UNA DEJADA AL PANTEÓN

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Por (Yoxi)

 

Era una tarde tranquila en el centro del pequeño pueblo. Miguel, sentado en su taxi leía una revista de adultos mientras esperaba el pasaje. Era el primero en la fila de taxis, pero nadie parecía requerir sus servicios a esa hora.

De pronto, como salida de la nada, apareció una mujer extraña. Iba vestida elegantemente toda de negro, traía puesto un velo, también negro, cubriéndole la cara y un ramo de flores. Se acercó a la ventanilla y le habló.

–Disculpe joven, ¿me puede usted llevar por favor al Panteón Municipal?

–Sí, con mucho gusto señora. Enseguida.

Caballeroso, como la revista que escondió bajo el asiento, bajó del taxi y le abrió la portezuela. Miró las torneadas formas bajo el vestido negro y se lamió los bigotes. La ayudó a subir y se pusieron en camino.

Llegaron al panteón. Miguel, desviviéndose en atenciones le ayudó a bajar. La mujer le pidió que por favor la esperara, que no tardaría mucho.

–Con mucho gusto señora, aquí le espero

–Gracias joven, algún día le recompensaré el favor.

La señora, con paso ligero, entró al panteón. Miguel se sentó frente al volante a esperar fantaseando con la desconocida. Luego, asegurándose de no ser visto, sacó nuevamente su revista y continuó hojeándola.

El tiempo pasó y la señora no salía. Los pájaros comenzaron a anunciar la puesta del sol con sus graznidos y metiéndose a los árboles.

Miguel, extrañado por la tardanza, bajó del vehículo, se asomó al panteón y no vio a nadie. El sitio estaba vacío.

“Ya me tranzó la doñita”, pensó frustrado y regresó a su taxi.

–Prendió el motor y se puso en marcha, cuando, para su sorpresa, escuchó la voz de la mujer que estaba sentada en el asiento de atrás que le dice:

–Lléveme ahora a la calle Pino Suarez por favor.

Miguel se sorprendió, no la había visto salir ni abordar el auto y no esperaba que estuviera ahí.

Se asomó al retrovisor para verla pero no la vio, paró el coche volteó para buscarla, entonces, se la encontró frente a frente. A través del velo pudo ver que su cara era ahora como una calavera.

Gritó del susto, trató de salir del auto, pero entre su angustia y el cinturón de seguridad no pudo.

Sintió un dolor en el pecho como una punzada que iba arreciando, que le inmovilizó y le impedía respirar.

Entonces se desvaneció sobre el volante, el claxon empezó a sonar.

Un compañero taxista que pasaba lo vio y bajó a auxiliarlo. Miguel estaba inconsciente pero respiraba. Pidió por radio una ambulancia que llegó en pocos minutos y se lo llevaron con sirena abierta a un hospital.

Miguel es ingresado en terapia intensiva, el reporte es que está grave. Sufre varios infartos durante la noche en el hospital que con trabajo controlan los médicos.

Al día siguiente, lo despiertan unos minutos para que vea a su familia por si acaso no pasa otra noche vivo. Rita, su mujer, ya estaba ahí a su lado y un doctor le dice:

–Puede hablar con él señora, no lo canse, solamente tiene 5 minutos. Luego lo vamos a sedar para que descanse.

–Sí doctor, como usted diga.

Ella le habla a Miguel:

–Vas a estar bien Miguel, no te preocupes…

–Vi a la muerte Rita.

–No digas cosas Miguel, vas a estar bien.

–Sí la vi, se subió al taxi cuando estaba en el panteón.

–No te esfuerces, tienes que descansar para que te recuperes.

–Pero tienes que oírme Rita.

–Miguel le relata a su esposa lo que le pasó en el taxi y de la pasajera de negro, con algunos detalles y del porqué se había asustado.

–Era el diablo o la muerte, yo la vi.

–Cálmate Miguel, todo va a estar bien.

Una enfermera le informa que el tiempo de visita terminó y debe salir. Ella sale. La enfermera le da un sedante a Miguel que mirando de reojo a Rita se queda dormido.

En la noche siguiente Miguel empeora, y a pesar de los esfuerzos de los galenos, finalmente fallece.

Miguel es velado por su familia y su grupo de compañeros taxistas. El velatorio se llena de gente y de flores; le hacen una misa y le llevan mariachis.

A la tarde, en el cortejo fúnebre, decenas de taxis van tocando el claxon, con letreros y pancartas alusivos al amigo taxista caído en cumplimiento de su deber, y así lo escoltan hasta su última morada.

Durante la ceremonia, su esposa Rita se percató que al fondo del panteón había, frente a una tumba, una señora sola vestida de negro que ponía flores.

Le llamó la atención su soledad y que su indumentaria coincidiera con la descripción de la pasajera, que, como le contó Miguel, había llevado al panteón el día anterior.

Se lo dijo entonces a su cuñado que estaba ahí, y juntos abordaron a la mujer para salir de dudas.

Amable señora, disculpe la pregunta, pero no es usted de casualidad la pasajera que trajo mi marido ayer en su taxi a este panteón.

–¿Cómo dice?

–Mi marido me dijo que ayer trajo a una dama aquí que vestía tal como usted viste ahora.

–¡Ah sí! ¿No me… dónde está él?

–Desafortunadamente falleció, lo acabamos de enterrar…

–¡Qué pena! Lo siento mucho, él me trajo anteayer en su taxi. Fue muy amable pero no sé lo que le pasó, le pedí que me esperara pero cuando salí no estaba en el coche. Así que me subí a esperarlo; cuando regresó y se subió, le pedí por favor que me llevara a mí casa, pero me miró muy raro, gritó se agarró el pecho y luego se desmayó.

“Yo obviamente salí a buscar ayuda, un teléfono… pero no encontré ninguno que funcionara. Regresé al lugar y vi que ya estaba la policía y se lo habían llevado. Así que apenada, cogí otro taxi de regreso a mi casa.

“Por cierto que le quedé a deber los 70 pesos de la dejada, que por razones obvias no le pude pagar en ese momento, pero siendo usted su esposa, aquí tiene el dinero.

Rita y su cuñado quedaron pasmados, la historia de la dama coincidía con la que Miguel le contara en su lecho de muerte. Al parecer, hubo un desafortunado malentendido y el tremendo susto le costó la vida a Miguel.

Rita, no conforme y con ese sexto sentido que tienen las mujeres, sospechando algo, le pidió sus datos a la señora, quien sin dudar se los dio.

Al día siguiente Rita con su cuñado fueron a hacer una visita a la casa de la elegante señora, tocaron a la puerta y les abrió una muchacha muy parecida a la dama, pero mucho más joven. Les preguntó  qué se les ofrecía.

–Nada en particular señorita, sólo queríamos saludar a doña Amelia Bolio, que ayer tuvimos el gusto de conocer durante un sepelio en el Panteón Municipal.

–¿Cómo dice? Amelia Bolio? ¿En el panteón?

–Sí, la misma. ¿Podemos verla ahora?

–Lo siento, debe haber un error, la señora Amelia Bolio era mi abuela. Falleció hace 30 años en Europa. Sólo mi abuelo regresó y descansa hoy en paz en el Panteón Municipal.

Rita se puso pálida, se tambaleó y se agarró del brazo de su cuñado

–¿Le pasa algo señora?

–No, no es nada, me mareé un poco, debe ser porque no hemos desayunado. Disculpe usted, ya nos vamos.

–No se preocupe, a sus órdenes, buenos días.

La muchacha cerró el portón, Rita y su cuñado se alejaron rápidamente del lugar.

FIN

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