi padre y le detuvo la mano izquierda gritándole:

–¡Rita María! ¡Dime a mí lo que quieras, pero no te metas con mis hijos nunca más! ¡Suelta a mis hijas y vete! Es más, ni las sueltes, salte de mi casa y no vuelvas nunca, no eres bienvenida a mi casa de hoy en adelante. Te pido te salgas ya en este preciso instante.

Papá, nos ordenó a Ángel y a mí que soltáramos a las niñas.

Y muy serio nos reunió a los ocho hijos y nos dijo:

–Se irá tía Rita, no volverá, pondremos tareas para cada uno porque yo me dedicaré a trabajar. Viviremos con lo que yo gane y ustedes ayudarán a hacer las tareas de la casa y de la escuela y todos creceremos juntos.

Ninguno nos quejamos, todos aseguramos cumplir con las órdenes, y aceptamos todos trabajar en la pequeña zapatería. Las niñas se fueron dedicando más a la casa pero nunca permití como hermano mayor que nos aprovechemos de ellas. Papá repartía por parejo obligaciones, y hasta Remigio, que era el más enfermizo, se fue recuperando con los cuidados de Elenita. Las gemelas mantenían la ropa siempre lista y la cocina con exquisitos guisos. Ellas eran las que diseñaban los sombreros, tenían mucha facilidad para el dibujo y terminaron en la escuela Modelo diseño de modas.

Ricardo, el más grande de los triates, estudió dirección de Empresas Familiares. Roberto y yo terminamos en la escuela de administración. Remigio terminó Contaduría. Elenita terminó Diseño de Calzado. Ángel, ortopedista.

Nunca vi a papá sonreír tanto como ahora que nos tiene a todos y disfruta a sus nietos. Fueron años muy difíciles, pero siempre con mucho amor y cariño para cada uno de sus ocho hijos.

Hoy cada uno tiene una sucursal de la Zapatería Rivero. Como hermanos nos queremos mucho. Papá, ya con 67 años, se ve muy cansado, pero realmente feliz. Un ejemplo a seguir como el mejor papá.

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