VISITA GUIADA [POR: SONIA MAYLLEND]

 

SONIA M

Rosario permanecía sentada detrás del guía, estos terrenos le resultaban algo familiares y por ello se aseguraría de llegar a su destino.

–A la izquierda verán unas verdes praderas, bueno, como hace mucho calor, ahora están un poco cenizas –todos soltaron risas y carcajadas por la turbación del sujeto.

–Más adelante encontraremos una vieja casona, morada de una ilustre y renombrada familia, personajes que…

–¡Disculpe! –lo interrumpió una joven con voz chillante– ¿en esa casa morada vivía el magnate?

–Dije más adelante, y no, su morada no es morada sino de otro color… –continuaron el paseo.

La mirada de Rosario va de un lado a otro, como queriendo mirar a la derecha e izquierda al mismo tiempo, buscando, escudriñando y preguntándose si faltaba mucho.

–En la siguiente parada estaremos frente a la casa de… –la emoción bullía por todo su cuerpo y sentía comezón en la cabeza, pero debía contenerse para no saltar del vehículo y llegar corriendo antes que los demás, así que esperaría a que el guía les diera instrucciones precisas.

–Llegamos, pueden apearse y les recomiendo no alejarse del grupo, no se me vayan a perder, jeje.

Ella caminaba con aparente tranquilidad, pero en cada cuarto se detenía unos momentos para mirarlos con detenimiento. En algunos se atrevía a poner un pie dentro, metía la cabeza, echaba una ojeadita y con un gesto de “nada interesante”, se retiraba.

Continuaba su camino, con aparente calma, en verdad que deseaba correr pero mantenía a raya su adrenalina, ¿acaso quería que todos se enteraran del objeto de su búsqueda? ¿Acaso podría ella compartir sus verdaderas intenciones? Tampoco se creía capaz de soportar las burlas o humillación y menos las risitas socarronas a sus costillas. No, era mejor así, conservar la calma.

Mientras caminaba oteaba de un lado a otro pensando y, a la evocación de ciertos recuerdos, sus pechos henchidos subían y bajaban por lo profundo de su respirar. Aún los sentía húmedos y algo tibios, se decía que parecían ubres lactantes, amorosamente rebosantes, anhelantes.

Ella busca en la casona el cuarto, uno en específico. No recordaba el tamaño, ni la forma, tampoco el mobiliario. Piensa que una vez que lo vea su mente se esclarecerá y lo reconocerá de inmediato. Con una mano en el bolsillo del vestido y la otra haciendo chino un mechón de su pelo lacio, mismo que se ha soltado de la trenza maltrecha, sigue caminando arrastrando los pies en ese piso de madera gastada y, de tan vieja, crujiente.

Ahora recuerda que había unos cuantos hoyos y faltaban trocitos en el parquet. Cerró los ojos y utilizó sus pies, como si fueran dedos de invidente, comenzó a leer en braille el mapa en que convirtió ese piso.

Tres pasos y un hueco pequeño, eso quería decir que a la derecha estaba el perchero de hierro con sus 6 ganchos, con una bola de madera en las puntas para no perforar la ropa ni los sombreros, de modo tal que un metro adelante, aproximadamente, está la puerta que da al exterior. Dio media vuelta y regresó al pasillo.

Quedó parada frente a un espejo de tres lunas y notó que tanto hollín impedía ver su reflejo, se alzó de hombros y observando el pasillo que presentaba bifurcaciones, de nuevo optó por el braille. Sí, ese sería el mejor método para continuar.

Cerrando los ojos comenzó su lectura con pasos cortos, arrastraditos, pareciera que bailaba un tango sensual en la búsqueda de tablillas accidentadas que le guiaran. El vestido ondeaba siguiendo su cadenciosa y etérea danza.

Su nariz aleteó ligeramente al percibir un tenue olor y quiso reconocerlo. ¡Ése era su pachuli! Aspiró con fuerza y una sonrisa emergió para que sus labios se distendieran, tomó una bocanada de ese aroma, sus ojos cerrados también sonreían y su lengua saboreó un beso. Se dejó llevar y ya sin titubeos, se dirigió a un cuarto determinado.

No abrió los ojos, lo rememoró sabiendo que a su izquierda se encontraba la puerta para el cuarto de baño, a la derecha una silla con sus pantalones extendidos con el cinto puesto, en el respaldo estaba su camisa blanca y sobre ella su corbata. Al frente, justo en medio, ¡la cama!

Mentalmente caminó a su alrededor, palpó la almohada y su mano temblaba, toda ella vibraba, con los ojos vidriosos por la emoción se mordió los labios evocando el mordisco que recibiera de esos dientes tan blancos y perfectos. Los acarició con suavidad temblorina mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla y ella pudo saborear una gota de felicidad.

A obscuras, como invidente, seguía rememorando todo. Un brazo alrededor de su cintura y con la otra mano tomaba la suya sin permitir que su mirada se escabullera. El apuesto hombre, con magistral y delicado movimiento, la giró hacia sí para besarla sutilmente provocando que los cuerpos quedaran apretadamente juntos, lo que desencadenó que se besaran tierna, amorosa, apasionada, avasalladoramente…

Extendió sus brazos y abrió los ojos para encontrar… nada…

Quiso salir corriendo buscando una explicación. Oyó voces provenientes del otro lado de esas paredes y un sujeto hablaba…

–Ésta es la recámara nupcial, y hasta aquí llegó una mujer enloquecida y de su bolso sacó un arma de fuego y, descargando su furia, disparó sobre los amantes desnudos. Al ver la grotesca escena, prendió fuego a la casa terminando su vida con un balazo en la sien.

“Los noticieros fueron acallados por la familia de la suicida, ya que eran de nivel social alto, con renombre y poder”.

Se le desorbitaron los ojos y las lágrimas no pudo contener.

–Los lugareños hablan de una joven con vestido de seda muy colorido, que noche a noche viene a bailar un tango musitando una canción… “Dos cuerpos unidos, entrelazados, empapados y paradójicamente abrasados por su propio fuego. Llamas que se apagan, gemidos que se calman, latidos que dormitan… esperando la próxima cita, una cita para el amor”.

Ella no entendía nada, pero creía saberlo.

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