MI MAMÁ [VANESSA PADMIR]

 

FOTO OFIC DE VANESSA

Abrí los ojos, respiré y estiré con sumo cuidado cada parte de mi cuerpo, inundándome de la deliciosa sensación de tener, por fin, un día sin obligaciones.

Salté de la cama con la urgencia natural de aprovechar cada segundo de mi preciado día.

Qué irónico, no tenía prisa pero yo me la otorgué por la mera costumbre. Me miré al espejo aún ensoñolada, dispuesta a que una oleada de agua fría me devolviera la lucidez.

Mas menuda sorpresa me tenía la vida, que en lugar de lograr lucidez, me topé con la locura. Te vi así, de repente, me tallé los ojos incrédula, mas seguías aquí. Y te acepté.

Observé tu elegante figura, esbelta y estirada, con esa ligera curvatura en la espalda, acostumbrada por las cargas que no supiste soltar. Transité por tus cabellos, abundantes, rizados, con esa desfachatada rebeldía de no quererse peinar como las “señoras decentes”. Me fasciné con tu sonrisa disimulada, clásica de quien esconde una travesura con el ánimo de ser descubierta.

Me quedé en tu mirada diáfana, el amor siempre desbordó tus pupilas, las arrugas de tu rostro describían claramente todas las batallas, quizás demasiadas, tal vez excesivas… Pero, ¿cómo ibas a saberlo antes de librarlas? Reconozco que así fuiste aprendiendo.

Te reconocí completa, la mujer que eres y la mujer que fuiste. Te recordé graciosa, con esos jeans de niño y los tenis prestos para saltar la cuerda, negándose a ser la dama de sociedad que cuida las maneras del Manual de Carreño.

No fumaste, no bebiste, no fuiste adulta; te acostumbraste a no descansar, a limpiar sin fin, a luchar en silencio, a cumplir como fuera, a servir a todos, menos a ti. Te especializaste en todo, ecología, cocina, enfermería, lingüística, ortografía, literatura, geografía y moral. Te honré.

Te recordé detestable, rechacé en ti todo en lo que después me convertí sin querer. Te discutí, te di la razón, te alejé, te acerqué, te imité y te contravine, todo casi al mismo tiempo.

Pude sentir los abrazos, las caricias y los besos; pude oler tu perfume, escuché tu voz, paladeé tus platillos, esos que hacías para mí.

No sé en qué momento pasaron tantos años, la vida se me fue en una oficina; tu vida se me fue también. Tanto tiempo sin verte, sin verme, viendo todos los pendientes que hoy no importan, solucionando los problemas que nunca fueron míos.

Y sin pensarlo volví de un largo suspiro, no sé si fue real o lo soñé, ¡pero te sentí, mamá! Aún años después de tu muerte te siento cerca, como si la vida hubiera destinado que estaríamos juntas muchas vidas más.

¡Qué locura! Te lloré, pero nunca te perdí, sé que siempre estás. Al final sigues en mí, pues te reconozco cada vez que me miro bien al espejo. ¡Cada día me convierto más en ti, menos en mí! Y así está bien, al menos por ahora.

 

*Coach en Desarrollo Humano

Coaching, blog, cápsulas, radio, medios

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