GATITO [Raúl R. Dzul Paredes]

foto Raul

–Aquí está, es un gatito, acaba de tomar su leche.

La criatura duerme profundamente, envuelta en algo que parece una toalla vieja y acostada en una caja de cartón que huele a jabón. Se estremece un poco pero luego queda quieta.

–¿Tiene nombre? –pregunta la mujer que lo recibe.

–No, no lo tiene. Puedes ponerle como gustes.

–Bueno, mejor así.

–Toma lo convenido, son 2500 pesos y 200 extras; 5 billetes de 500 y 20 de 10 pesos como pediste.

La mujer recibe el dinero, lo cuenta y se lo mete entre la blusa. Canta el gallo de la vecina anunciando la cercanía de la hora primera. La noche estaba transcurriendo extraordinariamente densa.

La mujer, asegurada su preciada compra, se dispone a salir; sale de la casucha y en dos pasos casi adivinados jala los dos palos en forma de cruz que fungen como reja entre los huecos de la albarrada y gana la calle, que en ese momento luce desierta, y se pierde en la distancia y la oscuridad.

Amanece y nada parece haber cambiado. El sol ilumina la mañana y los ruidos se mezclan con los olores cotidianos.

Demetria hace un lado la reja descrita con anterioridad, respira profundo y disfruta la sensación de estar en la calle, como que llevaba un mes sin deleitarse de esa emoción a libertad y fiesta.

Se dirige al mercado, levanta la mirada para no hacer contacto visual con nadie de la cuadra. No quiere hablar, ni siquiera intercambiar saludos. No quiere que alguien le pregunte.

Camina de prisa. Logra su objetivo y está en el mercado, frente a un puesto que vende ropa. Pregunta por un conjunto de blusa y falda de color rojo. Se lo prueba y puesto lo paga y sale del lugar sin llevar el vestido antiguo y deslavado.

Busca un lugar en el puesto de panuchos y pide una orden. Lo disfruta a plenitud sin prisa. Se queda un rato pensando, quizá para poner en orden sus ideas, acaso maquinando un plan.

Se levanta y compra una peineta con un moño rojo para completar su atuendo. Checa sus zapatos y concluye que es hora de cambiar. Entra a la zapatería, mira el aparador y rápido se decide por unos de charol blanco por el que pide su talla número tres.

La dependienta la complace y comprueba que ya no es cuatro, ahora calza el cinco. No entiende por qué en menos de tres años ha pasado del dos al cinco. Tampoco le importa, porque ya le tocaba cambiar de zapatos.

Camina sobre el adoquín más que contenta, ya está frente al billar, llama al coime y este acude solícito:

–Hola Demetria. ¿Qué haces por aquí?

–Visitando a los amigos. Oye ¿anda por aquí el “Verde”?

–¿El Verde? Está por llegar, tiene casada una partida y lo está esperando su rival.

De pronto Demetria oye una voz gruesa y conocida.

–¿Me buscabas? Dichosos los ojos, meses de no verte.

La mujer quiso echarle en cara todo. Lo pensó mientras comía sus panuchos, pero la luz de sus ojos verdes la deslumbraban, y no podía razonar por qué al mismo tiempo sus pensamientos se ocupaban recreando sus besos y caricias.

El hombre la recorrió de pies a cabeza, como una manera de prometerle momentos de placer que sabía le encantaban.

–Eres un descarado Verde.

–¿Por qué?

-Bien que lo sabes.

–¿Y qué hiciste?

–Lo vendí.

–¿Lo vendiste?

–Sí. Le debía mucho al de la tienda y ya no le gustaba panzona. Además no me gustó que me dejaras con ese pretexto.

Tenía tus ojos verdes y sentía que lo iba a odiar.

–¿Cómo pudiste hacerlo?

–Nunca le di pecho, ni dormí con él para no acostumbrarme a su olor. Con un biberón le deba una leche que una vecina me regaló.

–Ya tienes experiencia, llevas dos, según sé.

–¿Tenía ojos verdes?

–Sí, parecía un gatito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s