DESDE EL CUARTO PISO [Ana Leticia Menéndez Molina]

 

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Era una calurosa tarde del mes de mayo. Realmente hacía mucho calor, salí al balcón pensando que estaría menos caluroso, pero el viento soplaba con aire muy caliente y decidí entrar.

En el interior oí una pelea, pero no identificaba dónde era. Me quedé quieta por unos segundos, fui caminando despacito hasta identificar el proceder de la pelea.

Creí que podía escuchar mejor en la terraza de atrás y me dirigí al balcón que da al patio, jardín exterior trasero.

Me asomé pero no veía nada, tomando en cuenta que estaba en el cuarto piso del edificio que queda enfrente del parque Esmeralda.

Sin embargo me senté en una silla de extensión y comencé a observar desde las alturas a ver si identificaba algo, y ahí junto a las columnas estaban un hombre y una mujer, pero ellos no eran los del problema, pues ni hacían ruido, se amaban a la luz del sol, eran casi las seis de la tarde.

Seguí repasando con la vista el parque, estaba el sorbetero, el de las marquesitas, el de los churros y todos los carritos de comida; en las bancas para novios unos jóvenes; un niño en patineta que subía y bajaba por los puentes construidos para este deporte y cada vez gritaba más fuerte, pero tampoco eran esos los de la pelea, así que decidí entrar.

Al regresar y pasar por la cocineta de mi departamento volví a escuchar la pelea, y pensé que sería en la azotea. Me salí hacia las escaleras para la azotea. Y justo ahí se oía con más fuerza y más intensa la discusión.

Sin pensarlo me subí y al llegar a la azotea pude ver cómo madre e hijo luchaban y discutían ya muy acalorados. Yo, sin miedo, engrosé la voz y dije:

–¡Alto ahí! ¡Quietos o disparo!

En la fuerte lucha, no sabía qué pasaba, pero más fuerte grité:

–¡Alto ahí! ¡Es la última advertencia! ¡Cortaré cartucho!

Y madre e hijo quedaron firmes.

Yo controlaba la escena, así que retomé mi voz con más fuerza y dije:

–Con las manos en alto repliéguense a la pared. Si dan un paso en falso mis compañeros y yo los esposaremos y les levantaremos cargos.

Y poco a poco me fui acercando. Con el cordón de mi gafete de trabajo primero amarré al joven, quien me dijo:

–No soy yo. Es ella quien se quería lanzar desde el cuarto piso.

Y enseguida me dirigí a la madre, sin desamarrar al chamaco, como de unos 16 años.

A ella le tomé las manos y amarré con mi balerina de ejercicios del gym.

Y a los dos prácticamente controlados los abracé y les dije:

–Ahora ya vieron que estoy sola. No tengo ningún arma, les quitaré el cordón y mi balerina si me prometen platicar y contarme qué sucede, ya que a mí me fascina el chisme.

Con esta frase, casi rompí el hielo y logré una ligera sonrisa en el rostro de la madre.

Madre e hijo eran mis vecinos del segundo piso, y hasta en este momento me enteré que él se llama Benjamín, que estudia la prepa y trabaja ayudando a Susana, su madre, y era ella quien quería salta desde el cuarto piso.

Me empezó a contar Benjamín:

–Mi madre quería saltar porque ha tenido muchos problemas con un hombre; lo volvió a ver con otra mujer y no entiende que ese hombre no vale la pena.

Susana comenta enseguida como defendiéndose:

–Él me dijo que me ama y yo accedí a sus galanteos, ahora salí embarazada, ya tengo cuatro meses y cuando se lo conté me dio $200.00 y me dijo que no lo moleste más. Benjamín me dijo que él me ayudaría e incluso que si quiero le dará su apellido como si fuera su hijo.

Benjamín interrumpió:

–Madre, ya te dije, no como si fuera mi hijo, este chiquillo será mi hijo y no le faltará el amor que le demos tú y yo. ¿Acaso tú me creciste con la ayuda de mi padre?

“¡Nooo! Tú me creciste sola y con mucho amor y cariño y nunca me ha faltado nada. Mira a mis 16 años ya voy terminando la prepa, seguiré trabajando en el despacho con el arquitecto Pérez, terminaré la carrera de arquitecto y seré tan bueno como él. Ya te dije que le gustan mucho mis dibujos.

“No nos faltará que comer. Si tú sola has hecho de mi un hombre de bien, imagina lo que podemos hacer tú y yo juntos con tu nuevo bebé. Por favor madre, entiende que este bebé nos cambiará la vida para bien.

Ambos se abrazaron y lloraron, yo me uní a ellos y dije:

–Vecinos, ya no son sólo ustedes, yo me uno y ayudaré.

Sin decir palabras sólo abrazándolos les prometí que los invitaría a una terapia con los psicólogos del recreativo del parque, y a Susana, tomándola de las manos, le recordé:

–La vida, aunque no viene envuelta y con un moño, sigue siendo un regalo.

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