¡MI AMIGA TIENE EL CORAZÓN ROTO!

 

 

Por: (Luis Chay Chuil)

 

Quienes han sentido maripositas revolotear en el corazón o distracción por amor sueñan y desean que cuando inicia una relación de pareja sea para siempre. Todo se comienza con mucha ilusión y cuando menos se espera, el enamoramiento “ya está hasta el tuétano”.

Con el paso del tiempo el sentimiento crece y se traduce en amor, como la nota musical aumenta gradualmente la intensidad del sonido. Lo que más se desea es una relación armoniosa, en paz y con la que se compartan gustos, ideas, aficiones, en pocas palabras, el ser.

Por desgracia, con el paso del tiempo también, y por diversas razones, muchas relaciones terminan, ya sea porque entraron los celos o porque se permitió que el amor se marchitara; no recibió riego, cultivo y la cosecha fue la “ruptura” de un corazón.

Más desafortunado es cuando las parejas no saben -no pueden o no quieren- terminar la relación de manera madura, sin pleitos ni dramas. Dejan que el ego, el orgullo y la soberbia los dominen y los vuelven sus armas en el campo de batalla, donde se destruyen.

Entran en una etapa de conflictos que los llevan a lastimarse o vengarse. La ira les ciega y ninguno hace una tregua para reflexionar: ¡¿Cómo es que quien era el amor de mi vida ahora es mi enemigo?! ¿Por qué la persona a la que más se ha amado es por la que más se sufre, a la que más se ha lastimado o viceversa?

Cuando se termina una relación hay un periodo de transición por el cual ambos pasan y hay que procurar la manera más sana para afrontarlo. Buscar y encontrar herramientas sanas e idóneas -humanas, emocionales y espirituales- para poder enfrentar y superar toda esa avalancha de emociones y sentimientos: ira, rabia, culpa, tristeza, desesperación, nostalgia, etc., que se experimenta.

De entrada hay que entender que una ruptura amorosa no se supera de la noche a la mañana y son normales los sentimientos de no superarlos; aunque la separación haya sido una decisión que convenía y consensuada el corazón siempre sentirá dolor. Incluso a pesar de que conscientemente se reconozca que lo más adecuado era no seguir juntos, la ruptura no dejará de doler.

Experiencia propia del todo no lo es, pero creo que los siguientes pasos pueden ayudar en algo a superar un poco el alejamiento del o la ex:

1) Aceptar lo que se siente y vive por la separación, hay que enfrentarlo y no evadirlo. Así se comenzará un proceso de sanación profunda.

Dejar fluir cualquier manifestación de dolor, como llanto y tristeza, pero evitar tomar narcóticos que anestesien el sufrimiento. No refugiarse en los brazos de alguien más para mitigar lo que se siente.

2) Aprender, y para eso ayuda escribir qué fue lo que se aprendió de esta experiencia, pensar lo que se haría diferente la próxima vez y reconocer, sin ser severos con uno mismo, la responsabilidad y áreas de oportunidad.

3) Apapacharse, chiquearse, cuidarse, consentirse, como cuando se tiene alguna enfermedad y se requieren atenciones especiales y estar en reposo, ya que la que está lastimada es el alma, está triste y también necesita reposo.

Es recomendable leer buenos libros, escuchar música que levante el espíritu, no que depriman. Evitar canciones que te hablen de “cortarse las venas” y hundan más en el dolor. Buscar ayuda de alguien. ¡“Cuéntale a quien más confianza le tengas…”! Eso sí aplica en este caso.

Cultivar la habilidad de escribir cartas a uno mismo para separar los sentimientos y vivir cada uno a fondo, servirán para enganchar con las emociones que aún quedan en el alma. Ayudará hacerlo a mano, porque conectará la cabeza con la mano y así soltar todo lo que salga del corazón. Con la primera y la segunda se procesará el enojo, el dolor; con la tercera se archivará en la memoria la aceptación con gratitud y sensatez.

Al enojo.- Con ésta se necesita hacer contacto con las sobras o remanentes que se puedan tener de ese enfado que generó el o la ex o la misma relación en la que se invirtió tiempo, dinero y esfuerzo. Escribir todo lo que produjo esa separación.

Describir detalles de todos los sentimientos como furia, indignación, miedo a la soledad… todo lo que se quiera y lo que se sienta, hasta malas palabras. Sacar todo lo que se traiga en el interior hasta no dejar nada.

Al dolor.- En esta auto-misiva, aunque no tomarlo tan a pecho, conviene ponerse como la víctima, aferrarse a ese amor y suplicar, hacer un drama: que sin él o ella no vives, tu vida no tiene sentido. Pídele que vuelva, llórale sin parar… Es un ejercicio de conectar con el dolor y vaciar el alma de ese dolor remanente que se pueda traer.

A la sensatez.- Escribirla en plural, de manera madura, analítica y equilibrada. Anotar las propias responsabilidades y las del o la ex. Algo así como “Los dos no estábamos preparados para tener una relación sana. Entiendo y acepto que esta relación nos causó daño, pero al mismo tiempo fue una experiencia de muchísimo aprendizaje que nos hizo ser mejores personas.

“Yo te hice sufrir mucho y tú a mí. Yo tengo toda la intención de que los errores que cometí contigo no los repita. Te dejo sin amargura, odio, reproches ni rencores. Con amor y gratitud te digo adiós”.

Obvio que de estas misivas no sabrá nadie más que la mano que la escribió, la otra que sirvió para sostener el papel, el silencio y mudo testigo de la intimidad de la habitación, en complicidad con el corazón que les confió estas penas que dejó alguien que no supo valorar la relación o que ambos no supieron descubrir a tiempo lo que hacía daño.

En el momento oportuno serán destruidas, según se vaya sanado.

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