ODIO Y DISCRIMINACIÓN HACIA LOS HOMOSEXUALES

 

FOTO OFIC ANA MARIA

“Nunca olvides que basta una persona o

una idea para cambiar tu vida para

siempre, ya sea para bien o para mal”.

Anónimo

 

Por: (Ana María Ancona Teigell)

 

¡Me asombran las declaraciones que se han estado haciendo sobre los gay!, y que algunos sacerdotes estén diciendo que para la Iglesia católica no es bueno tenerlos como parte de su congregación.

Quiero recordarles lo que dice el Papa Francisco, el máximo jerarca de esta iglesia, en el primer libro-entrevista que escribió, titulado: “El nombre de Dios es Misericordia”, una serie de diálogos del Santo Padre con el vaticanista italiano Andrea Tornielli, quien en la rueda de prensa que se hizo en el vuelo de retorno a Roma, después de estar en Río de Janeiro, le dijo: “¿Puedo preguntarle sobre su experiencia como confesor de gays?”. Él respondió la famosa frase: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

En aquella ocasión dijo esto: “Si una persona es homosexual y busca al Señor y está dispuesto a ello, ¿quién soy yo para juzgarla?

“Me alegra que hablemos sobre las personas homosexuales, porque antes que nada viene la persona individual en su totalidad y dignidad. Y la gente no debe ser definida sólo por sus tendencias sexuales: no olvidemos que Dios ama a todas sus criaturas y que estamos destinados a recibir su amor infinito. Prefiero que los homosexuales acudan a la confesión, que estén cerca del Señor y que recemos todos juntos.

“Se les puede pedir que recen, mostrarles buena voluntad, mostrarles el camino y acompañarlos en el mismo. Estas personas deben ser tratadas con delicadeza y no marginarlas”.

Las masacres en discotecas, en la calle, centros de recreación de gays son la imagen viva del terror, el odio y la discriminación que está sufriendo la humanidad en todo el mundo. Estos acontecimientos nos laceran el alma, vulneran los derechos de personas que, por tener una inclinación sexual diferente a lo establecido (¿por quién?), son rechazadas y excluidas de sociedades donde la doble moral permite y acepta el maltrato a mujeres y niños menores, la infidelidad, el alcoholismo, la drogadicción, la explotación laboral, las violaciones, los feminicidios, etc.

Y porque permiten y aceptan, porque cometen el pecado de omisión, se callan, no ven, ni escuchan nada, no denuncian, no les importa lo que pasa a su alrededor, por lo tanto son ¡Cómplices!

Bastante duro y difícil es para los padres aceptar y comprender a un hijo gay, por la educación principios y valores que recibieron, como para los gay enfrentarse a un entorno que los discrimina, los insulta y menosprecia como si fueran engendros del demonio, cuando son tan hijos de Dios como cada uno de nosotros.

Seres humanos sufrientes, porque su sufrimiento es del alma, del espíritu, de su esencia, que es condenada y señalada por gente ignorante y carente de misericordia, que piensan que por ser como son van a arder en el fuego del infierno eterno. Que se sienten dioses porque se creen buenos, porque van a misa, comulgan, se confiesan, hacen obras de caridad y excomulgan de sus vidas y sus iglesias a criaturas que fueron creadas por el mismo Dios que los creó a ellos y al que veneran de rodillas.

¡Fariseos! Que no se tocan el corazón ante el dolor humano, que no se inmutan ante las imágenes de rostros llenos de lágrimas por la pérdida de un ser amado. ¡Ese amor! que aniquiló la homofobia que se incrementa día a día por los comentarios, actitudes, escritos, programas de televisión, publicidad, etc., que salen en los medios de comunicación y que azuzan a los demás a odiar a los gay.

Muchas veces, si no se tiene nada bueno que decir es mejor guardar silencio. Las palabras pueden hacer mucho daño y pueden ser la causa de que quienes ignoran estos temas tan delicados tomen una actitud equivocada hacia esas personas.

Tenemos que tener la sensibilidad y ser conscientes de que el mundo lo que necesita es amor, paz, unidad, tolerancia, comprensión, etc.

No sean la leña que avive el fuego de la homofobia, no sean los que por prejuicios tontos o equivocados pongan en los corazones del otro las armas para aniquilar a sus semejantes.

¡Dejen a los gay vivir en paz! Nadie obliga a nadie a tomar una decisión así, las decisiones son propias, si ellos/as eligieron ese camino hay que respetarlo y ¡ya! Nos guste o no, es un derecho que les corresponde como personas y seres vivos, ese derecho se llama ¡vida!

Y como dijo el Papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”.

¿Quién eres tú para juzgarlos? ¡Amor! y ¡Misericordia! son lo que necesita la humanidad.

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